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lunes, 17 de julio de 2017

Una pequeña esperanza

A propósito de Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro, Alfaguara, 2015.


El jueves 13 de julio de 2017 la escritora argentina más reconocida, Claudia Piñeiro, repudió por twitter la represión y desalojo de la fábrica Pepsico de Vicente López, tomada por sus trabajadores/as para evitar el lock out de la patronal y su desmantelamiento.

El evento podría pasar desapercibido para cualquiera que no conozca lo suficiente la compleja trama de la lucha de clases. Sin embargo, las cuevas de trolls pagadas por el Pro para sostener al gobierno ante la opinión pública en las redes sociales, reaccionaron de inmediato, vapuleando a la escritora y amenazándola con dejar de comprar sus libros.

Yo, que debería haberla leído desde que recibió el premio Clarín en 2005 por su novela Las viudas de los jueves, decidí comprar mi primer libro de Piñeiro en respuesta a sus detractores. Recordé que el día anterior había visto un ejemplar de Una suerte pequeña (Alfaguara, 2015) en una librería de viejos del barrio de Montserrat y cuando tuve oportunidad, gasté los últimos pedazos de un efímero aguinaldo en consumar mi invisible acto de justicia.

Su lectura me conmovió. Y fue el último libro que me conmovió minutos antes de cumplir los cuarenta años. Voy a intentar explicarme por qué.

¿Qué piensa la clase media?


Unx puede detectar con claridad cuando se está leyendo una historia banal y cuando se está frente a una obra de arte. Es fácil para la sensibilidad darse cuenta que Piñeiro, a pesar de enmascararse detrás de herramientas ficcionales ejecutadas con maestría, reflexiona sobre su propia existencia. Como decía Oscar Wilde, lxs verdaderxs artistas son quienes se desnudan en su obra y sin pretenderlo, desnudan el entramado de relaciones sociales que lo constituyen. Desnudándose a sí misma, Piñeiro desnuda a su clase social.

La pequeña burguesía es quizás el grupo de personas más difícil de comprender, ya que como bien dijo el sabio Carlitos Marx hace muchas decenas de años, se trata de un grupo heterogéneo que se delimita por la negativa. Se trata de aquellas personas que por su situación en la organización económicos social, ni poseen medios de producción con los que esclavizar obreros/as, ni están desposeídos de cualquier atributo que vender en el mercado excepto su fuerza de trabajo.

Capas medias, clase media, sectores medios, ninguno de sus nombres de fantasía logra asirla en un continente concreto y bien delimitado. No están arriba ni abajo, pero toda su vida es el constante esfuerzo por encontrar los caminos para esquivar la presión que el capital ejerce sobre ellxs, empujándolos hacia abajo. Su opción más sencilla es ofrecer sus capacidades materiales e intelectuales al servicio de la burguesía, actuar como su fiel lacayo o escudero, para granjearse, si no el título nobiliario, al menos su protección.

Entre la pequeñoburguesía intelectual esa miserable oferta es la tentación más seductora. Por eso suele ser una “clase” repudiada por el proletariado que lucha por liberarse de las cadenas de su condición. Mucho más en una economía tan escuálida como la nuestra, en la que la pequeñoburguesía ha sido tan golpeada por el imperialismo en el último medio siglo que su convivencia con el proletariado es fluida. Una convivencia que se estrecha en una ciudad administrativa como Buenos Aires, donde millones de obrerxs nadamos en un mar de abogados, médicos, pequeños comerciantes y profesionales de todo tipo.

Hitchcock en Temperley


La novela explora con bisturí el drama existencial de una típica esposa de clase media criada en un departamento de Caballito y encargada del cuidado del hogar conyugal del hijo del dueño de una clínica privada en Temperley en la segunda mitad de los 90. Para alguien como yo que admira y aspira a hacer un aporte a la literatura obrera revolucionaria no podría haber habido una anécdota menos seductora. Sin embargo, por mucho prejuicio ético o sociológico que unx tenga, es imposible no bajar la guardia frente a una novela como ésta.

En primer lugar por la forma en que Piñeiro decidió narrarla. La mejor síntesis de la fenomenal experiencia intelectual que provoca esta novela reza en la contratapa la frase de un crítico italiano: “Hitchcock es una mujer que vive en Buenos Aires”. Cuando unx está a punto de mandarla al olvido porque ha encontrado suficientes pistas antes de la mitad del libro como para descubrir el secreto que llevó a la protagonista a huir de su bucólico Temperley hasta Boston, Piñeiro hace un pase de magia inesperado que nos sopapea el orgullo de lector instruido y nos sacude develando el misterio a mitad de camino. 

