Translate

jueves, 27 de abril de 2017

Sueños frustrados

-y… ¿cómo estás?

-… qué se yo… mal… si no no vendría, ¿no?

- Bueno… contame.

-Otro de mis sueños con edificios.

-Ajá.

-Pero esta vez pude salir. Estoy muy contento.

-Qué bueno.

-No sé por qué me había citado con Laura...

-Otra vez Laura… ¿cuánto pasó ya?

-Más de diez años. Pero bueno, yo que sé. Culpa tuya.

-Es un trabajo en equipo; en realidad el único que trabaja sos vos, yo…

-Sí, ya lo sé. Vos sos un apoyo, una guía.

-Claro. ¿En qué barrio fue éste?

-Otra vez Palermo.

-¿La Basílica de nuevo?

-No, no. Gracias a dios, no. Enfrente. Era una mañana soleada, quizás fría. Pero seca. Viento del oeste, de la Cordillera, de las Sierras, oxígeno puro sin humedad. No sé por qué nos citamos en un barcito… o era una especie de patio de comidas de shópin… pero en la placita enfrente de la Basílica. Plaza Freud que le decían, porque…

-Sí, ya me contaste.

-Ah, sí, perdón. Cuestión que creo que yo estaba con otra mujer. Mi pareja.

-¿Sabés quién era?

-No. Calculo que con la otra, la última.

-Tiene nombre.

-Tenía nombre, tenía. Cuestión que el sueño empieza realmente cuando la veo a Laura llegar en el golcito gris urano y estacionarse por algún lugar frente a la plaza. Se baja con esos tapados y pantalones de jean bien combinados que le quedan perfectos, gafas oscuras con bordes de carey, el pelo corto teñido de borravino y para mi sorpresa con una perrita al final de una larga pero fina correa, de esas extensibles.

-¿Por qué la sorpresa? Laura es fan de los perritos.

-Porque no sabía que Laura tenía una perrita chiquitita, siempre tuvo perras medianas a grandes. La última muy torpe. Siempre fantaseaba con uno de esos chiquitos, los fox terrier como el de La máscara. ¿Por qué será que todo el mundo recuerda ese perrito, no? Si me preguntás la trama no tengo ni noción, pero el perrito… y las caripelas de Jim Carrey, claro.

- qkjjmm…

-…sí, claro, sí. Y porque la perrita me acompañó por el edificio. No entiendo cómo fue, pero en algún momento quedamos en buscar un lugar, como si nos hubiésemos desencontrado. Yo quedé con la perrita. Ah… ahora recuerdo que apareció Marcos…

-¿En el sueño?

-Sí, todo en el sueño. Pero como mención nomás… por aquélla vez de Lana.

-¿Qué Lana?

-No importa tanto, es otra digresión…

-Nunca sabemos qué es lo que importa hasta que lo verbalizamos…

-Marcos me acompañó a llevar a Lana a la morgue del Pasteur, a la vuelta de casa, a un costado del Parque. Ahí la dejamos. En una camilla de operaciones metálica y fría. Tenía los ojitos cerrados y una puntita de la lengua afuera, creo. No nos quisieron dar las cenizas. Es extraño eso, que no nos dejen tener un velorio o una cremación apropiada, que nos permita ritualizar el duelo con nuestras mascotas. Para muchos son seres queridos.

-¿Y la perrita?

-Sí, claro. Cuestión que me pongo a buscar un atajo y me meto en un edificio. Esto es recurrente. Un edificio desconocido. Algún cálculo de vaqueano típico mío. “Seguro por acá salimos del otro lado y cortamos camino”.

-¿Por qué necesitás cortar camino?

-No sé. Será de ansioso. O será la edad. Hace un tiempo que tengo la urgencia de llegar. Siento que se me termina la vida y no llegamos.

-¿A dónde? ¿Quiénes?

-Al socialismo, claro. Todos.

-¿Cómo es eso?

-Primero era el paraíso. Desde chiquito. Soñaba con encontrar la forma de que fuéramos todos felices. Todos, el planeta entero. Pero sobre todo las personas que pedían en las puertas, que vivían en las plazas, en las entradas de los edificios más grandes. Los que venían a comer a la Plaza de los Dos Congresos. Después me dí cuenta que con la limosna no iba alcanzar. Al menos no con la de mi familia. Y desde los diecinueve años que mi única motivación es que los obreros tomen el poder y construyamos el socialismo. Extraño, pero nunca me lo puedo imaginar concretamente. ¿Cómo sería?

-¿Esto estaba en el sueño?

-No, claro. Me meto en un edificio raro, qué se yo. Esta vez no había esas escaleras circulares de madera, como caracoles que subían y bajaban, rotas o con salidas falsas. Era de cemento, como el Clínicas o la vieja Facultad de Sociales, la de Marcelo T.

-Ajá.

-En algún momento me desorienté. Recuerdo claramente que la perrita la tenía en el hombro izquierdo, acurrucadita con el pecho y la pancita sobre mi pecho y las patitas delanteras sobre el hombro, como un mini ponchito, muy calentita. No parecía nerviosa, aunque yo sabía que extrañaba a su mamá y quería salir de allí pronto.

-¿Quién?

-La perrita de Laura, doctora. Entonces nada, subíamos y bajábamos tratando de encontrar el hall de entrada para salir del edificio.

-¿Subían o bajaban?

-Al principio subimos un par de pisos. Pero tenía la sensación que nos alejábamos y volvíamos a bajar. Bueno, el que tomaba las decisiones era yo y el que se movía también. La perrita acurrucada en el hombro. Aunque su presencia era importante, siempre la notaba, por el calorcito. En una de esas empezamos a bajar y me encuentro con un ascensor en lo que sería, no sé, como el último subsuelo.

-¿Por qué te pareció el último subsuelo?

-Bueno, porque terminaba la escalera. Pero también porque estaba oscuro y húmedo. Lo que más me llamó la atención es que había como una especie de gotera enorme pero en realidad era como un globo de moco saliendo del techo justo encima del ascensor.

-¿Un globo de moco?

-Sí. Moco verde-blanco, bastante grande. Y goteaba, como pustulento.

-¿Dé dónde venía?

-Ni idea. Decidí no meterme en el ascensor y volví a subir la escalera con fastidio. Eran escaleras trabajosas. O será que ya me vengo cansando de tantos años soñando con subir escaleras.

-Vos vivís en un edificio con escaleras.

