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sábado, 12 de agosto de 2017

Verdadera revolución artística en Parque Avellaneda

Impresiones en voz alta de la obra 1789, de Ariane Svletana Mnouchkine, por el Grupo Tambo Teatro, los viernes a las 20 hs. en la Chacra de los Remedios, Parque Avellaneda, Avenida Lacarra y Monte.

Muchas veces se hacen esfuerzos dolorosos aparentemente sin sentido. Son las cosas que uno se permite por ver a la banda o al equipo preferidos. Quien mira desde afuera lo adjudica a la irracionalidad del fanatismo. Como quedé fascinado con la destreza del Grupo Tambo en su puesta de Bertolt Brecht en 2016 (http://santoscapobianco.blogspot.com.ar/2016/10/impresiones-sobre-elalma-buena-de.html), me impuse la obligación fanática de ver el debut de su 1789. Este viernes 11 de agosto, sin embargo, el universo complotó para que no pudiera cumplir conmigo mismo. 

Una asamblea clave en la escuela donde trabajo para intentar impedir el despido encubierto de un compañero de muchos años, luego la movilización a Plaza de Mayo para exigir la aparición con vida de Santiago Maldonado, secuestrado por Gendarmería en medio de una feroz represión contra la comunidad mapuche. Sólo llegar de cualquier lugar de la ciudad hasta Parque Avellaneda en colectivo con el caos vehicular de un viernes porteño hacía la misión casi imposible.

Pero si se ha presenciado una obra del Grupo Tambo se sabe que el esfuerzo valdrá su fruto. Aunque confieso que después de correr a través del Parque Avellaneda hecho un barrizal, bajo una molesta lluvia invernal, casi a oscuras, para llegar a horario, me hizo replantear mi fanatismo. Puteaba mientras corría preguntándome por qué no escogían, por ejemplo, una sala mejor ubicada, más accesible.

La presentación de hoy me contestó esa pregunta. El viejo Tambo donde los Olivera mantenían sus vacas lecheras entre 1822 y 1912, es una construcción rectangular en muy buen estado de conservación que le permite a un excelente director romper con casi todas las convenciones escenográficas casi sin recursos tecnológicos. Bastan cuatro luces y apilar tres hileras de sillas longitudinalmente y el viejo Tambo se convierte en un teatro con dos escenarios enfrentados, un largo pasillo flanqueado por les espectadores, que será también foco de la acción hasta el paroxismo de que cada rincón exterior a la escena haya sido utilizado en el clímax de la función.

Un lugar ideal para poner una de las obras que revolucionó la forma de hacer teatro en los años 60 y que el Grupo Tambo supo homenajear con soltura. 1789 es la primer obra del Téathre Du Soléil, fundado por Ariane en 1964 y que ocupó para siempre una vieja fábrica de armas, la Cartoucherie, ubicada en el bosque de Vincennes, cerca de París. El paralelismo entre el viejo Tambo en la cabecera de uno de los pocos “bosques parisinos” de la ciudad de Buenos Aires nos explica mucho sobre la identificación política y estética del Grupo Tambo con la propuesta del Soléil.

El Grupo Tambo, que en diez años ya montó cinco obras, conformado en su mayoría por actrices y actores que trabajan de otra cosa el 80 por ciento de su vida, sin subsidio estatal ni privado alguno, que hacen una vaquita para pagarse su propio vestuario y utilería, con un despliegue de creatividad y destreza asombrosos, nos donan con generosidad una particular y poco habitual pasión por los grandes desafíos.


Saludo final. En la página Facebook del Grupo Tambo Teatro se puede leer el nombre de cada actriz/actor etiquetadxs

Allons enfants de la patrie


Contando cualquier otra historia el grupo podría haber logrado el maravilloso efecto de asombro y emociones orgásmicas  que nos provocó. Porque la protagonista principal en 1789 es la forma de contarnos la historia elegida por su autora y excelentemente dirigida por Daniel Begino, a quien hay que reconocer gran calidad como director y, por lo que se intuye desde la butaca, un gran entrenador de equipos de trabajo actoral. Se tiene la sensación de un grupo humano que es feliz en escena, que es feliz con su rol en la obra y que interactúa al mismo tiempo con camaradería y disciplina. Coordinar el trabajo de más de treinta personas y que resulte así es una tarea titánica que seguramente se explica, además de la capacidad técnica y humana del director por la organización democrática del propio grupo.

Pero con todo lo que se pueda decir de la estética de la obra, y ojo que se podrían escribir seminarios, encima eligen contar de forma revolucionaria la revolución más importante en la historia de la humanidad hasta la Revolución proletaria y campesina de la Unión Socialista de Repúblicas Soviéticas hace cien años.

Si el primero era un enorme desafío (que la resolución haya sido casi perfecta en su debut no debe hacernos olvidar de que era enorme en verdad) el segundo no lo es menos. Porque la autora y su grupo, crearon una genialidad para contar una historia que aprendieron en la primaria de un país y un momento histórico que no tienen nada que ver con nuestro país y nuestro tiempo excepto en lo que es esencial. Para explicarme mejor, hay chistes que sólo se entienden en francés, y me animaría a decir, en francés correctamente pronunciado.

Intente contarle la historia argentina, incluso la más edulcorada, la de Mitre, la de Billiken o la de Zamba a un francés de “clase media” de París de 2017 y dígame cómo le fue. ¿Cómo contaría usted a un público no francés la historia mes a mes de la Revolución Francesa de julio a octubre de 1789? 

Como estarán comprobando, no soy un buen escritor. Por eso me doy cuenta cuando estoy frente a un hecho estético, técnicamente desafiante y bien resuelto. Pero sí soy un buen profesor de secundaria hace quince años y sin embargo he intentado esquivar siempre dar en clase la Revolución Francesa a les estudiantes adolescentes. No por falta de conocimiento. Probablemente sea la unidad que más disfruta un estudiante universitario, por la riqueza de lecturas y conclusiones, por las enormes implicancias históricas que tuvo uno de los momentos más importantes de toda la rica historia humana.

Tampoco es porque me falte pasión con el tema. En los años de formación política de cualquier militante el estudio de la Revolución Francesa en sus más mínimos detalles ha sido siempre un momento enriquecedor, sabido es que la dinámica de las clases sociales en esos años ha sido el molde de casi todos los eventos revolucionarios en la sociedad que vivimos. Mucho más si usted ha militado en cualquier organización que se plantee el poder social y ni le cuento si tuvo la dicha y el privilegio de combatir junto a la clase obrera por una revolución socialista, contra un Estado corrupto, narco y genocida como el nuestro y tumbado un presidente en la calle.

Creo que fue Federico Engels quien señaló que el estudio detallado, minucioso y preciso de la Revolución francesa fue fundamental para el nacimiento del marxismo tanto como lo es el estudio de cada revolución obrera, campesina o socialista de la historia. Todas las honestas tradiciones revolucionarias se definen en su esencia según una lectura de cada revolución previa. Lo que nunca me va a parecer una mala costumbre de la izquierda exigirse a sí misma cierta rigurosidad histórica.

Sin embargo no hay manual de historia que la cuente de manera tal que no sea un absoluto bodrio. Los apellidos impronunciables de un idioma germano y gutural con más de un acento por palabra, la cantidad infinita de eventos concatenados ineludibles para comprender el todo.

Si encima de todo unx pretende subrayar las conclusiones verdaderas, esas que los libros de Historia eluden o enmascaran… ¿cómo se hace para transmitir a otro ser humano las razones del hambre? ¿Cómo se narra la sensación de ser unx y al mismo tiempo sentirse un grano de arena protagonizando colectivamente una tormenta social que sacudirá el orden establecido durante mil años?