Recién allí comienza la verdadera novela, cuando la autora logró devolvernos la humildad necesaria para acercarnos a una historia con eso que Borges gustaba llamar, siempre citando a Coledrige, la fe poética, una voluntaria suspensión de la incredulidad que es casi imposible de lograr en la cabeza de alguien cuyas experiencias emotivas en un mundo hiperinformado como el nuestro han hecho prácticamente impermeable ante el asombro.

Una vez descubierto el ansiado misterio, Piñeiro introduce el verdadero enigma humano de una mujer que se reencuentra con una desgracia a la que intentó sepultar durante veinte años. El verdadero drama de toda persona consciente se puede resumir así, ¿qué somos capaces de hacer cuando la desgracia nos golpea por puro azar? ¿Cómo se vuelve del abismo?

Recién la desgracia más inesperada pudo obligar a esta “señora bien” de una pequeña comunidad careta de zona sur a darse cuenta de la agobiante hipocresía patriarcal en la que estaba sujeta. La vida, con la misma aparente casualidad que la golpeó le permitió recomponerse lo suficiente para reconocer los finos hilos que habían tejido un matrimonio sin amor, sin lealtad, sin la más elemental de las camaraderías, amistades huecas y una cruel competencia entre las mismas mujeres de.  

También con un optimismo propio de su clase social, Piñeiro ofrece en su entramado delicado de pistas, dos soluciones que la pequeñoburguesía y la clase obrera han sabido colocar en lo más sagrado de sus ilusiones de reforma social: la literatura y la educación. El saber nos hará libres, el conocimiento -de nosotros mismos, de nuestra realidad- nos dará suficientes herramientas para sanar las heridas. Pero ha pasado el agua bajo el puente de la realidad y después de la crisis del 2001 -de la que esta novela es también una fiel expresión- la ilusión vive muy lejos de Argentina, Boston, "la Atenas de América". Tampoco es menos ilusa la encarnación sarmientina de la esperanza de salvación que ha elegido la autora, un profesor varón que ha inventado el método educativo perfecto.

Arte y revolución, una hipótesis de lectura


Mientras leía la novela no podía evitar recordar las mil y una historias trágicas de las decenas de mujeres obreras que conocí en estos cuarenta años.  Tardaría horas en escribir pinceladas una décima parte para convencerles de que son mucho peores y más cotidianas de las que narra esta novela. Incluso conozco decenas de compañeras de mi edad o más jóvenes que habiendo enfrentado situaciones más desgarradoras han adquirido una conciencia de sí mismas y de las causas que provocaron su miseria que le sacan varios cuerpos a las reflexiones de la protagonista y voz narradora.

Sin embargo, las mujeres de las que hablo no pueden sentarse a escribirlas. Sus condiciones de vida les impiden tomarse el tiempo para vomitar su vida en palabras sobre papel y ponerse a escarbarlas con la pluma o el teclado hasta que broten conclusiones profundas y belleza literaria como en esta novela. Sus tragedias, que devienen y se entrelazan en una sola, original, su condición de desposeídas y además, de mujeres desposeídas, les quitan todo tiempo de ocio creativo necesario para el juego profesional de la catarsis y la elaboración poética. En los mejores casos, cuando algunas de esas bellas y fatigadas almas  han conseguido arrancarle a la doble explotación segundos de arte, las industrias culturales les cortan todo posible acceso a la comunicación, al necesario intercambio y devolución con el público lector.

Nada de esto logrará detenerlas, claro. No se trata de un lamento. Ellas sabrán encontrar su camino hacia la conquista definitiva de un mundo construido sobre otras bases y sentidos sociales, donde se ganen además del pan, el derecho a florecer. Pero se les niega sistemáticamente esa pequeña suerte que les permita reparar las fisuras, cicatrizar las llagas. 

Las mujeres dañadas de nuestra clase obrera no pueden, se les prohíbe, la chance de la redención en vida que la protagonista y su genial creadora pueden encontrar gracias, entre muchas cosas, a su posibilidad de procesar sus angustias por escrito y encontrar al lector o lectora con la amabilidad necesaria para ayudarlas a resurgir.

Porque, seamos sincerxs, la literatura es un arte en el que cualquiera puede alcanzar la maestría, como Claudia Piñeiro, si se cuenta con el tiempo, la educación y la sensibilidad suficientes, pero que es inalcanzable si unx tiene que gastarse la vida para conseguir el alimento. 

Claudia Piñeiro lo ha logrado. Y en su excelente aventura por las profundidades del alma humana no deja pasar un ataque a las condiciones materiales que explican las millones de tragedias evitables que inundan el país de desgracias como la narrada en la novela, absolutamente evitables. Y si me permito atacar las cadenas que cohíben la explosión de nuestras mujeres en el arte y la vida es porque Piñeiro honra en esta novela a les trabajadores y trabajadoras de la educación, denunciando en feroces pinceladas a los bajos salarios y las pésimas garantías laborales como los responsables de la decadencia educativa nacional.