-Sí, claro. Tres pisos por escalera. Lo elegí por esas escaleras. Seguro mi viejo no iba a poder instalarse en mi casa para no tener que subirlas y bajarlas. Me acuerdo que no le gustó el detalle cuando lo fuimos a ver juntos. Dijo que iba a ser difícil venderlo con esas escaleras. Que sólo una parejita joven lo iba a comprar. Tenía razón el viejo taimado, nunca más lo pude vender.

-¿Hace cuánto que vivís ahí ya?

-Casi veinte años van. Y está en venta desde que nos separamos.

-¿Y no se vende por las escaleras?

-Calculo que es por eso. O será que el viejo me maldijo y me dejó atado a su última propiedad como condena. La celda en la torre del castillo.

-Bueno, pero ahí te hiciste escritor.

-Y todas las cosas buenas que me pasaron en la vida. Aunque algunas malas, como la última convivencia.

-Volvamos al sueño.

-Sí, claro. En el piso de arriba del ascensor la escalera se cortaba abruptamente. Como si hubiese desaparecido el piso de arriba. Algo muy extraño. También se estrechaba el pasillo y la mucosidad caía por todo el techo. Volvimos a bajar. Dudé un segundo en meterme al ascensor, pero me irritaba mucho lo del moco.

-¿Y entonces?

-Nada, en algún momento me expliqué a mí mismo, o a la perrita en el hombro, que el problema es que estábamos en el contrafrente, que por eso no encontrábamos el hall de planta baja. No sé bien cómo, pero me mandé por un pasillo que no habíamos cruzado antes hacia adelante y efectivamente salimos al hall de entrada. El edificio estaba cerrado, como si fuese uno de esos de oficinas. Una mujer con uniforme gris de vivos verdes oscuros y un logo de diseño estaba limpiando y encerando, rodeada de baldes, productos de limpieza y varios trapeadores.

-¿Una mujer?

-Sí, empleada de limpieza. Se sorprendió de verme, pero le expliqué muy sereno que me había perdido buscando la salida. Le pedí que nos dejara salir a la calle. Y aceptó de buena gana.

-Al final saliste fácil.

-Sí. Creí que iba a ser más complicado explicarle por qué había entrado al edificio o algo así pero la verdad fue todo muy natural. Igual cuando me iba me empieza a dar como un vacío y a medida que voy ganando el hall y la puerta de enfrente, bajando una escalinata muy breve, entra un escuadrón de Gendarmería, todo pertrechado, armado, en fila india. Aunque parece que no me dan pelota a mí, hablan con la mujer de la limpieza y empiezan a pasar al interior del edificio, para el lado de donde veníamos.

-¿Gendarmería?

-Sí, o alguna otra fuerza, no sé, de uniforme oscuro y de infantería pesada, con escudos y protección tipo armadura de plástico en las pecheras y piernas. Ahora que lo pienso puede haber sido Prefectura, también. En Puente Pueyrredón era Prefectura, en el resto siempre fue la infantería pesada de la Federal, más bien de azul oscuro. Pero Gendarmería fue con Berni y la Bullrich. Se vé que en el sueño las mezclé.

-Pero no te atacaron a vos.

-No. Yo bajaba mirando al piso enorme del palier, por el costado izquierdo, y ellos subían por mi derecha, sin notarme creo. Pero me jodió que justo cuando estaba por salir me agarrara el mareo, a ver si pensaban que era algo sospechoso y se me venían al humo. No sé por qué en ese momento estaba con anteojos oscuros.

-¿Anteojos oscuros? ¿Cómo lentes para el sol?

-Sí. Como unos rayban o algo así. Como los que usaba mi viejo.

-Otra vez tu viejo.

-No, sus lentes.

-Los objetos significativos son fetiches, encarnan personas.

-Vale la posibilidad que no siempre sean así, ¿no?

-Puede ser. ¿Y saliste?

-Pasó algo muy raro, pero empecé a ver dos imágenes en el suelo encerado del palier. Un palier como de valdosas finas, de mármol, de color beige oscuro, con pintitas que brillaban. ¿Viste cuando están tan encerados que se espejan? Y del espejo salían dos figuras extrañas, como si fuesen retratos de alguien, de dos personas diferentes.

-Ajá.

-Después me desperté y me dí cuenta que eran los dos cuadros que tengo frente a la cama, sobre la pared de mi cuarto. Se vé que ya estaba despertando mientras seguía el sueño y se metieron los cuadros en la filmación del final.

-¿De quién son los cuadros?

-Uff. Larga historia. ¿Viene a cuento?

-No sé. ¿Viene a cuento?

-El de la derecha es uno de los primeros ejercicios al óleo que hice, a los 19. En la esquina inferior derecha hay una silueta oscura sentada en el borde de un agujero más profundo. Todo en gamas de azul petróleo. La figura tiene puesto un sombrero de ala ancha y una pluma de ave grande en la mano derecha, está haciendo una pausa antes de seguir escribiendo, o antes de empezar a escribir, sobre lo que supuestamente sería una especie de rollo de papel antiguo, o papiro. Con la otra mano sostiene un pucho del que sale una columna de humo. Tiene una pierna adentro del abismo y una afuera. Los bordes más concretos están iluminados por destellos de luz muy claros, que vienen del borde superior izquierdo, donde hay una especie de bola de fuego que bien podría ser el sol. Pero en realidad es como un recorte de cielo plomizo que deja ver una especie de luz al fondo. Una luz de universo, digamos.

-¿Quién es esa persona? ¿Qué escribe?

-Soy yo, claro. En los últimos años del secundario me daba por andar con sombrero de ala ancha y botas tejanas. En la calle me gritaban Estivi Rei.

-¿Qué cosa?

-Por Steve Ray Vaughan, el violero.

-No conozco.

-Yo tampoco. Así lo conocí. Gran violero. En el ángulo inferior izquierdo, debajo de la bola de fuego y a mi altura, digo, a la par del hombre del sombrero y la pluma hay una mano muy venosa y de músculos magros pero marcados, como desgarrando la tela, salen surcos de rojo sangre debajo de los dedos. Es mi mano. La copió mi maestra tomando mi mano derecha como modelo. Es mi mano.

-¿Qué desgarrabas?

-Ni idea. Todo el chiste del cuadro es que no sabía qué cosa me generaba tanto dolor. En el otro ángulo, encima del muchacho del sombrero, el rostro de Beethoven, en una actitud de suma serenidad, sugerido por pinceladas fantasmales, como recostado sobre un cielo de noche oscura pero diáfano. Una actitud de suma paz.