Brecht o no Brecht, esa es la cuestión


El Grupo de Teatro Tambo ha tomado el desafío y lo ha cumplido con creces. Treinta actores y actrices en escena mutando de rol durante hora y media, incesantemente. Cuando les espectadores creímos haber comprendido de qué se trataba fuimos sorprendidos una y otra vez hasta el punto de no saber cómo desempeñar nuestro propio papel, el más sencillo de todos. Un despliegue actoral increíble para un desafío imposible.

Han usado cada pedazo de recurso narrativo al alcance de la mano, un realismo social empático para colocar la angustia de un pueblo hambriento y la crueldad de la nobleza terrateniente, el absurdo tragicómico para burlarse de las clases sociales poderosas y las farsas que nos ofrecen como grandes y pomposos acontecimientos, humor ácido de clowns para fustigar la hipocresía de reyes, ministros y cortesanos. No hizo falta que el guión apelase a ningún recurso facilongo para emparentar a los políticos del antiguo régimen con la politiquería criolla para que el público demostrara con la carcajada espontánea que esa mentira, esa impostura ya la había visto en la tele mil veces.


Foto cortesía Lucía Karcic

La obra tiene varios momentos para destacar. No uno, sino varios pasajes en los que el despliegue físico de los cuerpos, las voces y los textos son al mismo tiempo un asombroso desafío y una increíble resolución. Se animan a recrear el clima de la Sala de Sesiones de la Asamblea Nacional que redactó la famosa Declaración de los Derechos del Hombre usando los debates originales para que palpemos el desorden, la improvisación, la tensión de las fuerzas sociales y en medio de ese revoltijo entendamos que se trató de un debate sobre los límites a la libertad e igualdad que necesariamente se frustran frente al único derecho inviolable en nuestra sociedad: la riqueza privada. Marx hubiese estado feliz con esa escena.

No es que no haya habido actuaciones individuales descollantes, para nada. La personificación burlesca del Rey Luis y María Antonieta convocando a los Estados Generales fue brillante en los tres planos de la pedagogía política, la efectiva comunicación de la risa con recursos corporales. Una escena de exquisito clima tenebroso y sexual donde por si fuera poco se ridiculiza con justo criterio las interpretaciones fantasiosas que adjudicaban a tres mujeres libidinosas y un hechicero  la responsabilidad de todos los errores políticos cometidos por el Rey que lograron sublevar al pueblo. Las actrices que intercambian el rol de presentadoras en diferentes transiciones de la obra se lucen, como parece ser la costumbre predominante en el grupo, precisamente por la valentía y capacidad técnica con que enfrentan a un público escéptico e instruido en los dos planos, el estético y el político.

Se me ocurrió pensar que esta propuesta logra el objetivo que se propuso Brecht mejor que él mismo. Otro elemento que invita a seguir con fanatismo de hincha al Grupo Tambo Teatro. Porque en la continuidad de las acciones es donde mejor se ve el programa, el sentido estratégico de la propuesta artística de este genial colectivo.

El año pasado la actriz que interpretó el doble protagónico, el actor que hizo de dios, la presentadora/aguatero y algún personaje más (aclaro que no conozco los nombres de cada intérprete y por eso no los cito, no por descortesía sino por falta de labor periodística) se destacaron claramente del conjunto. Y eso no es achacable a les intérpretes sino al propio Brecht, porque en la misma estructura de la obra el contraste entre protagónicos y coro es marcado. En esta obra el efecto coral es impecable. Costaba un verdadero esfuerzo individualizar o intentar siquiera retener en la memoria las caras ante el torbellino de cambios de vestuario (espectacular, de paso) y diálogos. Mérito de la autora y de sus intérpretes locales.

Marat o Perón


Creo que el único déficit de la experiencia de hoy fue el público. Que se me entienda bien y con todo respeto, pero el público no estuvo a la altura de la propuesta que presenciamos. Sin embargo llenó la sala y se mantuvo la hora y media fascinado. Y les artistas lograron arrastrarnos por los estados de ánimo que quisieron, a piaccere, nos tuvieron fascinados como serpiente encantada a la flauta.

¿Entonces qué falló para que toda la sala aplaudiera al finalizar la escena de la toma de la Bastilla, que fue la experiencia más conmovedora de mi vida como espectador?

Cuando me dí cuenta que estaba aplaudiendo junto a una decena nada más, y que le decía a les actores y actrices casi en la cara “impresionante, impresionante, la rompieron”, no pude evitar pensar en que esta obra fue creada por jóvenes de veintipico de años revolucionarios/as durante el mayo francés de 1968, para ser representada frente a una juventud universitaria y obrera en la lucha más importante de París a cien años de la Comuna y doscientos de la toma de la Bastilla. 

Esta obra fue hecha por artistas y público revolucionarios. Puedo dar fe que entre ese grupo de personas hay quienes tienen pergaminos de ser la generación del Argentinazo y de luchar en las filas de la izquierda más revolucionaria de nuestro país hoy. Por eso han elegido la obra y por eso se han jugado alma y vida en su resolución.

Pero el público no. Las escenas de crítica a la hipocresía y la doble moral de la burguesía y sus políticos son las únicas que generaron un consenso unánime, sobre todo las satíricas. Por su performance y por esa cultura de Pinti, Tato Bores y Capusotto tan propia y característica de la clase media progresista y culta de nuestra ciudad. Se podía sentir la tensión política en el ambiente de aquelarre dionisíaco que produjo el grupo cuando Marat subrayaba que la clave explicativa de toda la revolución, el factor activo, fueron los movimientos populares, es decir, la intervención organizada de las grandes masas en el control de sus propios destinos, parafraseando la pluma genial de León Trotsky.

La personificación de Marat es sencilla y genial. Todo el tiempo con las vendas que hizo famoso el óleo La muerte de Marat de Jacques-Luis David, de 1793 que recordó otra obra fundamental del teatro y la vanguardia de izquierda, el Marat-Sade del trotskista alemán Peter Weiss, estrenada en 1964, inspirada en Brcht y Artaud, que seguramente influyó en la obra de Mnouchkine.

Se nota un serio trabajo de investigación en la base de toda la ejecución. Lo que me permite pensar que hay decisiones políticas tomadas por el Grupo para enfatizar o subrayar aspectos de la obra. Por ejemplo esa interrupción que el banquero le hace al primer soldado popular de la Guardia Nacional que ingenuamente había entendido la órden de “vaya y arme al pueblo” y le aclara: “No, armar al pueblo no, yo dije levantar al pueblo”.

Tampoco es políticamente inocente haber elegido el lugar donde un excelente actor (que hizo más de tres personajes distintos durante la obra) interpretó la traición del General que había sido idolatrado y nombrado por el pueblo armado de París como su jefe. El particular púlpito que el director ha elegido para acentuar esta escena a cualquier habitante de Argentina de más de 20 años le hace pensar en el mismo personaje histórico. Es una lectura histórica muy certera del rol del caudillo de masas en los procesos revolucionarios justo en la revolución que parió el modelo arquetípico, que le da nombre al concepto de bonapartismo. Un flor de acierto de la obra.


En campaña. Foto del sitio oficial en Facebook Grupo Tambo Teatro


En ese punto es equiparable al acierto político y artístico de Rodolfo Walsh en su cuento “Un oscuro día de justicia” en el que explica con genialidad y promueve la desconfianza en el poder del líder (y el pueblo comprendió...) generando un clima empático del lector con la situación del pueblo.