Como docente no puedo más que agradecerle a una autora que edita millones de ejemplares y que es una voz de referencia para el universo cultural argentino y de habla hispana, haber establecido en esta novela, sin ninguna obligación narrativa, una heroica defensa de nuestra profesión, tan horriblemente vapuleada por el Estado y los medios masivos de comunicación.

Del mismo modo ha actuado este jueves 13 de julio ante la feroz represión acometida por el gobierno de Cambiemos sobre las trabajadoras y trabajadores de Pepsico Vicente López. Nadie le hubiese reprochado en su entorno el callarse la boca y dejar pasar una represión más en medio de centenares a lo largo y ancho del país. Quien sepa algo de la situación institucional de la cultura argentina y del mercado editorial bien sabe que haber abierto la boca en defensa de Pepsico puede traerle más problemas que los insultos efímeros de centenares de trolls.

Es un dato político para estimar que la lucha obrera bajo tan penoso ajuste como el que sufrimos desde hace ya varios años, haya logrado abrir un canal de simpatía entre les pensadores de la clase media que están muy lejos de sentir en carne propia la desgracia material de la coyuntura. Constituye una bocanada de esperanza para quienes enfrentamos esta lucha en tan desesperantes condiciones. Claudia Piñeiro, una intelectual que ha logrado expresar la conciencia íntima de ese sector que varias veces enfrentó al Estado en defensa de los derechos humanos y sociales, bajo el alfonsinismo y en las jornadas del Argentinazo de 2001, demuestra en su arte y su compromiso que todavía no se concreta definitivamente el aislamiento social con que el Estado pretende aherrojar la lucha obrera por sus derechos.


Esa amabilidad de los extraños, para nada despreciable, que puede definir el éxito o el fracaso para quienes todavía luchamos por terminar definitivamente con las causas profundas que nos dañan y rompen la vida cotidiana.

sábado, 20 de mayo de 2017

Partida de hojas punzó

Un estampido seco. Potente llena todo el salón y se extingue sin eco ni reverberación. En primerísimo plano la ficha blanquinegra de marfil, con una sutil división dorada, muy fina, y alguna de las 28 combinaciones de la escala del uno al seis. Y el enorme y fornido brazo de mi viejo cayendo como un relámpago sobre la fórmica de la mesa.
Su mano temida en el mismo golpe de vista ahora está por encima de su cabeza, y también ahora como el gato famoso, está dando ese golpe machazo sobre la mesa.
Detrás de su hombro veo o adivino la mueca de la sonrisa victoriosa, desafiante y algo infantil, subrayando no simplemente el acierto en la jugada sino también, y al mismo tiempo, el gesto viril del golpe sobre la mesa.
Luego alguna frase de triunfo o escarnio en perfecto galego. Los otros tres que sostienen la tensión del juego, también batirán sus brazos y muecas a su tiempo. Siempre que el inescrupuloso azar de sus emociones y su capacidad para seguir el ritmo de las combinaciones de números que se desnudan fugaz y velozmente, vomitadas por sus anteriores centinelas, puedan otorgarles esas minúsculas victorias parciales que de sostenerse determinarán la última, que anula las previas.
Los más refinados no se someten a la ronda del gesto y el golpe seco, sólo juegan a colocar las fichas. Tampoco atizan el ida y vuelta del desafío varonil. O quizás se la guardan para el final. Especuladores temerosos o perfectos empiristas.
Todos ellos falan el mismo lenguaje. Después de las primeras decenas de tardes acompañando a mi viejo podía distinguir también el acento cerrado, gutural e incomprensible criado en las montañas húmedas y frías, mordiendo cada palabra de la misma forma que picaban la fría piedra para despejar el palmo de tierra donde sembrarían sus patatas o sus fabas, de aquéllos otros más gentiles con el oído inculto, dulcificados por las costas o los valles donde los forasteros obligan al esfuerzo de la modulación para conseguir la venta, el favor o lo que sea que se diga.
Todas las tardes de su vida adulta mi viejo iba a “echar la partida” con los muchachos en algún tugurio más o menos honrado donde se encontraban sus paisanos en la diáspora, diez o doce mil kilómetros lejos de las tierras y los cielos que amasaron sus personalidades en la infancia o juventud.
Compiten también sobre su éxito, inflando las anécdotas de propiedades compradas y vendidas, los cartos acumulados, las hectáreas de eucaliptus en disputa por las decenas de hermanos y hermanas que no tuvieron la suerte de arrancarse de sus raíces en barcos negreros para deslomarse en las Américas, en un plus ultra que para los más no tuvo nada de imperialista y sí mucho de morriña, desamor y olvido.
También había hermosas tardes donde compartían sus recuerdos de valles, romerías, pasodobles y muiñeiras, gaitas y rulos de tamboriles enredándose en divertidos debates sobre la toponimia de cada pequeño lugar que probablemente haya medio siglo sin existir ya, guardándose con pudor cada uno para sí la cadena de otras memorias que esos paisajes y nombres olvidados desencadenan en sus suspiros.
Fui presenciando la lenta colonización de las arrugas en el rostro pulido y la poderosa cabeza cana de mi padre en miles de partidas como esa.
La Estrella Federal que puse hace un año sobre la fórmica corrompida -después de varios accidentes y mudanzas y mucho descuido- de la mesa del desayuno que heredé de mi viejo, casi se marchita en su primer invierno. Logré rescatarla, pero las ocho hojas centrales que le dan su nombre gracias a su característico punzó sanguíneo, no volvieron nunca más.
La nostalgia es algo parecido, la mantenemos viva aunque más no sea para recordar aquéllos detalles que dan su justa medida a las cosas y los seres que ya no están.
Daría un pie para volver a ver esas hojas carmesí en el centro del tallo, sobre la fórmica corroída de una mesa que en la próxima mudanza seguramente dejaré atrás.
Pasa algo así cuando Leyla me pide jugar al dominó con sus veintiocho cartones con combinaciones impresas de personajes del último dibujito famoso de Disney. Pero de alguna extraña forma soy yo, ahora, quien imprime pequeños detalles, gestos, manías, frases o carrasperas en esta jovencísima conciencia que algún día será sub. Y en algún registro muy por debajo de todo esto que digo y pienso sé que algún día yo mismo seré ocho hojas punzó que ya no estarán.
Espero que sea así, que el imperceptible pero constante horadar del tiempo y el cruel juzgado de la nostalgia destilen un mejor balance en la sensibilidad de mi hija que este amargo sinsabor que yo mismo supe heredar.