-¿Beethoven?

-Sí. Por una escena de Inmortal Beloved, que había visto en esos años en una función trasnoche en unos cines del Paseo Alcorta que recién abrían. Cuando el pibe sale corriendo de la casa familiar, huyendo de la golpiza del viejo y después de correr como un alienado se tira a hacer la plancha en una laguna. La cámara va fugando de un primerísimo plano de su carita hacia el cielo, la laguna espeja un cielo estallado de estrellas hasta que la pequeña figura del pibito es un puntito más. Toda la escena tiene de fondo la última parte de la novena sinfonía, el Himno a la Alegría.

-¿Cómo sacaste la carita del joven Beethoven?

-No, no. La cara que copié es del molde de yeso que tomaron en su lecho de muerte. Una especie de retrato póstumo que se estilaba en el siglo XIX. Algo que mi maestra de óleo tenía en su casa de Boedo, donde pintaba los sábados a la tarde.

-O sea que la paz de ese rostro…

-Es la quietud de la muerte, sí, lo sé.

-¿Y el otro cuadro?

-Es uno de los últimos que hice, dos años después. Un ejercicio de naturaleza quieta.

-Muerta.

-Mi maestra decía que prefería decirles naturaleza quieta, porque los objetos están quietos, no necesariamente muertos.

-Pero la relación entre quietud, paz y muerte, reaparece, ¿no?

-Ponele. Son dos pilares de telgopor como del tamaño de un antebrazo rodeando una cabeza de yeso blanca de una mujer con una especie de cofia en la cabeza mirando hacia el horizonte, fugando hacia la izquierda del cuadro. Claro que me salí del libreto y las cosas de telgopor fueron a quedar como dos torres almenadas extrañas, recibiendo una luz clara y marcada desde el lugar donde fuga la mirada y marcando claramente el contraste con las sombras. Todo en una paleta de ocres y dorados. Excepto por un paño verde claro que hace de pared de fondo de las dos torres, detrás del rostro blanco; debajo de ella, dos objetos y otra tela. Una caracola marina, un reloj despertador grande, redondo y abollado, de latón, sin agujas. El paño de una textura brillosa, de un rosa y un azul eléctricos pero apagados, con transiciones blancas.

-¿Por qué sin agujas?

-Porque me pareció más simbólico.

-El tiempo congelado.

-Claro, ponele. Un tiempo que no avanza ni retrocede. Un segundo eterno.

-¿Y el rostro de la mujer? ¿Una mujer era, no?

-Sí, una mujer. En paz, con una sonrisa imperceptible, muy sugerida. Como abriendo una ventana y contemplando el primer sol de la mañana.

-Ya había pasado la angustia de Beethoven, por lo que contás.

-Es cierto que había más esperanzas. Pero no tantas digamos. Igual nada que ver, quería hablar de mi sueño y terminamos hablando de dos pinturas viejas.

-¿Cómo nada que ver? ¿No estaban al final de tu sueño?

-Sí, pero vinieron de afuera. Se vé que estaba luchando por despertar y entre que habría y cerraba los ojos se habrá ido colando…

-¿Cómo que luchabas por despertar? ¿No estabas queriendo salir del edificio?

-Es lo mismo, ¿o no? Me quería ir del edificio, se pudrió con la Gendarmería… me obligaba a despertar. Mi inconsciente será muy inconsciente pero la tiene clara, despertarse es la mejor forma de salir de un sueño, ¿no le parece?

-Pero por algo tenés la necesidad de contármelo. Quiero decir, contármelo es una manera de volver al sueño, al edificio…

-Sí, claro. ¿Qué significará?

-Eso sólo lo podés saber vos. ¿Cuándo empezaste a escribir?

-No bien me desperté.

-Me refiero a cuándo empezaste a ser escritor. ¿Notaste que a los 19 años te pintaste en la acción de empezar a escribir?

-Pero en esa época ni soñaba ser escritor. Bueno, sí. Desde que leía a Julio Verne en Posadas fantaseaba con un futuro escribiendo novelas fantásticas como esas, pero como quien dice que quiere ser bombero cuando vaya a ser grande, o astronauta. Eso decía yo, que quería ser astronauta de grande.

-¿Astronauta?

-Me fascinaban los cielos estrellados, llegué a tener una especie de obsesión con la idea de pisar la luna. Leí Cosmos, de Carl Sagan, a los diez años, como quien lee una de Verne o de Salgari; me fasciné con la primer saga de Robotech como si hablara de mi vida… En el 85 le mandé una carta a la NASA para que me manden imágenes de Marte tomadas por la Voyager o la Viking. Tuve durante unos años la fantasía de ser astrónomo, hasta que me enteré que había que estudiar astrofísica en La Plata y dí de baja el proyecto. Mi mejor amigo lo hizo.

-¿Ser astronauta?

-No, estudiar astronomía en La Plata. Aunque sí, terminó casándose en Australia, que para un posadeño de los barrios del Fonavi debe ser lo más cercano a un viaje a la luna… era tan fanático de Volver al futuro que se hacía llamar Marty McFly. Maidana se llamaba… Alejandro… se llama, está vivo. Lo sigo en el feisbuk, tiene una hija.

-¿Se hablan?

-No.

-Qué raro. ¿Por?

-No se habla con fantasmas, es un síntoma de locura.

-¿Cómo fantasma? ¿No estaba vivo?

-El sí, pero el Maidana con quien yo hablaría hace treinta años que no existe más… como mi maestra de pintura… como el pibito que hizo esos cuadros…

-Sin embargo reaparecen en tus sueños.

-Ya te dije que fue casual, estaba despertándome y se metieron desde la realidad.

-Bueno, el que los puso ahí en la pared para verlos al despertarse fuiste vos, nadie te obligó.

-Supongo que los fantasmas son para eso, para tenerlos puestos en las paredes. De todos modos lo importante será lo que está debajo del edificio, eso que no me animo a visitar.

-El ascensor y la gotera de moco.

-Claro.

-Es lo mismo. Es la representación de un interior cavernoso, el moco es el lubricante de tus órganos internos, de tu interior profundo, en tu cuerpo. Tres mujeres te protejen: Laura te da su perrita soñada para que te conforte y te acompañe en la aventura, la mujer que limpia te posibilita la salida reconfortante sin muchas preguntas, la mujer de yeso que mira con una sonrisa imperceptible el amanecer es lo primero que ves cuando salís. ¿Por qué sufría el pibito que salía corriendo hasta la laguna?