La síntesis del éxito político y estético de este hecho artístico es el lugar y el tratamiento que le da al coro, al colectivo, al pueblo. Toda la obra es un manifiesto con una gran conclusión táctica: las clases dominantes y el Estado nos van a querer usar de comparsa para lograr sus objetivos y tarde o temprano nos van a traicionar. Es una prueba más de la confianza de hierro en la capacidad humana para superar el poder más terrible el hecho que verdaderos profesionales del arte tengan hoy en día la capacidad política de entre tantas cosas enfatizar en una enorme conclusión táctica y empírica que surge del análisis de la historia.

Agrupémonos todos en la lucha final

Quería dejar para el final lo que más me conmovió desde la pura subjetividad de un espectador hedónico e intentar explicarme mi asombro con la obra de esta noche. 

Intentando no cometer el delito de espoilearles nada, porque sinceramente creo que todo el mundo tiene derecho a experimentar algo así, quiero decir que la escena de la toma de la Bastilla casi me hizo llorar. De alegría. De repente y sin aviso treinta personas que hasta hace segundos eran nobles, burgueses, campesinos, rey y reina, etcétera, ahora estaban todes igual vestidos, encarando directamente al público, explicándoles con amabilidad y serenidad cómo fueron los hechos en detalle de la toma de la Bastilla. Es como si yo te parase mañana en una mesita en la calle y te explicara cómo fue el 19 y el 20 o la toma de Brukman, o Puente Pueyrredón. Desde el lenguaje llano y emocional de un militante de base.

Siempre me dio mucha más vergüenza encarar a las personas de a unx que encararlas a todas juntas en una asamblea. Imagino que debe ser algo común. Por eso me pareció encomiable el esfuerzo de este grupo de artistas valiente y jugado que se animó a sostener un monólogo individual con cada espectador. Y los treinta al mismo tiempo. 

El clima fue conmovedor. No podía creer lo que estaba pasando. El director recorría la sala pidiendo alternativamente que hablen más fuerte o más quedo, con la batuta para afinar el conjunto musical. Sala donde se había disipado la frontera entre público e intérpretes y yo sentí sencillamente que esto me pasaba a mí solo pero al mismo tiempo que era parte de un cuerpo gigante de personas haciendo lo mismo, sintiendo lo mismo. Y eso se siente cuando uno combate junto a su pueblo contra el poder. Esa adrenalina, esa euforia que es más maravillosa que cualquier sustancia sicodélica.

Y ese murmullo que se hace colchón de voces y coro de gritos y canto colectivo. 

Emocionante. Vivo. Nos sacudió en la butaca.

Foto cortesía Lucía Karcic

Y luego, como en la metáfora de otro artista revolucionario, la novela Mascaró del gran Haroldo Conti, la victoria del pueblo en armas sobre mil años de hambre y opresión fue un estallido circense, con los mismos actores y actrices ahora haciendo de payasos, de amaestradores, de mujer barbuda y hombre forzudo, con trapecistas y soga incluídas.
Le digo más, contento con la felicidad de un pibe porque una actriz me regaló un caramelo picodulce.

Si el público hubiese estado en las luchas de los últimos 15 años la sala completa se hubiese levantado a aplaudir como hicimos algunxs locxs y dos niñas.

La sensación de estar viviendo un momento al mismo tiempo íntimo y colectivo y la alegría desbordada de un pueblo que triunfa, que vence, que alcanza la posibilidad de mejorar su vida y la de su familia.

Luego un corte de clima magistral, realizado con el pregón de un soldado que repetía una sola palabra. Una sola palabra, un imperativo en realidad, que a todo el público lo puso instantáneamente en marzo del 76 y por qué no, ya que de Santiago Maldonado hablamos, nos colocó con dureza también en agosto de 2017. Esta interrupción tan abrupta de nuestra alegría coral dio paso al análisis de la contrarrevolución, y otra vez la defensa de la propiedad privada por parte de las clases poseedoras fue colocada en el banquillo de los acusados, enfrentada a la idea de igualdad y del poder ejercido por el pueblo en armas.

En suma, el Grupo Tambo logró movilizarnos emocionalmente y alejarnos lo suficiente de esas emociones tan intensas para que pudiésemos pensar y hacer un balance político.

En momentos tan sombríos y terribles como los que estamos viviendo y en un año que parece empantanarse en el Riachuelo de la democracia nostra, sólo cabe estar muy agradecido a todes les integrantes del Grupo Tambó Teatro por el envión moral que nos acaban de dar.

Estoy seguro que han logrado sacudir con honestidad y buenas armas hasta el alma más pasiva. El público, como pueblo, deberá también, a su tiempo, aprender a hacer una revolución. Presenciar esta obra seguramente les ayude a avanzar en su comprensión de la realidad y a tomar mejores decisiones políticas. Parece mucho para pedirle a una obra de teatro, pero 1789 del Grupo Tambo Teatro, cumple.
La potencia creativa de Marian Pe dándonos una República Armada y desafiante,
reversionando a Delacroix. Foto gentileza de July Gonet

jueves, 3 de agosto de 2017

PASO 2017: Pepsico, Encuestas y realidad

(Foto: intervención urbana del artista plástico JP Giménez)

Un mes antes de la primer compulsa electoral a nivel nacional, el cierre de la planta de Pepsico en Vicente López y la decidida respuesta de sus trabajadorxs dieron un vuelco a la campaña. Varias fuentes indicaron que la represión del Estado provincial y nacional para desalojar la toma generó profundo malestar en el Pro, ya que habrían constatado un fuerte cambio de humor en la población en contra del gobierno y a favor de lxs trabajadorxs. Se supo que Durán Barba instruyó a sus candidatxs para evadir en lo posible tocar temas relacionados a la economía y que la presión electoral presiona al gobierno para evitar lanzar antes de las elecciones la misma reforma laboral y jubilatoria que la burguesía local e internacional quiere implementar en Argentina acompañando a la brasileña.

Sin embargo, las encuestas vienen señalando que la caída de intención de voto al macrismo, en provincia de Buenos Aires al menos, en lugar de drenar votos hacia el Frente de Izquierda, que naturalmente apareció vinculado a la lucha de Pepsico, estaría inflando las posibilidades de éxito tanto de las listas de la presidenta anterior como a las de la “oposición responsable” del intendente de tigre y su aliada Stolbitzer.

El PTS, partido que acaudilla las listas del FIT en provincia y capital, y que hasta donde suponemos dirige la campaña del frente en medios y redes sociales, publicó una rápida respuesta en su diario digital para contrarrestar la maniobra de las encuestas. Allí se explica al público de izquierda algo conocido en el ambiente de marras, que cada encuesta es producida por una empresa con intereses que responden no a la búsqueda de la verdad sino a congraciarse con los partidos políticos que las pagan. Así, en lugar de encuestas, muy bien las caracteriza el periodista como operaciones políticas que buscan crear “climas” ficticios para intentar manipular la tan mentada “opinión pública”. La gran operación sin dudas excede a las encuestas, ya que la burguesía opera a través de sus movimientos en el mercado de divisas, acciones y bonos, generando un clima de chantaje sobre el régimen económico, planteando una crisis monetaria, fiscal e inflacionaria si gana Cristina y de paso recordándole al gobierno que están dispuestos a repetir los golpes estilo Rousseff-Tamer con tal de garantizar la flexibilización laboral, importándole un comino si Macri suma o pierde diputadxs este año.

La nota del PTS, sin embargo, expresa un límite potencialmente dañino para la comprensión de sus lectorxs. Pues en última instancia, cuestionadas las encuestas como operaciones que manifiestan los intereses mezquinos de las empresas que las publican, quién nos puede asegurar que los guarismos que publica La Izquierda Diario sobre la expectativa de una enorme votación al FIT resultado de la lucha de Pepsico no excedan el marco de los propios intereses del FIT.