jueves, 11 de mayo de 2017

Canalizar el mar

Impresiones del 10 de mayo



Entre quienes han odiado la cursada de Historia en el secundario y quienes hemos gastado parte importante de nuestra juventud estudiándola con pasión existe un consenso en contra de la acumulación innecesaria de fechas como requisito de aprobación. El proceso de aprendizaje muestra su peor estrategia cuando se sostiene en la repetición ritual de memoria, la repetición de fechas es quizá una de su más claras demostraciones.

Sin embargo, con un poco de pensamiento dialéctico algún profesor me hizo detectar que existen fechas cuya importancia recae en que sintetizan un proceso histórico profundo, su sola mención sirve para comprender cabalmente dicho proceso. ¿Quién puede decir lo contrario de un 14 de julio de 1789, del 19 y 20 de diciembre de 2001 o de los octubres más recordados, el 17 de 1945 o el todavía más universal de 1917, que en realidad fue un 7 de noviembre?

Este 10 de mayo de ayer, cuando la enorme mayoría del pueblo argentino movilizado en cada centro urbano del territorio nacional y del extranjero hizo oír con toda claridad su repudio a cualquier intento de condonar los crímenes iniciados el 24 de marzo de 1976, tendrá su lugar seguramente entre ese panteón de fechas que serán recordadas no por un mero ritual de repetición mnemotécnica sino por la comprensión de la serie de fenómenos que lo parieron.

Ignoro si en el futuro se podrá encontrar una aplicación que pueda utilizar científicamente los estados de feisbuk como fuente para comprender este presente que ya de alguna forma es pasado. Simplemente se trata de hacer un aporte desde uno de los pocos espacios estrechos que dejó Plaza de Mayo hasta el Congreso Nacional en la marcha de ayer.

Nadando contra el volveremos


Lo primero que debo decir es que para el conjunto de la población que repudia al kirchnerismo como una banda de políticos oportunistas que se pusieron al frente de doce años de negociados con el Estado usurpando las demandas mayoritarias de la sociedad argentina que derribaron al régimen neoliberal de Menen y De la Rúa, peronismo, liberalismo y alianza, este 10 de mayo seguramente quedará grabado como un desgarro deja su marca en el músculo cansado. Porque como para muchxs, el debate sobre el levantamiento de la marcha del Encuentro Memoria Verdad y Justicia proyectada para el jueves 11 nos puso otra vez ante la enorme disyuntiva de qué hacer: si marchar junto al pueblo todo contra el 2x1 o hacerlo solxs, sin la molesta presencia del kirchnerismo promotor de Milanis.