-Ya te descubrí. Porque el viejo le pegaba. No quería que fuera músico, no al menos como artista. Quería obligarlo a que fuera el niño prodigio, como Mozart, para tener un laburo fijo en la corte.

-¿Tu viejo te pegaba de chiquito?

-No recuerdo para nada eso. Todo lo que sabemos de mi viejo y su abuso son deducciones póstumas. Nunca me quiso confesar nada. ¿Ya te conté que lo encaré en su lecho de muerte, no?

-Sí, en la “guardia lúgubre de terapia intensiva de esa clínica en Posadas”…

-Mi vieja estaba orgullosa de cómo dibujaba. Y me compraba libros de astronomía. Le decía a todo el mundo que era un artista.

-¿Y tu viejo?

-Quería que estudiase una carrera de contador o de abogado, para juntar la guita. Que lo demás estaba bien pero que no iba a comer como pintor.

-Y estudiaste óleo, con una mujer…

-Mi segunda madre en esos años. Norma. No la vi nunca más. Cuando me casé vi uno de sus cuadros más lindos en la sala del CGP de Boedo donde hicimos el civil. Otro fantasma. Uno que no tiene feisbuk.

-Y terminaste como escritor.

-No. Publiqué dos libros. Eso no te hace un escritor. Terminé como quería mi viejo, atado a la noria de una profesión que me garantice la guita.

-Pero no sos contador, ni abogado.

-Pero la cadena de la profesión sin pasión se siente igual de fría en el pescuezo.

-Ajam.

-¿Terminamos?

-Sí, dale, nos vemos la semana que viene.

viernes, 24 de marzo de 2017

Carta de un docente al Gobierno Nacional

Acto escolar del Día de la Memoria, por la Verdad y la Justicia de 2017.

Compañeras y compañeros, estudiantes, docentes y auxiliares. Hoy recordamos el inicio de la última dictadura militar de la historia argentina, hace 41 años, el 24 de marzo de 1976. Hoy es un día especial para hacer memoria porque tenemos un gobierno que pretende borrarla, desdibujarla y anularla. Funcionarios del Estado andan diciendo, otra vez, que no fue un genocidio, que no fueron 30 mil, que por algo será y que tenemos que dejar el pasado atrás.

El ejercicio de la memoria es inútil si no cumple con dos condiciones también incluidas en el nombre oficial de este feriado, Verdad y Justicia. Porque si hacemos Memoria sin buscar la Verdad podemos caer en la estafa histórica y si hacemos Memoria buscando la Verdad necesariamente tenemos que exigir Justicia. Sólo así podremos construir un presente y un futuro dignos de ser vividos.

Hablemos de la Verdad entonces.

A pocas cuadras de nuestra escuela, en San Juan y Entre Ríos, el 25 de marzo de 1977, exactamente hace 40 años, una patota de militares emboscaba y asesinaba a uno de los más grandes periodistas y escritores de la historia cultural argentina, el rionegrino Rodolfo Walsh. El día anterior Walsh había escrito y publicado su último trabajo, un balance del primer año de gobierno de la dictadura de Videla, describiendo en detalle la catástrofe económica y social y el genocidio que ya había empezado.

Perseguido, buscado, Walsh no dejó de luchar y escribir, su Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar es una prueba que refutaba en la cara las mentiras del régimen militar hace 40 años y que las sigue desmintiendo hoy, cuarenta años después y que la seguirá desmintiendo cada vez que alguien vuelva a querer mentir sobre lo que pasó. Sería bueno que vayamos a la biblioteca y la volvamos a leer para refrescarles la memoria a los funcionarios.

Porque está largamente comprobado que lo que hizo especial a la dictadura de 1976 fue la construcción de un plan sistemático de secuestro, tortura y exterminio de la población que luchaba por transformar la vida social y económica y construir un país sin pobreza, sin explotación, donde se garanticen los Derechos Humanos para todos y todas, independiente del poder de las principales potencias industriales del mundo. Con diferencias estratégicas y tácticas, esa generación se inspiraba en el socialismo triunfante en 1917 en la Unión Soviética, en el de la República Popular China de 1949 y en el de la República de Cuba de 1959.

Por eso reclamamos que se trató de un genocidio, comparable con el exterminio de paraguayos y gauchos federales durante la Guerra de la Triple Alianza y el de los pueblos originarios de la Patagonia y el Chaco llevados a cabo 100 años antes con alevosía por los gobiernos de Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca. Genocidios que el Estado ha querido ocultar, por caso llamando “Conquista del Desierto” a la masacre de aborígenes que el actual Ministro de Educación Nacional acaba de reivindicar hace pocos meses.

La comparación es pertinente porque la dictadura de Videla, Massera, Agosti y sus continuadores se llamó a sí misma Proceso de Reorganización Nacional precisamente porque se inspiraba en las acciones de esas presidencias liberales, que se conocen en los manuales de historia como el Proceso de Organización Nacional.

El uso de los mismos métodos sanguinarios para eliminar al pueblo que quería otro destino no fue lo único que imitaron los militares. El Proceso de Videla y compañía, como el de Mitre y compañía, organizó una economía agroexportadora y dependiente del capital y la industria extranjera, liquidando el escaso desarrollo industrial que existía, fundando el negocio de la soja que hoy es el principal y único sostén de la economía nacional; como en el siglo 19, se generó una deuda externa que las investigaciones del Congreso Nacional han demostrado fue fraudulenta, se vaciaron y destruyeron las empresas de comunicaciones y energía que eran del Estado y se pasaron al Estado las deudas de empresas privadas que antes de la dictadura estaban al borde de la quiebra y hoy son las empresas privadas más millonarias, el Grupo Clarín y Techint a la cabeza.

Podríamos decir que este 24 de marzo el famoso neo-liberalismo cumple 41 años en nuestro país.

Aproximadamente 30 mil personas fueron secuestradas, torturadas, asesinadas u obligadas a irse del país. Se censuraron canciones y artistas musicales, pinturas, fotografías y artistas visuales, libros y escritores, diarios y periodistas, sindicatos y sindicalistas, editores y editoriales, centros de estudiantes y delegaciones estudiantiles. Abogados, médicos, docentes, metalúrgicos… no hay oficio o profesión que no cuente con cientos y miles de desaparecidos, torturados, cesanteados, exiliados.