La mediatización de la política

Se ha dicho también en esta campaña que la política nacional se ha “duranbarbizado” luego que Cristina sorprendiera a propios y extraños adoptando una estrategia comunicacional similar a la del Pro en su acto de campaña en la cancha de Arsenal en junio pasado. Pero el maquillaje marqutinero de la otrora oradora de las Cadenas Nacionales y los actos multitudinarios que la oían durante dos o tres horas no es una claudicación ante Durán Barba sino que implica un cambio de táctica dentro de una concepción que ella misma promoviera bajo el imperio de su régimen. En todo caso, la política argentina parece sumida hace décadas bajo las presiones de una visión althusseriana de la opinión pública. 

Efectivamente, la obsesión del Estado y los aparatos políticos por la adquisición de medios de comunicación proviene de la comprensión extendida desde fines de los años 60 acerca de una población cuyas opiniones políticas son manipuladas por las empresas que informan sobre la realidad, ofreciendo como no puede ser de otra manera, versiones recortadas de la verdad, construyendo “relatos sobre la realidad” que no siempre coinciden con la realidad misma.

Si bien este problema es cierto, y la población votante vive bajo la presión incesante de relatos intencionados y subjetivos, mejor o peor construidos, más o menos verídicos, y que seguramente deforman su popia opinión política con tan nefasta base, no es suficiente para eliminar de plano a la realidad.

En lo que queremos polemizar con el PTS (ya que seguramente ni Durán Barba ni CFK lean esta nota) es que la centralidad del cambio de clima del electorado bonaerense no radica en los relatos sobre Pepsico (o la corrupción K, o la ficcional lucha contra el narcotráfico) sino en la lucha obrera de Pepsico.

Pepsico no ha sido el único episodio del derrumbe industrial y laboral en estos meses. Y aunque la lucha de lxs trabajadorxs de AGR-Clarín haya ocupado el pico más alto de conflictividad hasta ahora (por el carácter de la empresa, el bloqueo mediático inaudito y la combatividad desplegada en la toma, incluyendo el cambio en la distribución del principal diario del país el día de mayor venta) tampoco son hechos aislados, más bien son punta del iceberg de cientos y miles de talleres y fábricas que bajaron la persiana. Cada uno de estos conflictos se va acumulando en la sensibilidad popular, primero de las familias y vecinxs directamente damnificadxs y luego entre quienes logran enterarse.

El caso de Pepsico probablemente haya provocado en esa sensibilidad un salto de cantidad en calidad, debido a la televisación en directo de una represión salvaje, desproporcionada y miserable. En un cuadro cada vez más recesivo, que ya no sólo golpea a la clase obrera ocupada y desocupada sino que está limando las condiciones materiales de vida de grandes capas de la “clase media” (sujeto a quien apelan Massa y Cristina cuando hablan contra el ajuste) la firmeza que el gobierno demostró a sus patrones burgueses apretó el gatillo de una bronca popular que simpatiza abiertamente con las organizaciones populares que enfrentan en la calle esas medidas.

El PTS le imprimió esta interpretación mediática a la movilización masiva por Pepsico desde el Obelisco hasta el Ministerio de Trabajo el martes 18 de julio. Los cordones de seguridad que encabezaban la columna eran dirigidos a los gritos por responsables que tenían en cuenta las necesidades de cobertura de lxs periodistas con arengas como “cordón no adelantarse para no separar a los medios de la cabecera”; en el armado del escenario del acto final el énfasis se puso en las luces para lograr una mejor imagen, mientras que las intervenciones de las compañeras y compañeros de la fábrica estaban dirigidas a lograr la simpatía del público con el sufrimiento de cada individuo antes que a desarrollar un diagnóstico político y un camino de lucha para enfrentar el cierre de la fábrica.

Ocupar toda fábrica que cierre o despida

Entonces, si el medio es determinado por los fines, es evidente por el énfasis que el PTS otorga al problema del relato sobre Pepsico y su difusión en medio del clima de campaña, que su objetivo es conquistar la mayor cantidad de voluntades expresadas en votos y, finalmente, traducibles en escaños parlamentarios. Es probable que tengan razón, y ponemos nuestras ilusiones y ansias en ello, siempre que es preferible un parlamento con representantes anticapitalistas que uno lleno de la lacra habitual. Sin embargo, Pepsico fue desalojada y la planta sigue cerrada, igual que AGR. La victoria en la opinión pública de tal o cual relato puede conseguir votos y escaños, pero no reabre fábricas.

Se objetará que la ocupación de fábricas tampoco estaría logrando su reapertura. Pero se trata de una observación parcial. En primer lugar porque existen centenares de casos desde el 2001 hasta hoy de conflictos que han mejorado las condiciones de lucha de sus trabajadorxs gracias a la ocupación. Son varias las cooperaivas que con diversa suerte sobreviven gracias a que en el momento justo se impidió el vaciamiento definitivo de la fuente de trabajo y en el peor escenario la ocupación del taller garantizó la indemnización de lxs despedidxs a partir del remate de máquinas y edificios. 

Pero lo más importante es que el método de la ocupación de fábricas todavía no ha sido medido con justicia, ya que no se trata de poner la lupa en los conflictos aislados sino en la potencialidad de una masiva toma de fábricas en respuesta a la recesión industrial y de la reforma laboral que se cierne sobre el cuello de la clase obrera. En 1966 la CGT liderada por el infame Vandor derrumbó la presidencia de Illía con la toma simultánea de once mil fábricas en todo el país, ocho años después de la heroica toma del Frigrorífico Lisandro de la Torre en Mataderos. Es lo que oculta la versión histórica de que a Illía lo tumbó una campaña mediática sobre su inutilidad tortuguesca.

Todavía no se ha dicho la última palabra sobre la importancia de la toma de fábricas como método de lucha y organización en eventos tan importantes como el Cordobazo de 1969 y el Viborazo de Sitrac Sitram años después o para la lucha de las Coordinadoras de 1975 y 1976, que dieron fin a una dictadura en el primer caso y lamentablemente dispararon la creación de otra en el 76.

No estaríamos escribiendo esto si no nos preocupara que la enorme cantidad de personas que nos identificamos con las banderas del Frente de Izquierda concluyera con el PTS en la urgencia de una política comunicacional correcta en detrimento del despliegue de fuerzas necesario para desplegar un plan de lucha que involucre la ocupación masiva de fábricas en todo el territorio. 

Creemos que Pepsico demuestra no tanto las oportunidades que la comunicación nos abren en la lucha de clases sino más bien lo contrario, que la realidad, debajo de los velos de publicistas y gurús del márketing, es la que sigue moviendo al mundo. Entonces, la foto de dirigentes sindicales traidores a su gremio y seguidores de orientaciones patronales como el kirchnerismo, que no se difundieron, como en el mismo 18 de julio cuando Roberto Baradel de Suteba marchó en el centro de la Comisión Interna de Pepsico, encabezando la movilización durante tres cuadras en Avenida de Mayo, muestran un peligro real para el éxito de las luchas obreras mucho más importante que los réditos que puedan otorgar captando el voto del kirchnerismo de izquierda acosado por las pesadillas de bolsos y coimas.

Los spots del FIT en lugar de llamar la atención a la población sobre la necesidad de una respuesta obrera de lucha por el poder social necesario para salir de la crisis industrial y evitar el ajuste de capitalistas corruptos u honestos, redunda en el sentido común aontra el gobierno, compitiendo con Tombolini en su mismo lenguaje.

Se trata, me parece, de apostar fuerte las energías a la organización y estructuración de un fuerte frente de fábricas en lucha, capaz de acaudillar un plan de lucha contra el ajuste y la reforma laboral y abandonar una perspectiva de captación mediática del electorado de centroizquierda a partir de la difusión efectista de estados de ánimo anticapitalistas de vaga definición política y de las alianzas oportunas con “caretones” del ámbito sindical o intelectual anti-macrista.  