Una vez consumado el cambio de fecha, promoví la propuesta de una asamblea de docentes en una de las escuelas que trabajo hace diez años para que votemos la movilización el 10. Como cabía esperar, movilizamos junto a otras en torno a la convocatoria del sindicato mayoritario entre la docencia de nuestras escuelas medias de Junta I, la UTE, dirigida desde que usurpase la vieja UMP por una agrupación de excomunistas y peronistas de izquierda, furiosamente aliancistas en su momento y fanáticos irracionales del kirchnerismo desde 2003. Por lo que la doble disciplina –frente a la decisión mayoritaria del EMVYJ y la propia asamblea de escuela- me pusieron en una columna abiertamente kirchnerista, como lo fue toda la Avenida de Mayo el día 10.

Volví a sentir la incomodidad que sentí el día que 500 mil docentes reventamos el casco histórico de la ciudad para rematar la última gran derrota de una huelga docente histórica fraguada por la burocracia sindical docente. Ser uno de los pocos que ponía cara de orto en un vagón del Subte reventando con el “vamos a volver” con la amarga acidez de tener como único recurso la cara de orto en medio de una masa rabiosa que imponía su poder mayoritario.
Hubo una diferencia sutil, pero que en medio de la nefasta sensación pude registrar con claridad, este diez de mayo, incluso en plena Avenida de Mayo copada por una dirección pro K, el “volveremos” no tuvo la contundencia que unx podría esperar. Llegué a escuchar incluso desde algún centro de estudiantes surgir con claridad un intento de “que se vayan todos” que no prosperó. Cometí el desesperado y provocador intento de rebelarme sólo, como puro individuo indignado, salmón contra la corriente, y enmascaré mi posición política en medio de los masivos cánticos gritando “Milani” en la parte de la canción popular que reza “como a los nazis les va a pasar” y me sorprendió que dos compañeras de la escuela festejaban la ocurrencia con una sonrisa cómplice mientras que reconocidos celestes me miraban con cara de bronca pero no se animaron a impugnarme de ninguna forma.

¿Fantasías guiadas por mi ferviente deseo de que el pueblo argentino no encuentre su camino de salida a la crisis que vivimos otra vez entronando a una banda de fascinerosos en el Ejecutivo Nacional? Seguramente. Tan seguro como que cualquiera que haya estado en Avenida de Mayo ayer sabe muy bien que mientras el asfalto estaba trabado por agrupaciones sindicales y políticas referenciadas con el kirchnerismo, por las veredas fluían mares incontenibles de personas que luchaban por un puesto en la Plaza sin mostrarse atadas por vínvulos de fidelidad o dependencia a estas agrupaciones.

Ninguna organización política o sindical de nuestro país moviliza por sí misma medio millón de personas. Lejos de alegrarme, entiendo que es precisamente por eso que nos sigue gobernando el grupo de delincuentes que batalla junto a la Iglesia Católica y el Sionismo por la libertad de genocidas y el ajuste contra el pueblo.

Que la del 10 de mayo no fue una Plaza kirchnerista lo muestra el hecho de que una buena parte de ella fue agrupada con la izquierda no kirchnerista, por la presencia en el palco de una Madre que simboliza la lucha de los DDHH no K, Nora Cortiñas, y por la ausencia evidente del mayor símbolo del kirchnerismo, en tanto heroína de la lucha contra los milicos y también como representante de la corrupción estatal, Hebe de Bonafini.

La plaza es nuestra (otra vez)


Los cánticos que unificaron a esa masa heterogénea fueron “el que no salta es militar” y “como a los nazis /Milani les va a pasar”. En ese momento en que todes les presentes nos sentimos en una nave del tiempo, recordando nuestros propios cuerpos en el 83, en las luchas contra el Punto Final de Alfonsín o el masivo 24 de marzo contra Milani de 2015.

Fuimos pueblo una vez más y volvimos a colocar un límite claro, una frontera cuyo cruce implica una declaración de guerra abierta contra las masas. Después de Milani y Jorge Julio López ni el kirchnerista más delirante soñará con decir que fue la Plaza de Cristina, que tuvo en su 9 de diciembre del 2015 un aval de la misma envergadura que el propio Macri el 1 de abril de este año.