El proceso de destrucción de la educación y la salud gratuita, científica y laica alcanzó con la dictadura un salto de calidad, la verdadera “caída” detrás de las palabras del presidente.

La memoria es un ejercicio inútil sino sirve para entender el presente. El país que tenemos, la sociedad, la economía, la política que hoy vivimos es producto de la dictadura que comenzó hace 41 años. No se trata de recordar y poner en una foto lo que pasó, se trata de mirarnos en esa foto y ver qué nos pasa hoy.

En la actualidad existen casi 4500 leyes que organizan la vida en nuestro país. Un diez por ciento de ellas, 417, fueron dictadas sin ninguna legitimidad por una dictadura que clausuró el Congreso. El régimen de organización de la Policía, cómo juzgamos al delito juvenil, las entidades financieras, la venta de tierras públicas del Ejecutivo sin pasar por el Congreso, el pago de sueldos a la Iglesia Católica con dineros estatales, las leyes laborales y muchos otros aspectos fundamentales de la vida en sociedad todavía hoy se siguen rigiendo con las leyes de la dictadura genocida y no han sido derogadas por ningún gobierno. Al contrario, se aprovechan de ellas.

En 41 años todavía no hemos podido hacer justicia con los responsables del genocidio de los años 70. Según el Centro de Estudios Legales y Sociales 2.800 sujetos fueron acusados de delitos de lesa humanidad, la mitad todavía está libre, uno de ellos, incluso, llegó a ser Jefe del Ejército hasta hace poco; de los que fueron juzgados y condenados sólo el 38% recibieron cadena perpetua; muchos de ellos tienen el privilegio de cumplir su condena en la comodidad de sus hogares y no en una cárcel común; hoy sólo hay 13 juicios en desarrollo; 50 genocidas condenados están prófugos de la ley; 426 se han muerto de muerte natural antes de ser juzgados.

En estos 41 años ningún gobierno fue capaz de promover y garantizar la investigación judicial y la condena de ninguno de los empresarios que se beneficiaron, promovieron y financiaron la dictadura militar. Tampoco fueron juzgados los políticos que avalaron estos crímenes manteniendo sus funciones en el aparato del estado nacional, provincial ni municipal; ni los jueces y religiosos de distinto rango que colaboraron con la dictadura.

¿Qué tipo de justicia puede tener una sociedad que tarda 41 años en condenar a personajes que diseñaron un gigantesco plan de exterminio como el que sufrimos?

En algo tiene razón el gobierno cuando dice que no fueron 30 mil. Como no hubo justicia, las violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos siguen engrosando la cuenta incluso con más de treinta años de democracia.

La impunidad permitió que las fuerzas de seguridad continuaran con las viejas prácticas. En los barrios obreros más humildes de todo el país se siguen produciendo violaciones a los derechos jurídicos más elementales y tenemos documentados por CORREPI casi cinco mil casos de asesinatos en movilizaciones o protestas sociales, gatillo fácil, desaparición forzada, y asesinatos de personas detenidas en comisarías o cárceles.

Dos dolorosos ejemplos de los nuevos desaparecidos. En 2006 las fuerzas de seguridad sobrevivientes desaparecieron a Jorge Julio López, mientras era testigo en uno de los juicios contra quienes lo habían secuestrado y torturado en los setenta. En 2009 la policía bonaerense secuestró y asesinó a Luciano Arruga de 16 años porque se había negado a robar para ellos, fue enterrado en una tumba sin nombre en el Cementerio de Chacarita hasta que fue descubierto en 2014. Hay 200 tumbas sin nombre en el mismo Cementerio. 

¿Cuántas tumbas sin nombre existen en los cementerios del país? ¿Cuántos Luciano Arruga siguen sin ser descubiertos?

El Estado calcula que existen más de 6 mil personas desaparecidas, secuestradas por redes de trata para la esclavitud sexual o laboral, la gran mayoría mujeres, niñas y niños. El crecimiento del narcotráfico ha tenido un desarrollo impresionante en los últimos veinte años.

El secuestro de personas y la operatividad de las redes de narcotráfico a estos niveles es imposible de llevarse adelante sin la colaboración activa de las fuerzas de seguridad, las instancias judiciales y los aparatos políticos. El caso de México es, lamentablemente, el espejo donde nos miramos todos los países de América Latina.

Los niveles de violencia contra las mujeres que estamos viviendo son insoportables e inauditos. Todavía no se cumple el más mínimo derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Se calculan 3 mil mujeres muertas por abortos clandestinos en más de treinta años de democracia.

Si sacamos bien las cuentas fueron 30 mil y vienen siendo cuarenta y cinco mil.

¿Y qué pasó en estos 41 años con los otros derechos humanos, los económicos y sociales?

En marzo de 2012, en su presentación frente al Congreso Nacional, la presidenta de la Nación argumentó que el desfinanciamiento de los trenes que provocó la muerte de 52 trabajadores en el choque de una formación sin frenos del FFCC Sarmiento en Estación Once se debía a un hecho absolutamente cierto: la mayor parte del presupuesto nacional se destina al pago de la deuda externa, que en su mayoría contrató la dictadura.

El estado lamentable de las rutas argentinas, que promueve una de las principales causas de muerte en nuestro país, el estado de los trenes y colectivos, los cortes de luz, la falta de agua potable y cloacas en la mayor parte del país, el deterioro de los hospitales y las escuelas públicos se deben a lo mismo, amén de la corrupción: el presupuesto que se pone en el pago de la deuda externa de la dictadura.

Seguimos dependiendo de la importación de bienes industriales del exterior y del endeudamiento externo para vivir; dependemos de la exportación de soja que está generando un genocidio ecológico con los suelos y aguas potables, transformando tierras fértiles en desiertos y generando inundaciones mientras la calidad de los alimentos que consumimos se degrada sistemáticamente, colaborando en el aumento de los índices de mortalidad infantil y enfermedades crónicas.

Se vota el pago de la deuda externa a los buitres extranjeros mientras se agita desde el Estado el odio contra los extranjeros e inmigrantes como causa de todos los males, fogoneando la violencia en nuestros barrios.

Todo esto quiere decir que los derechos humanos elementales, a la salud, la educación, la vivienda, el alimento y el trabajo, que deberían ser garantizados por el Estado a todos los habitantes del país no se cumplen.