La única verdad es, se sabe ya, la realidad, no el relato que se haga sobre ella.

lunes, 17 de julio de 2017

Una pequeña esperanza

A propósito de Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro, Alfaguara, 2015.


El jueves 13 de julio de 2017 la escritora argentina más reconocida, Claudia Piñeiro, repudió por twitter la represión y desalojo de la fábrica Pepsico de Vicente López, tomada por sus trabajadores/as para evitar el lock out de la patronal y su desmantelamiento.

El evento podría pasar desapercibido para cualquiera que no conozca lo suficiente la compleja trama de la lucha de clases. Sin embargo, las cuevas de trolls pagadas por el Pro para sostener al gobierno ante la opinión pública en las redes sociales, reaccionaron de inmediato, vapuleando a la escritora y amenazándola con dejar de comprar sus libros.

Yo, que debería haberla leído desde que recibió el premio Clarín en 2005 por su novela Las viudas de los jueves, decidí comprar mi primer libro de Piñeiro en respuesta a sus detractores. Recordé que el día anterior había visto un ejemplar de Una suerte pequeña (Alfaguara, 2015) en una librería de viejos del barrio de Montserrat y cuando tuve oportunidad, gasté los últimos pedazos de un efímero aguinaldo en consumar mi invisible acto de justicia.

Su lectura me conmovió. Y fue el último libro que me conmovió minutos antes de cumplir los cuarenta años. Voy a intentar explicarme por qué.

¿Qué piensa la clase media?


Unx puede detectar con claridad cuando se está leyendo una historia banal y cuando se está frente a una obra de arte. Es fácil para la sensibilidad darse cuenta que Piñeiro, a pesar de enmascararse detrás de herramientas ficcionales ejecutadas con maestría, reflexiona sobre su propia existencia. Como decía Oscar Wilde, lxs verdaderxs artistas son quienes se desnudan en su obra y sin pretenderlo, desnudan el entramado de relaciones sociales que lo constituyen. Desnudándose a sí misma, Piñeiro desnuda a su clase social.

La pequeña burguesía es quizás el grupo de personas más difícil de comprender, ya que como bien dijo el sabio Carlitos Marx hace muchas decenas de años, se trata de un grupo heterogéneo que se delimita por la negativa. Se trata de aquellas personas que por su situación en la organización económicos social, ni poseen medios de producción con los que esclavizar obreros/as, ni están desposeídos de cualquier atributo que vender en el mercado excepto su fuerza de trabajo.

Capas medias, clase media, sectores medios, ninguno de sus nombres de fantasía logra asirla en un continente concreto y bien delimitado. No están arriba ni abajo, pero toda su vida es el constante esfuerzo por encontrar los caminos para esquivar la presión que el capital ejerce sobre ellxs, empujándolos hacia abajo. Su opción más sencilla es ofrecer sus capacidades materiales e intelectuales al servicio de la burguesía, actuar como su fiel lacayo o escudero, para granjearse, si no el título nobiliario, al menos su protección.

Entre la pequeñoburguesía intelectual esa miserable oferta es la tentación más seductora. Por eso suele ser una “clase” repudiada por el proletariado que lucha por liberarse de las cadenas de su condición. Mucho más en una economía tan escuálida como la nuestra, en la que la pequeñoburguesía ha sido tan golpeada por el imperialismo en el último medio siglo que su convivencia con el proletariado es fluida. Una convivencia que se estrecha en una ciudad administrativa como Buenos Aires, donde millones de obrerxs nadamos en un mar de abogados, médicos, pequeños comerciantes y profesionales de todo tipo.

Hitchcock en Temperley


La novela explora con bisturí el drama existencial de una típica esposa de clase media criada en un departamento de Caballito y encargada del cuidado del hogar conyugal del hijo del dueño de una clínica privada en Temperley en la segunda mitad de los 90. Para alguien como yo que admira y aspira a hacer un aporte a la literatura obrera revolucionaria no podría haber habido una anécdota menos seductora. Sin embargo, por mucho prejuicio ético o sociológico que unx tenga, es imposible no bajar la guardia frente a una novela como ésta.

En primer lugar por la forma en que Piñeiro decidió narrarla. La mejor síntesis de la fenomenal experiencia intelectual que provoca esta novela reza en la contratapa la frase de un crítico italiano: “Hitchcock es una mujer que vive en Buenos Aires”. Cuando unx está a punto de mandarla al olvido porque ha encontrado suficientes pistas antes de la mitad del libro como para descubrir el secreto que llevó a la protagonista a huir de su bucólico Temperley hasta Boston, Piñeiro hace un pase de magia inesperado que nos sopapea el orgullo de lector instruido y nos sacude develando el misterio a mitad de camino. 

Recién allí comienza la verdadera novela, cuando la autora logró devolvernos la humildad necesaria para acercarnos a una historia con eso que Borges gustaba llamar, siempre citando a Coledrige, la fe poética, una voluntaria suspensión de la incredulidad que es casi imposible de lograr en la cabeza de alguien cuyas experiencias emotivas en un mundo hiperinformado como el nuestro han hecho prácticamente impermeable ante el asombro.

Una vez descubierto el ansiado misterio, Piñeiro introduce el verdadero enigma humano de una mujer que se reencuentra con una desgracia a la que intentó sepultar durante veinte años. El verdadero drama de toda persona consciente se puede resumir así, ¿qué somos capaces de hacer cuando la desgracia nos golpea por puro azar? ¿Cómo se vuelve del abismo?

Recién la desgracia más inesperada pudo obligar a esta “señora bien” de una pequeña comunidad careta de zona sur a darse cuenta de la agobiante hipocresía patriarcal en la que estaba sujeta. La vida, con la misma aparente casualidad que la golpeó le permitió recomponerse lo suficiente para reconocer los finos hilos que habían tejido un matrimonio sin amor, sin lealtad, sin la más elemental de las camaraderías, amistades huecas y una cruel competencia entre las mismas mujeres de.  

También con un optimismo propio de su clase social, Piñeiro ofrece en su entramado delicado de pistas, dos soluciones que la pequeñoburguesía y la clase obrera han sabido colocar en lo más sagrado de sus ilusiones de reforma social: la literatura y la educación. El saber nos hará libres, el conocimiento -de nosotros mismos, de nuestra realidad- nos dará suficientes herramientas para sanar las heridas. Pero ha pasado el agua bajo el puente de la realidad y después de la crisis del 2001 -de la que esta novela es también una fiel expresión- la ilusión vive muy lejos de Argentina, Boston, "la Atenas de América". Tampoco es menos ilusa la encarnación sarmientina de la esperanza de salvación que ha elegido la autora, un profesor varón que ha inventado el método educativo perfecto.

Arte y revolución, una hipótesis de lectura


Mientras leía la novela no podía evitar recordar las mil y una historias trágicas de las decenas de mujeres obreras que conocí en estos cuarenta años.  Tardaría horas en escribir pinceladas una décima parte para convencerles de que son mucho peores y más cotidianas de las que narra esta novela. Incluso conozco decenas de compañeras de mi edad o más jóvenes que habiendo enfrentado situaciones más desgarradoras han adquirido una conciencia de sí mismas y de las causas que provocaron su miseria que le sacan varios cuerpos a las reflexiones de la protagonista y voz narradora.