La otra sensación física y emocional que me acompañó toda la marcha fue la masividad de los cuerpos y las energías, que me puso otra vez en el 19 de diciembre de 2001 a la noche, en la marcha federal docente del 21 de marzo pasado o en los 3 de junio del 2015 y 2016 o el 19 de octubre del 2016, el miércoles negro ante el brutal asesinato de Lucía en Mar del Plata.
Debe llamarnos la atención con fuerza que a quince años del Argentinazo las masas de nuestro país muestren su enorme voluntad y fuerza política en las calles con tanta regularidad. Cinco movilizaciones masivas, contundentes y nacionales en el lapso de dos años muestran algo más que la dinámica de la grieta acordada por las necesidades electorales equivalentes de macristas y kirchneristas. La grieta se ha desbordado y su eje tiende a correrse con fuerza hacia reivindicaciones del pueblo que chocan objetivamente contra el conjunto del régimen social y político capitalista que gobierna el país.

Es para subrayarlo en medio de este proceso lúgubre que vivimos: la democracia burguesa no ha logrado cerrar la fisura abierta por las masas en 2001, todo lo contrario, a pesar de haber batallado doce años para sellar la grieta entre la población y el Estado con la trampa electoral, después de treinta y cuatro años de “democracia” pactada con los genocidas, la presión de las masas se iguala a la de un lago desbordado que sigue profundizando las fisuras en la represa del régimen. La gran esperanza de quienes soñamos y luchamos, no por un “metro cuadrado” o un “sueño dorado” sino por la abolición definitiva de la miseria y la muerte organizada del régimen de clases, es que la represa se rompa después de la acumulación de grietas y rupturas, dando el salto de cualidad inevitable.

Sin embargo tenemos que tener conciencia extrema de los límites que tenemos cuando somos esa masa irrefrenable. El que se vayan todos del 2001 terminó embretado por los estafadores y quienes cansadxs ya de tanta lucha por el socialismo decidieron meter los sueños en bolsitas en el freezer y luchar con fanatismo por el “único país posible” junto a la desgracia Milanista y engordadora de bolsos del otro López, el del clan De Vido y Aníbal Fernández, el del Boudou y la vieja Ucedé menemista devenidos K. Sin irnos tan lejos el medio millón de docentes movilizados fuimos usados otra vez en función de los deseos electorales de la camarilla K que dirige CTERA que soldaron una derrota histórica, con un 19% en cuotas y miles de pesos en descuentos. Del mismo modo que las luchas del 82 y el 83 fueron dilapidadas por la “esperanza alfonsinista” en el fango de la Semana Santa.

La “gloriosa CTA” que nació para reformar al movimiento obrero en lucha contra los gordos cegetistas del menemato está descompuesta y sin fuerzas; el sueño de la revolución por los votos del viejo MAS y su Izquierda Unida junto al estalinismo ahí están para recordarle al FIT que todas las grandes esperanzas tienen que pasar obligadamente el examen lapidario de la lucha de clases para demostrar en la calle a dónde van.

Todo es ilusión, menos el poder


La metáfora del pueblo como una enorme masa homogénea que golpea como un solo puño se disipa ante la comprobación que las grandes aguas que fluyeron este 10 de mayo contra el genocidio más grande de nuestra historia colectiva (en una cadena de genocidios que arrancan con la masacre de aborígenes y africanos perpetrada por los españoles, portugueses e ingleses en la fundación del dominio europeo en nuestras pampas, continuada por Rivadavia, Rosas y las presidencias liberales, las nefastas Guerra contra el Paraguay y la guerra contra los aborígenes patagónicos y chaqueños que terminó de armar el país que hoy tenemos) fueron dirigidas a conciencia por constructores de canales con claras intenciones.

Quienes fluimos ayer como un todo debemos repasar nuestra enorme e innegociable alegría popular de sabernos no derrotados, con el tamiz de la cadena de frustraciones que otros estallidos populares nos han dejado también grabados en la conciencia emotiva más elemental. Tenemos la obligación de ir encontrando el canal que sirva no sólo para demarcar los límites que estamos dispuestos a soportar, como el genocidio contra les luchadores socialistas y mujeres por ejemplo, y que nos permita no sólo desbordar a este régimen podrido de empresarios ilegales que abrevan sus ganancias de la explotación negrera de la población trabajadora, el narcotráfico y el tráfico de esclavas sexuales, sino por sobre todas las cosas fundar una sociedad gobernada en contra de esos empresarios, que pueda ser capaz de organizar de nuevo un país que garantice trabajo, comida, educación, salud y vivienda para el 90 por ciento de la población.

Producto de una sociedad parida por la fuerza de innovación de las máquinas en la Revolución Industrial, el sabio Lev Trotsky usó la metáfora de la caldera y el vapor de agua para explicar la diferencia entre la presión inconsciente, no dirigida por un programa claro de las masas insurrectas y el superior poder de transformación social de las mismas masas cuando eligen un programa y una salida concreta a su situación. Sabia frase de un constructor consciente y protagonista de la primer revolución obrera y campesina que derrocó un régimen social e implantó su propio poder. Lo más avanzado en claridad que ha dado la historia humana hasta el momento.