Tenemos 13 millones de personas bajo la línea de pobreza, un millón y medio no llegan a juntar ingresos suficientes para alimentarse mínimamente. La mitad de la población en condiciones de trabajar tiene trabajo en negro, sin ningún derecho, el promedio salarial está en los 6 mil u 8 mil pesos, las jubilaciones mínimas en 6 mil pesos cuando la canasta familiar está entre los 13 mil y los 19 mil pesos. Mientras se expulsan manteros y artesanos de las plazas y se pide represión a los piquetes de la pobreza, se cierran fábricas todos los días.

Para finalizar, ¿qué podemos aprender de este repaso por la memoria histórica de nuestro pueblo?

A los 30 mil compañeros y compañeras desaparecidos los secuestraron por luchar. Es decir, que todo ese plan tenía el objetivo de que nunca más la población volviera a luchar por los derechos humanos plenos. Querían meternos miedo para que no lo volvamos a hacer.

Sin embargo, hace unos años atrás, los delegados del Subte, que después de veinte años recuperaron su organización sindical y conquistas laborales arrancadas por la dictadura, obligaron al Estado a ponerle el nombre de Walsh a la estación de la línea E de San Juan y Entre Ríos. Todo un símbolo.



A pocas cuadras de aquí, en Chile y Virrey Cevallos, funciona un Centro Cultural en el edificio donde funcionaba un Centro Clandestino de Detención, Tortura y exterminio regentado por la Fuerza Aérea. Su historia también es un símbolo. Dos jóvenes que sobrevivieron al secuestro y la tortura en ese infierno, y veinte años después junto a otros sobrevivientes y familiares de nuestro barrio, dieron una lucha incansable para que el Estado expropie el inmueble y hoy ese edificio es la principal prueba en el juicio contra los genocidas que los secuestraron y torturaron.

Nadie les regaló nada. Volvieron de la muerte, lucharon contra todos los obstáculos y obligaron a todos los gobiernos.

Tres semanas atrás millones de mujeres se movilizaron el 8 de marzo en todo el país para denunciar la violencia machista y exigir sus derechos, las mujeres en Argentina son las orgullosas fundadoras de uno de los movimientos de lucha más importantes e imitados de todo el mundo, el niunamenos.

Ayer mismo, medio millón de docentes, estudiantes y familiares nos movilizamos para poner freno al saqueo de la educación pública, a pesar de las mentiras y las infamias que vende la prensa adicta al gobierno, a pesar que el presidente diga que estudiar en la escuela pública es “caerse” de algún lado importante acusando a la juventud y la docencia de vagos, faltadores y poco capacitados. A pesar que nos descuenten los días de huelga, violando el derecho a protestar y a pesar de que manden a la policía a tomar asistencia a las escuelas, como hace 41 años.

Quisieron exterminar una generación de jóvenes que querían un mundo sin miseria, donde se garantizaran todos los derechos humanos elementales y no pudieron.

El camino es, entonces, no bajar los brazos ante la adversidad, por más cruel que 
haya sido, por más dolorosa e injusta que sea nuestra vida todos los días. No nos dejemos vencer, encontremos en nuestras compañeras y compañeros, en nuestros vecinos y vecinas, la fuerza necesaria para encontrar el camino y la salida.

Organicémonos con ellos una y mil veces, insistamos todo lo que sea necesario hasta conquistar nuestros derechos no importa lo grande que sea el poder que nos enfrenta.

Tenemos que comprobar hoy, en esta escuela sin presupuesto suficiente, con docentes que laburamos con sueldos muy bajos, con estudiantes que hacen un esfuerzo cotidiano por asistir y estudiar, todes nosotres pertenecientes a esa sociedad castigada que describíamos antes, que a pesar de todo, la Dictadura no venció, que no han logrado, a pesar de todo, que nos adaptemos, que nos callemos ante la injusticia, que todavía luchamos.

Que en cada esfuerzo nuestro de cada día, la memoria y los sueños de la generación que fue asesinada siguen vivos.


Que en nuestra lucha cotidiana, los 30mil desaparecidos, están presentes. 

Entonces, el futuro es nuestro.

martes, 7 de marzo de 2017

Rohayhu che Revolución

Una opinión sobre El mosto y la queresa, de Mario Castells, premio provincial de literatura 2012, Editorial Municipal de Rosario.


Hace unos años nos sorprendía gratamente descubrir que un sindicato había recuperado una tradición histórica de los anarquistas fundadores del movimiento obrero en el Río de la Plata: el Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Construcción (SITRAIC) editaba su boletín en castellano y guaraní. Lejos de una jactancia progresista, la conducción del sindicato enfrentado a la UOCRA monopolizada por el servicio Gerardo Martínez daba cuenta de una imposibilidad, organizar a los albañiles que en su inmensa mayoría hablan y leen la lengua madre de la selva y el río.

El impacto enorme de la inmigración guaraní hablante en la conformación de la clase obrera en el Río de la Plata y la cuenca del Paraná no ha tenido todavía su equivalente atención entre intelectuales y organizadores cuyo sujeto es la clase obrera, ya sea para domesticarla como para ayudar en su liberación definitiva. No al menos en la contundencia y simpleza del SITRAIC.

Sin embargo, rascando debajo de las costras de la cultura oficial, de derecha y de izquierda, se puede encontrar una novela –y por lo tanto un artista detrás de ella- que señala la punta de un inmenso iceberg que bien llevado por el azar de los vientos de la lucha de clases podría derribar a su momento varios Titánics.

Estamos intentando reseñar El mosto y la queresa, obra de Mario Castells, una de las ganadoras del Concurso Provincial de Literatura “Ciudad de Rosario” en 2012.

Por el camino del realismo barretiano


Se trata de una novela que retrata magistralmente las raíces que explican la vida cotidiana, la mentalidad, la sociabilidad de la clase obrera de origen paraguayo en nuestra región. Las diferentes capas de lectura de la novela son sólo posibles una vez que les lectores/as sensibles podemos hacer el esfuerzo de salirnos de la contradictoria empatía con la que su autor logra emboscarnos. 

Construida como la narración de un recuerdo biográfico épico, donde el hermano menor describe casi sin subjetividad la epopeya del primogénito paraguayo campesino, sin ahorrarnos los aspectos que una conciencia moral debería repudiar sin ambagues, sin embargo logra su cometido, llevar ese repudio hacia las raíces políticas y sociales que han obligado a esa biografía épica.