Sin embargo, las mujeres de las que hablo no pueden sentarse a escribirlas. Sus condiciones de vida les impiden tomarse el tiempo para vomitar su vida en palabras sobre papel y ponerse a escarbarlas con la pluma o el teclado hasta que broten conclusiones profundas y belleza literaria como en esta novela. Sus tragedias, que devienen y se entrelazan en una sola, original, su condición de desposeídas y además, de mujeres desposeídas, les quitan todo tiempo de ocio creativo necesario para el juego profesional de la catarsis y la elaboración poética. En los mejores casos, cuando algunas de esas bellas y fatigadas almas  han conseguido arrancarle a la doble explotación segundos de arte, las industrias culturales les cortan todo posible acceso a la comunicación, al necesario intercambio y devolución con el público lector.

Nada de esto logrará detenerlas, claro. No se trata de un lamento. Ellas sabrán encontrar su camino hacia la conquista definitiva de un mundo construido sobre otras bases y sentidos sociales, donde se ganen además del pan, el derecho a florecer. Pero se les niega sistemáticamente esa pequeña suerte que les permita reparar las fisuras, cicatrizar las llagas. 

Las mujeres dañadas de nuestra clase obrera no pueden, se les prohíbe, la chance de la redención en vida que la protagonista y su genial creadora pueden encontrar gracias, entre muchas cosas, a su posibilidad de procesar sus angustias por escrito y encontrar al lector o lectora con la amabilidad necesaria para ayudarlas a resurgir.

Porque, seamos sincerxs, la literatura es un arte en el que cualquiera puede alcanzar la maestría, como Claudia Piñeiro, si se cuenta con el tiempo, la educación y la sensibilidad suficientes, pero que es inalcanzable si unx tiene que gastarse la vida para conseguir el alimento. 

Claudia Piñeiro lo ha logrado. Y en su excelente aventura por las profundidades del alma humana no deja pasar un ataque a las condiciones materiales que explican las millones de tragedias evitables que inundan el país de desgracias como la narrada en la novela, absolutamente evitables. Y si me permito atacar las cadenas que cohíben la explosión de nuestras mujeres en el arte y la vida es porque Piñeiro honra en esta novela a les trabajadores y trabajadoras de la educación, denunciando en feroces pinceladas a los bajos salarios y las pésimas garantías laborales como los responsables de la decadencia educativa nacional.

Como docente no puedo más que agradecerle a una autora que edita millones de ejemplares y que es una voz de referencia para el universo cultural argentino y de habla hispana, haber establecido en esta novela, sin ninguna obligación narrativa, una heroica defensa de nuestra profesión, tan horriblemente vapuleada por el Estado y los medios masivos de comunicación.

Del mismo modo ha actuado este jueves 13 de julio ante la feroz represión acometida por el gobierno de Cambiemos sobre las trabajadoras y trabajadores de Pepsico Vicente López. Nadie le hubiese reprochado en su entorno el callarse la boca y dejar pasar una represión más en medio de centenares a lo largo y ancho del país. Quien sepa algo de la situación institucional de la cultura argentina y del mercado editorial bien sabe que haber abierto la boca en defensa de Pepsico puede traerle más problemas que los insultos efímeros de centenares de trolls.

Es un dato político para estimar que la lucha obrera bajo tan penoso ajuste como el que sufrimos desde hace ya varios años, haya logrado abrir un canal de simpatía entre les pensadores de la clase media que están muy lejos de sentir en carne propia la desgracia material de la coyuntura. Constituye una bocanada de esperanza para quienes enfrentamos esta lucha en tan desesperantes condiciones. Claudia Piñeiro, una intelectual que ha logrado expresar la conciencia íntima de ese sector que varias veces enfrentó al Estado en defensa de los derechos humanos y sociales, bajo el alfonsinismo y en las jornadas del Argentinazo de 2001, demuestra en su arte y su compromiso que todavía no se concreta definitivamente el aislamiento social con que el Estado pretende aherrojar la lucha obrera por sus derechos.


Esa amabilidad de los extraños, para nada despreciable, que puede definir el éxito o el fracaso para quienes todavía luchamos por terminar definitivamente con las causas profundas que nos dañan y rompen la vida cotidiana.

sábado, 20 de mayo de 2017

Partida de hojas punzó

Un estampido seco. Potente llena todo el salón y se extingue sin eco ni reverberación. En primerísimo plano la ficha blanquinegra de marfil, con una sutil división dorada, muy fina, y alguna de las 28 combinaciones de la escala del uno al seis. Y el enorme y fornido brazo de mi viejo cayendo como un relámpago sobre la fórmica de la mesa.
Su mano temida en el mismo golpe de vista ahora está por encima de su cabeza, y también ahora como el gato famoso, está dando ese golpe machazo sobre la mesa.
Detrás de su hombro veo o adivino la mueca de la sonrisa victoriosa, desafiante y algo infantil, subrayando no simplemente el acierto en la jugada sino también, y al mismo tiempo, el gesto viril del golpe sobre la mesa.
Luego alguna frase de triunfo o escarnio en perfecto galego. Los otros tres que sostienen la tensión del juego, también batirán sus brazos y muecas a su tiempo. Siempre que el inescrupuloso azar de sus emociones y su capacidad para seguir el ritmo de las combinaciones de números que se desnudan fugaz y velozmente, vomitadas por sus anteriores centinelas, puedan otorgarles esas minúsculas victorias parciales que de sostenerse determinarán la última, que anula las previas.
Los más refinados no se someten a la ronda del gesto y el golpe seco, sólo juegan a colocar las fichas. Tampoco atizan el ida y vuelta del desafío varonil. O quizás se la guardan para el final. Especuladores temerosos o perfectos empiristas.
Todos ellos falan el mismo lenguaje. Después de las primeras decenas de tardes acompañando a mi viejo podía distinguir también el acento cerrado, gutural e incomprensible criado en las montañas húmedas y frías, mordiendo cada palabra de la misma forma que picaban la fría piedra para despejar el palmo de tierra donde sembrarían sus patatas o sus fabas, de aquéllos otros más gentiles con el oído inculto, dulcificados por las costas o los valles donde los forasteros obligan al esfuerzo de la modulación para conseguir la venta, el favor o lo que sea que se diga.
Todas las tardes de su vida adulta mi viejo iba a “echar la partida” con los muchachos en algún tugurio más o menos honrado donde se encontraban sus paisanos en la diáspora, diez o doce mil kilómetros lejos de las tierras y los cielos que amasaron sus personalidades en la infancia o juventud.
Compiten también sobre su éxito, inflando las anécdotas de propiedades compradas y vendidas, los cartos acumulados, las hectáreas de eucaliptus en disputa por las decenas de hermanos y hermanas que no tuvieron la suerte de arrancarse de sus raíces en barcos negreros para deslomarse en las Américas, en un plus ultra que para los más no tuvo nada de imperialista y sí mucho de morriña, desamor y olvido.
También había hermosas tardes donde compartían sus recuerdos de valles, romerías, pasodobles y muiñeiras, gaitas y rulos de tamboriles enredándose en divertidos debates sobre la toponimia de cada pequeño lugar que probablemente haya medio siglo sin existir ya, guardándose con pudor cada uno para sí la cadena de otras memorias que esos paisajes y nombres olvidados desencadenan en sus suspiros.
Fui presenciando la lenta colonización de las arrugas en el rostro pulido y la poderosa cabeza cana de mi padre en miles de partidas como esa.
La Estrella Federal que puse hace un año sobre la fórmica corrompida -después de varios accidentes y mudanzas y mucho descuido- de la mesa del desayuno que heredé de mi viejo, casi se marchita en su primer invierno. Logré rescatarla, pero las ocho hojas centrales que le dan su nombre gracias a su característico punzó sanguíneo, no volvieron nunca más.
La nostalgia es algo parecido, la mantenemos viva aunque más no sea para recordar aquéllos detalles que dan su justa medida a las cosas y los seres que ya no están.
Daría un pie para volver a ver esas hojas carmesí en el centro del tallo, sobre la fórmica corroída de una mesa que en la próxima mudanza seguramente dejaré atrás.
Pasa algo así cuando Leyla me pide jugar al dominó con sus veintiocho cartones con combinaciones impresas de personajes del último dibujito famoso de Disney. Pero de alguna extraña forma soy yo, ahora, quien imprime pequeños detalles, gestos, manías, frases o carrasperas en esta jovencísima conciencia que algún día será sub. Y en algún registro muy por debajo de todo esto que digo y pienso sé que algún día yo mismo seré ocho hojas punzó que ya no estarán.
Espero que sea así, que el imperceptible pero constante horadar del tiempo y el cruel juzgado de la nostalgia destilen un mejor balance en la sensibilidad de mi hija que este amargo sinsabor que yo mismo supe heredar.