Pero han pasado cien años, que aunque no desmientan un ápice la actualidad del concepto trotskista, nos encuentran en un retroceso social a situaciones previas al estallido ruso. Ya no somos vapor, estamos aún en estado líquido. Las calderas han sido corroídas desde dentro por la burocracia estalinista y desde fuera por el poder caótico de un imperialismo que avanza en la destrucción del mundo para recrear sus condiciones de poder y de ganancia. Cien años después de octubre notamos con amargura que estamos más cerca de la barbarie que del socialismo en la también sabia disyuntiva que dejara planteada con lucidez inigualable nuestra querida Rosa Luxemburgo.

En lugar de constructores de calderas quienes seguimos soñando y luchando por el socialismo, ese de verdad, ese que se supo llamar comunismo después que los partidos socialistas lo embarraran en la sangre coagulada de la Primer Guerra y antes de que los partidos comunistas lo embarraran en el fango de la coexistencia pacífica y la dictadura burocrática de Moscú, nos encontramos en la enorme dificultad de arar canales en medio de la crecida de la sudestada.

El debate que recorre a todes quienes dan su vida por la lucha política contra el capitalismo es hoy, de nuevo, como frente al avance del fascismo y el nazismo en la sima de la última gran crisis capitalista, el dilema del Frente Único y el Partido Revolucionario. Son los profesionales y especialistas de la política de la izquierda quienes tienen la responsabilidad de dilucidar una vez más los caminos correctos en esta titánica tarea y no nos corresponde a quienes renunciamos a esa dichosa tarea hacer algo más que aportes a un debate honesto, sin segundas y facciosas intenciones. Pero parece claro que no estaría siendo el tiempo de las fórmulas sagradas repetidas como mantras ni el de “vale todo” para juntar votos. El Frente Único, el Partido que dirija la toma del Palacio de Invierno (rosadito) el Gobierno de Trabajadores/as será, como lo fue siempre, resultado de la mejor capacidad de construcción de una estrategia con la mirada firme ante la flexibilidad y contingencia de la experiencia histórica concreta que atravesamos.


Nuestra última esperanza, esa que duerme al fondo de la caja de Pandora, es que encontremos la lucidez necesaria para canalizar este mar bravío que todavía late y empuja contra las compuertas de cemento que nos han puesto encima los explotadores. Hacemos nuestros mejores y más sinceros votos para que la parcialidad más conciente y honesta de nuestra población, esa hermosa juventud obrera y socialista que lucha contra propios y ajenos, logre imponerse y encontrar la salida que todes andamos buscando.

jueves, 27 de abril de 2017

Sueños frustrados

-y… ¿cómo estás?

-… qué se yo… mal… si no no vendría, ¿no?

- Bueno… contame.

-Otro de mis sueños con edificios.

-Ajá.

-Pero esta vez pude salir. Estoy muy contento.

-Qué bueno.

-No sé por qué me había citado con Laura...

-Otra vez Laura… ¿cuánto pasó ya?

-Más de diez años. Pero bueno, yo que sé. Culpa tuya.

-Es un trabajo en equipo; en realidad el único que trabaja sos vos, yo…

-Sí, ya lo sé. Vos sos un apoyo, una guía.

-Claro. ¿En qué barrio fue éste?

-Otra vez Palermo.

-¿La Basílica de nuevo?

-No, no. Gracias a dios, no. Enfrente. Era una mañana soleada, quizás fría. Pero seca. Viento del oeste, de la Cordillera, de las Sierras, oxígeno puro sin humedad. No sé por qué nos citamos en un barcito… o era una especie de patio de comidas de shópin… pero en la placita enfrente de la Basílica. Plaza Freud que le decían, porque…

-Sí, ya me contaste.

-Ah, sí, perdón. Cuestión que creo que yo estaba con otra mujer. Mi pareja.

-¿Sabés quién era?

-No. Calculo que con la otra, la última.

-Tiene nombre.

-Tenía nombre, tenía. Cuestión que el sueño empieza realmente cuando la veo a Laura llegar en el golcito gris urano y estacionarse por algún lugar frente a la plaza. Se baja con esos tapados y pantalones de jean bien combinados que le quedan perfectos, gafas oscuras con bordes de carey, el pelo corto teñido de borravino y para mi sorpresa con una perrita al final de una larga pero fina correa, de esas extensibles.

-¿Por qué la sorpresa? Laura es fan de los perritos.