Quien mira de afuera, sin siquiera sospechar las leyes invisibles que conforman la sociabilidad de los individuos, rechaza instintivamente el machismo atávico, el alcoholismo endémico, la bizarra mezcla de símbolos, el sonido irreconocible de un idioma extraño. Castells trabaja en una tensión casi imposible de imaginar, una descripción objetiva, sin juicios morales, rayana en el costumbrismo, no para ennoblecer al emigrante paraguayo pero logrando conmovernos contra las presiones políticas y sociales que lo han engendrado.

Se trata de un relato que describe sin avisarnos una mutación particular, la del campesino semifeudal en su transición a la adultez en paralelo de su transformación en un obrero calificado, al mismo tiempo que es desarraigado y reimplantado como un gajito de tipa al otro lado de la frontera. Describe en la historia de su hermano mayor la historia de toda la clase obrera paraguaya que es explotada en Argentina, Uruguay y Brasil. Pero al mismo tiempo que sigue con dedicación y respeto la descripción de esa triple mutación, el narrador también va mutando, desde la mirada abrumada e idealizante del comienzo maravilloso de la novela donde la magnífica y abrumadora naturaleza de la selva y el río nos embriagan de fascinación y terror hasta las conclusiones, cuando el propio narrador ha madurado, producto de su propio desarraigo, de su propio paso a la vida adulta, de su propia proletarización en la emigración forzada.

Si Castells se hubiera limitado a dejar las cosas aquí ya habría alcanzado para aplaudirlo. Porque esta estructura imperceptible de la novela ya alcanza para que les lectores/as sensibles podamos descubrirnos llevados a ese camino de maduración consciente a través de la empatía con el camino de sus personajes centrales. 

No hay manera que nadie en su sano juicio pueda zafar del disfrute de una estructura narrativa donde cada aspecto de la vida del campesino paraguayo contemporáneo brota con naturalidad en los momentos justos: la íntima relación del bravo paisaje en la conformación de las conciencias individuales y colectivas, los íntimos detalles que describen con poder de aguafuerte las relaciones familiares desde la comida cotidiana hasta el lugar de la radiofonía y la música en el entramado de las comunidades. Todo Paraguay está vivo en la novela, las relaciones entre el campo y la ciudad, la descripción justa de los mecanismos de expropiación del campesino, la borrosa frontera de la legalidad política y económica y la presión clave del desborde natural –la inundación- en la configuración última de los procesos culturales.

Es una descripción impresionante del dolor de varias generaciones de explotados/as y oprimidos/as paraguayos/as, desde los violentos orígenes de la colonia hasta la actualidad. 
Un campesinado y un proletariado desvastados en todos los niveles de la vida material y cultural posibles. Sin embargo, Castells no ha escrito para conmover al llanto y la nostalgia, apelando al inmovilismo emotivo del llanto de la guarania o el purahéi jahe’o. En cualquier lectura de su novela uno puede comprender con absoluta franqueza los motivos genuinos de ese dolor que la cultura popular guaraní ha elevado a niveles de emotividad difíciles de superar y que la iguala con las mejores expresiones mundiales del desarraigo. Castells toma de la esencia propia de la cultura y la estirpe el dolor hecho bravura, la nostalgia hecha combustible y tozudez para enfrentar las causas del dolor y erradicarlas como a la hierba mala. Su novela no es triste lamento, sino doloroso y consciente grito de guerra, consigna y bandera.

La lengua madre


No obstante, Castells se anima a coronar su obra con un desafío todavía superior. Está escrita en un idioma propio, donde el castellano rioplatense y litoraleño se entretejen con el castellano paraguayo, el guaraní y el jopara, castellano guaranizado y guaraní castellanizado de habla popular en el Paraguay contemporáneo. No imagino el impacto de este desafío en una sensibilidad criada en guaraní y jopara pero ya es increíble el resultado en una conciencia nacida y formada culturalmente en el castellano. 

Porque la novela no se traba con la repetida aparición de diálogos y giros idiomáticos extraños, todo lo contrario. Mario va usando diferentes recursos técnicos en momentos diversos para precisamente no cortar el flujo de la historia sin abandonar su pretensión de ofrecerle a una conciencia castellana una mejor comprensión de lo que ocurre.

No se trata solamente de felicitar por un ejercicio artesanal que demuestra preocupación y elaboración consciente del escritor, sino de admirar la capacidad técnica de Castells para coronar su objetivo político y literario con el uso correcto del idioma. Es que no se puede comprender ni siquiera superficialmente la vida del campesino y proletario paraguayo abstrayéndose de la importancia que tiene en ella el guaraní. La mitología de las poblaciones que convivieron con los invasores españoles asigna a la palabra humana la misma importancia en la vida social que la Biblia le asignaba en la vida política de las tribus del desierto mesopotámico. Como Jhavé, el primer creador de la mitología guaraní, antes que la tierra, creó la palabra, el verbo.

El guaraní ha permitido mantener unido a su pueblo, como si fuese la forma más concreta de las relaciones de parentesco familiares, desde la era donde dominaban vastos espacios desde las selvas y costas del caribe hasta la llanura pampeana, sin contar con un Estado imperial centralizado, como sus vecinos hostiles, los Inkas, hasta el sostén de las familias dispersas en la diáspora.

El guaraní tiene la misma importancia explicativa que sus equivalentes culturales en las “nacionalidades” obligadas a una vida de éxodo permanente más conocidas y estudiadas en nuestra cultura oficial, el yiddishe entre los judíos, el romaní y el flamenco entre los “gitanos”, los ritmos y tradiciones religiosas entre les africanos/as arrancados de su continente desde el siglo 15.

Algo más todavía. Toda la narración sostiene una voz muy particular, uno que ha escuchado a esta estirpe contar anécdotas en fogones o jodas, puede detectar en el tono de todo el relato esa musicalidad propia del aedo guaraní, no en la frase en el idioma desconocido, aunque también, pero sobre todo en esa cadencia asincopada tan particular, amiga de la ironía y la guasada igual que de la conclusión corta y al pié.

Literatura y revolución en carne propia


Todo esto lo sabe, obviamente, Mario Castells. Entonces nos pasa otra cosa maravillosa, que en el afán de comprender las estrategias narrativas que nos han deslumbrado el goce hedonista de su obra, uno termina descubriendo –con el método de Colón- la envergadura impresionante de un intelectual de alto calibre.