jueves, 11 de mayo de 2017

Canalizar el mar

Impresiones del 10 de mayo



Entre quienes han odiado la cursada de Historia en el secundario y quienes hemos gastado parte importante de nuestra juventud estudiándola con pasión existe un consenso en contra de la acumulación innecesaria de fechas como requisito de aprobación. El proceso de aprendizaje muestra su peor estrategia cuando se sostiene en la repetición ritual de memoria, la repetición de fechas es quizá una de su más claras demostraciones.

Sin embargo, con un poco de pensamiento dialéctico algún profesor me hizo detectar que existen fechas cuya importancia recae en que sintetizan un proceso histórico profundo, su sola mención sirve para comprender cabalmente dicho proceso. ¿Quién puede decir lo contrario de un 14 de julio de 1789, del 19 y 20 de diciembre de 2001 o de los octubres más recordados, el 17 de 1945 o el todavía más universal de 1917, que en realidad fue un 7 de noviembre?

Este 10 de mayo de ayer, cuando la enorme mayoría del pueblo argentino movilizado en cada centro urbano del territorio nacional y del extranjero hizo oír con toda claridad su repudio a cualquier intento de condonar los crímenes iniciados el 24 de marzo de 1976, tendrá su lugar seguramente entre ese panteón de fechas que serán recordadas no por un mero ritual de repetición mnemotécnica sino por la comprensión de la serie de fenómenos que lo parieron.

Ignoro si en el futuro se podrá encontrar una aplicación que pueda utilizar científicamente los estados de feisbuk como fuente para comprender este presente que ya de alguna forma es pasado. Simplemente se trata de hacer un aporte desde uno de los pocos espacios estrechos que dejó Plaza de Mayo hasta el Congreso Nacional en la marcha de ayer.

Nadando contra el volveremos


Lo primero que debo decir es que para el conjunto de la población que repudia al kirchnerismo como una banda de políticos oportunistas que se pusieron al frente de doce años de negociados con el Estado usurpando las demandas mayoritarias de la sociedad argentina que derribaron al régimen neoliberal de Menen y De la Rúa, peronismo, liberalismo y alianza, este 10 de mayo seguramente quedará grabado como un desgarro deja su marca en el músculo cansado. Porque como para muchxs, el debate sobre el levantamiento de la marcha del Encuentro Memoria Verdad y Justicia proyectada para el jueves 11 nos puso otra vez ante la enorme disyuntiva de qué hacer: si marchar junto al pueblo todo contra el 2x1 o hacerlo solxs, sin la molesta presencia del kirchnerismo promotor de Milanis.

Una vez consumado el cambio de fecha, promoví la propuesta de una asamblea de docentes en una de las escuelas que trabajo hace diez años para que votemos la movilización el 10. Como cabía esperar, movilizamos junto a otras en torno a la convocatoria del sindicato mayoritario entre la docencia de nuestras escuelas medias de Junta I, la UTE, dirigida desde que usurpase la vieja UMP por una agrupación de excomunistas y peronistas de izquierda, furiosamente aliancistas en su momento y fanáticos irracionales del kirchnerismo desde 2003. Por lo que la doble disciplina –frente a la decisión mayoritaria del EMVYJ y la propia asamblea de escuela- me pusieron en una columna abiertamente kirchnerista, como lo fue toda la Avenida de Mayo el día 10.

Volví a sentir la incomodidad que sentí el día que 500 mil docentes reventamos el casco histórico de la ciudad para rematar la última gran derrota de una huelga docente histórica fraguada por la burocracia sindical docente. Ser uno de los pocos que ponía cara de orto en un vagón del Subte reventando con el “vamos a volver” con la amarga acidez de tener como único recurso la cara de orto en medio de una masa rabiosa que imponía su poder mayoritario.
Hubo una diferencia sutil, pero que en medio de la nefasta sensación pude registrar con claridad, este diez de mayo, incluso en plena Avenida de Mayo copada por una dirección pro K, el “volveremos” no tuvo la contundencia que unx podría esperar. Llegué a escuchar incluso desde algún centro de estudiantes surgir con claridad un intento de “que se vayan todos” que no prosperó. Cometí el desesperado y provocador intento de rebelarme sólo, como puro individuo indignado, salmón contra la corriente, y enmascaré mi posición política en medio de los masivos cánticos gritando “Milani” en la parte de la canción popular que reza “como a los nazis les va a pasar” y me sorprendió que dos compañeras de la escuela festejaban la ocurrencia con una sonrisa cómplice mientras que reconocidos celestes me miraban con cara de bronca pero no se animaron a impugnarme de ninguna forma.

¿Fantasías guiadas por mi ferviente deseo de que el pueblo argentino no encuentre su camino de salida a la crisis que vivimos otra vez entronando a una banda de fascinerosos en el Ejecutivo Nacional? Seguramente. Tan seguro como que cualquiera que haya estado en Avenida de Mayo ayer sabe muy bien que mientras el asfalto estaba trabado por agrupaciones sindicales y políticas referenciadas con el kirchnerismo, por las veredas fluían mares incontenibles de personas que luchaban por un puesto en la Plaza sin mostrarse atadas por vínvulos de fidelidad o dependencia a estas agrupaciones.

Ninguna organización política o sindical de nuestro país moviliza por sí misma medio millón de personas. Lejos de alegrarme, entiendo que es precisamente por eso que nos sigue gobernando el grupo de delincuentes que batalla junto a la Iglesia Católica y el Sionismo por la libertad de genocidas y el ajuste contra el pueblo.

Que la del 10 de mayo no fue una Plaza kirchnerista lo muestra el hecho de que una buena parte de ella fue agrupada con la izquierda no kirchnerista, por la presencia en el palco de una Madre que simboliza la lucha de los DDHH no K, Nora Cortiñas, y por la ausencia evidente del mayor símbolo del kirchnerismo, en tanto heroína de la lucha contra los milicos y también como representante de la corrupción estatal, Hebe de Bonafini.

La plaza es nuestra (otra vez)


Los cánticos que unificaron a esa masa heterogénea fueron “el que no salta es militar” y “como a los nazis /Milani les va a pasar”. En ese momento en que todes les presentes nos sentimos en una nave del tiempo, recordando nuestros propios cuerpos en el 83, en las luchas contra el Punto Final de Alfonsín o el masivo 24 de marzo contra Milani de 2015.

Fuimos pueblo una vez más y volvimos a colocar un límite claro, una frontera cuyo cruce implica una declaración de guerra abierta contra las masas. Después de Milani y Jorge Julio López ni el kirchnerista más delirante soñará con decir que fue la Plaza de Cristina, que tuvo en su 9 de diciembre del 2015 un aval de la misma envergadura que el propio Macri el 1 de abril de este año.