Pues no se puede hacer una novela de estas características dejándose llevar por las musas y las emociones. Es obligatorio haber recorrido un camino de trabajo consciente y sistemático con la complejidad de fenómenos que se quieren enhebrar en el tejido del texto. Es prioritario tener una comprensión muy dialéctica del objeto que uno ha decidido narrar para ofrecer un producto final que, para colmo, no muestre la hilacha con la torpeza del narrador novato, que interrumpe el fluir de la historia con burdas llamadas al pie que explican al espectador el significado del chiste.

Entonces descubrimos que Mario Castells no ha nacido de un repollo, que ha decidido organizar toda su vida material de intelectual proletario –labura de albañil- en función de comprender y transformar el mundo donde ha nacido y vive, junto a las personas que comparten con él dolores y alegrías, su propia clase social, la obrera, y en particular aquélla de origen paraguayo.

Su camino se ha venido esclareciendo dialécticamente desde que enfrentó la realidad desde la experiencia de la lucha organizada desde temprano en la construcción de organizaciones sindicales y políticas en los secundarios de fines de los ochenta y principios de los 90 en su Rosario natal; que lo llevó a seguir el derrotero de un militante revolucionario pleno, organizador de un partido de izquierda, de inspiración trotskista, en todos los frentes de la lucha de clases, movimiento obrero, villero, desocupados, juventud, universitario, etc. Mario reivindica desde el sentimiento, la experiencia y un estudio profundo y objetivo la corriente política que lo ha formado, el morenismo, y su propia experiencia que lo ha llevado a conocer de primera mano las organizaciones derivadas del MAS que mayor relevancia tuvieron en la política nacional de los últimos veinte años.

Uno que viene desde un conjunto de veredas de enfrente (admiré la cultura guaraní desde la vereda de enfrente de un hijo de europeos de la clase media pacata posadeña y luego desde mi emigración a Buenos Aires; intento ayudar a la toma de conciencia de su identidad social y étnica a les estudiantes de familia guaraní de la escuela de Villa Soldati donde trabajo; me esfuerzo atropelladamente en seguir los pasos de les artistas revolucionarios que admiro escribiendo con las herraduras; me he formado en una confrontación equivalente con el estalinismo y el morenismo en todos los planos de interpelación de la realidad) no puede más que alegrarse ante el descubrimiento de la pólvora, ya que Mario Castells en su biografía personal y su obra literaria es una nueva demostración del poder creativo y revolucionario de la clase obrera hija del Argentinazo.

Castells nos demuestra palmariamente que no tenemos que seguir yendo a bucear entre los intelectuales proletarios de los 60-70, en la generación anarquista y socialista del centenario y Boedo para encontrar en nuestras propias filas ejemplos  para admirar e imitar.

Se trata de una de esas maravillosas gentes que escupe a la hipocresía de los intelectuales a la cara, haciendo carne las biografías y tradiciones que admira. Porque en El mosto y la queresa Castells construye una obra en la que se puede observar una forma genuina y contemporánea de resolver los mismos objetivos complejos que se propusieron los intelectuales proletarios de izquierda que tanto admiró en sus estudios juveniles, Augusto Roa Bastos y Rafael Barret.

En un ensayo de Mario y su hermano Carlos publicado en 2010 por el Centro de Estudios de América Latina Contemporánea de la Universidad Nacional de Rosario, Rafael Barrett: el humanismo libertario en el Paraguay de la era liberal, encontramos una caracterización de Rodó que bien vale para esta novela.

Castells, como Barrett, no cae en los límites del naturalismo libertario o socialista del 900 en adelante ni tropieza con la pura reivindicación nostálgica e idalizada del pobre y sufrido campesino. Su descripción tiene la crudeza necesaria para despegarnos de la empatía boba y permitirnos ver el entramado social y político que explica la desgracia. Nos lleva a empatizar con el desgraciado y no con las barbaridades que la vida le llevaron a cometer. Por eso nos permite buscar las razones, ponerle nombre a esta realidad desesperante y delirante del sufrimiento del Paraguay, intentar identificar un programa que le dé salida.

Siguiendo a Barrett, la obra de Castells le pone nombre a las causas, porque se ha esforzado en comprenderlas, en estudiarlas, en contrastarlas en la lucha de clases concreta. Y ese esfuerzo es invisible en la superficie de la novela, pero trabaja sin descanso para sostenerla desde lo esencial. Ahí si se quiere el éxito político y estético de la obra de Roa Bastos, quien reconoce haber encontrado en Barrett la clave para comprender la realidad tan compleja y dura que le tocó desnudar en su literatura.

Castells no se ha limitado a prologar y difundir la vida y obra de quienes fundaron lo mejor de la cultura paraguaya –que ya sería un trabajo digno de llenar el esfuerzo de un intelectual- sino que habiendo comprendido la médula de la estrategia vital y artística, ha intentado hacer lo propio teniendo en cuenta las nuevas herramientas aportadas por la experiencia crítica de las tradiciones admiradas y aquéllas que aporta la evolución técnica del capitalismo en los últimos años.

La obra de Castells nos justifica con pruebas concretas y renueva la confianza en la inagotable fuerza creativa de una clase social expropiada de todo, incluso de la fe en sus propias fuerzas para detener el enorme genocidio que el Estado capitalista nos labra en los huesos y las conciencias.

Paradójicamente, el principal opositor dentro de la izquierda trotskista de la tradición política de Castells nos imprimió a quienes lo seguimos una máxima que explica muy bien por qué creemos digna de admiración e imitación su trabajo. “Si la poesía se juntara con la clase obrera y la clase obrera se juntara con la poesía tendríamos una revolución social” o algo así dijo Altamira en medio de la campaña electoral del 2015 y muchos de los artistas que nos criamos en su tradición política hemos tomado esa idea como una especie de programa personal con esperanzas de que algún día sea todo lo orgánico que deseamos y necesitamos (http://www.revistaelotro.com/2015/02/17/entrevista-a-jorge-altamira-si-la-poesia-se-juntara-con-la-clase-obrera-y-la-clase-obrera-con-la-poesia-tendriamos-una-revolucion-social/).

La obra y la biografía de Castells nos vuelven a convencer que la clase obrera en la cuenca del Paraná ya está haciendo poesía, música, literatura y arte en el camino de la transformación revolucionaria de nuestra sociedad.

Como diría el Che, así las cosas, el futuro es nuestro, del mosto y la queresa de los humillados de esta tierra.