La otra sensación física y emocional que me acompañó toda la marcha fue la masividad de los cuerpos y las energías, que me puso otra vez en el 19 de diciembre de 2001 a la noche, en la marcha federal docente del 21 de marzo pasado o en los 3 de junio del 2015 y 2016 o el 19 de octubre del 2016, el miércoles negro ante el brutal asesinato de Lucía en Mar del Plata.
Debe llamarnos la atención con fuerza que a quince años del Argentinazo las masas de nuestro país muestren su enorme voluntad y fuerza política en las calles con tanta regularidad. Cinco movilizaciones masivas, contundentes y nacionales en el lapso de dos años muestran algo más que la dinámica de la grieta acordada por las necesidades electorales equivalentes de macristas y kirchneristas. La grieta se ha desbordado y su eje tiende a correrse con fuerza hacia reivindicaciones del pueblo que chocan objetivamente contra el conjunto del régimen social y político capitalista que gobierna el país.

Es para subrayarlo en medio de este proceso lúgubre que vivimos: la democracia burguesa no ha logrado cerrar la fisura abierta por las masas en 2001, todo lo contrario, a pesar de haber batallado doce años para sellar la grieta entre la población y el Estado con la trampa electoral, después de treinta y cuatro años de “democracia” pactada con los genocidas, la presión de las masas se iguala a la de un lago desbordado que sigue profundizando las fisuras en la represa del régimen. La gran esperanza de quienes soñamos y luchamos, no por un “metro cuadrado” o un “sueño dorado” sino por la abolición definitiva de la miseria y la muerte organizada del régimen de clases, es que la represa se rompa después de la acumulación de grietas y rupturas, dando el salto de cualidad inevitable.

Sin embargo tenemos que tener conciencia extrema de los límites que tenemos cuando somos esa masa irrefrenable. El que se vayan todos del 2001 terminó embretado por los estafadores y quienes cansadxs ya de tanta lucha por el socialismo decidieron meter los sueños en bolsitas en el freezer y luchar con fanatismo por el “único país posible” junto a la desgracia Milanista y engordadora de bolsos del otro López, el del clan De Vido y Aníbal Fernández, el del Boudou y la vieja Ucedé menemista devenidos K. Sin irnos tan lejos el medio millón de docentes movilizados fuimos usados otra vez en función de los deseos electorales de la camarilla K que dirige CTERA que soldaron una derrota histórica, con un 19% en cuotas y miles de pesos en descuentos. Del mismo modo que las luchas del 82 y el 83 fueron dilapidadas por la “esperanza alfonsinista” en el fango de la Semana Santa.

La “gloriosa CTA” que nació para reformar al movimiento obrero en lucha contra los gordos cegetistas del menemato está descompuesta y sin fuerzas; el sueño de la revolución por los votos del viejo MAS y su Izquierda Unida junto al estalinismo ahí están para recordarle al FIT que todas las grandes esperanzas tienen que pasar obligadamente el examen lapidario de la lucha de clases para demostrar en la calle a dónde van.

Todo es ilusión, menos el poder


La metáfora del pueblo como una enorme masa homogénea que golpea como un solo puño se disipa ante la comprobación que las grandes aguas que fluyeron este 10 de mayo contra el genocidio más grande de nuestra historia colectiva (en una cadena de genocidios que arrancan con la masacre de aborígenes y africanos perpetrada por los españoles, portugueses e ingleses en la fundación del dominio europeo en nuestras pampas, continuada por Rivadavia, Rosas y las presidencias liberales, las nefastas Guerra contra el Paraguay y la guerra contra los aborígenes patagónicos y chaqueños que terminó de armar el país que hoy tenemos) fueron dirigidas a conciencia por constructores de canales con claras intenciones.

Quienes fluimos ayer como un todo debemos repasar nuestra enorme e innegociable alegría popular de sabernos no derrotados, con el tamiz de la cadena de frustraciones que otros estallidos populares nos han dejado también grabados en la conciencia emotiva más elemental. Tenemos la obligación de ir encontrando el canal que sirva no sólo para demarcar los límites que estamos dispuestos a soportar, como el genocidio contra les luchadores socialistas y mujeres por ejemplo, y que nos permita no sólo desbordar a este régimen podrido de empresarios ilegales que abrevan sus ganancias de la explotación negrera de la población trabajadora, el narcotráfico y el tráfico de esclavas sexuales, sino por sobre todas las cosas fundar una sociedad gobernada en contra de esos empresarios, que pueda ser capaz de organizar de nuevo un país que garantice trabajo, comida, educación, salud y vivienda para el 90 por ciento de la población.

Producto de una sociedad parida por la fuerza de innovación de las máquinas en la Revolución Industrial, el sabio Lev Trotsky usó la metáfora de la caldera y el vapor de agua para explicar la diferencia entre la presión inconsciente, no dirigida por un programa claro de las masas insurrectas y el superior poder de transformación social de las mismas masas cuando eligen un programa y una salida concreta a su situación. Sabia frase de un constructor consciente y protagonista de la primer revolución obrera y campesina que derrocó un régimen social e implantó su propio poder. Lo más avanzado en claridad que ha dado la historia humana hasta el momento.

Pero han pasado cien años, que aunque no desmientan un ápice la actualidad del concepto trotskista, nos encuentran en un retroceso social a situaciones previas al estallido ruso. Ya no somos vapor, estamos aún en estado líquido. Las calderas han sido corroídas desde dentro por la burocracia estalinista y desde fuera por el poder caótico de un imperialismo que avanza en la destrucción del mundo para recrear sus condiciones de poder y de ganancia. Cien años después de octubre notamos con amargura que estamos más cerca de la barbarie que del socialismo en la también sabia disyuntiva que dejara planteada con lucidez inigualable nuestra querida Rosa Luxemburgo.

En lugar de constructores de calderas quienes seguimos soñando y luchando por el socialismo, ese de verdad, ese que se supo llamar comunismo después que los partidos socialistas lo embarraran en la sangre coagulada de la Primer Guerra y antes de que los partidos comunistas lo embarraran en el fango de la coexistencia pacífica y la dictadura burocrática de Moscú, nos encontramos en la enorme dificultad de arar canales en medio de la crecida de la sudestada.

El debate que recorre a todes quienes dan su vida por la lucha política contra el capitalismo es hoy, de nuevo, como frente al avance del fascismo y el nazismo en la sima de la última gran crisis capitalista, el dilema del Frente Único y el Partido Revolucionario. Son los profesionales y especialistas de la política de la izquierda quienes tienen la responsabilidad de dilucidar una vez más los caminos correctos en esta titánica tarea y no nos corresponde a quienes renunciamos a esa dichosa tarea hacer algo más que aportes a un debate honesto, sin segundas y facciosas intenciones. Pero parece claro que no estaría siendo el tiempo de las fórmulas sagradas repetidas como mantras ni el de “vale todo” para juntar votos. El Frente Único, el Partido que dirija la toma del Palacio de Invierno (rosadito) el Gobierno de Trabajadores/as será, como lo fue siempre, resultado de la mejor capacidad de construcción de una estrategia con la mirada firme ante la flexibilidad y contingencia de la experiencia histórica concreta que atravesamos.


Nuestra última esperanza, esa que duerme al fondo de la caja de Pandora, es que encontremos la lucidez necesaria para canalizar este mar bravío que todavía late y empuja contra las compuertas de cemento que nos han puesto encima los explotadores. Hacemos nuestros mejores y más sinceros votos para que la parcialidad más conciente y honesta de nuestra población, esa hermosa juventud obrera y socialista que lucha contra propios y ajenos, logre imponerse y encontrar la salida que todes andamos buscando.