-Porque no sabía que Laura tenía una perrita chiquitita, siempre tuvo perras medianas a grandes. La última muy torpe. Siempre fantaseaba con uno de esos chiquitos, los fox terrier como el de La máscara. ¿Por qué será que todo el mundo recuerda ese perrito, no? Si me preguntás la trama no tengo ni noción, pero el perrito… y las caripelas de Jim Carrey, claro.

- qkjjmm…

-…sí, claro, sí. Y porque la perrita me acompañó por el edificio. No entiendo cómo fue, pero en algún momento quedamos en buscar un lugar, como si nos hubiésemos desencontrado. Yo quedé con la perrita. Ah… ahora recuerdo que apareció Marcos…

-¿En el sueño?

-Sí, todo en el sueño. Pero como mención nomás… por aquélla vez de Lana.

-¿Qué Lana?

-No importa tanto, es otra digresión…

-Nunca sabemos qué es lo que importa hasta que lo verbalizamos…

-Marcos me acompañó a llevar a Lana a la morgue del Pasteur, a la vuelta de casa, a un costado del Parque. Ahí la dejamos. En una camilla de operaciones metálica y fría. Tenía los ojitos cerrados y una puntita de la lengua afuera, creo. No nos quisieron dar las cenizas. Es extraño eso, que no nos dejen tener un velorio o una cremación apropiada, que nos permita ritualizar el duelo con nuestras mascotas. Para muchos son seres queridos.

-¿Y la perrita?

-Sí, claro. Cuestión que me pongo a buscar un atajo y me meto en un edificio. Esto es recurrente. Un edificio desconocido. Algún cálculo de vaqueano típico mío. “Seguro por acá salimos del otro lado y cortamos camino”.

-¿Por qué necesitás cortar camino?

-No sé. Será de ansioso. O será la edad. Hace un tiempo que tengo la urgencia de llegar. Siento que se me termina la vida y no llegamos.

-¿A dónde? ¿Quiénes?

-Al socialismo, claro. Todos.

-¿Cómo es eso?

-Primero era el paraíso. Desde chiquito. Soñaba con encontrar la forma de que fuéramos todos felices. Todos, el planeta entero. Pero sobre todo las personas que pedían en las puertas, que vivían en las plazas, en las entradas de los edificios más grandes. Los que venían a comer a la Plaza de los Dos Congresos. Después me dí cuenta que con la limosna no iba alcanzar. Al menos no con la de mi familia. Y desde los diecinueve años que mi única motivación es que los obreros tomen el poder y construyamos el socialismo. Extraño, pero nunca me lo puedo imaginar concretamente. ¿Cómo sería?

-¿Esto estaba en el sueño?

-No, claro. Me meto en un edificio raro, qué se yo. Esta vez no había esas escaleras circulares de madera, como caracoles que subían y bajaban, rotas o con salidas falsas. Era de cemento, como el Clínicas o la vieja Facultad de Sociales, la de Marcelo T.

-Ajá.

-En algún momento me desorienté. Recuerdo claramente que la perrita la tenía en el hombro izquierdo, acurrucadita con el pecho y la pancita sobre mi pecho y las patitas delanteras sobre el hombro, como un mini ponchito, muy calentita. No parecía nerviosa, aunque yo sabía que extrañaba a su mamá y quería salir de allí pronto.

-¿Quién?

-La perrita de Laura, doctora. Entonces nada, subíamos y bajábamos tratando de encontrar el hall de entrada para salir del edificio.

-¿Subían o bajaban?

-Al principio subimos un par de pisos. Pero tenía la sensación que nos alejábamos y volvíamos a bajar. Bueno, el que tomaba las decisiones era yo y el que se movía también. La perrita acurrucada en el hombro. Aunque su presencia era importante, siempre la notaba, por el calorcito. En una de esas empezamos a bajar y me encuentro con un ascensor en lo que sería, no sé, como el último subsuelo.

-¿Por qué te pareció el último subsuelo?

-Bueno, porque terminaba la escalera. Pero también porque estaba oscuro y húmedo. Lo que más me llamó la atención es que había como una especie de gotera enorme pero en realidad era como un globo de moco saliendo del techo justo encima del ascensor.

-¿Un globo de moco?

-Sí. Moco verde-blanco, bastante grande. Y goteaba, como pustulento.

-¿Dé dónde venía?

-Ni idea. Decidí no meterme en el ascensor y volví a subir la escalera con fastidio. Eran escaleras trabajosas. O será que ya me vengo cansando de tantos años soñando con subir escaleras.

-Vos vivís en un edificio con escaleras.

-Sí, claro. Tres pisos por escalera. Lo elegí por esas escaleras. Seguro mi viejo no iba a poder instalarse en mi casa para no tener que subirlas y bajarlas. Me acuerdo que no le gustó el detalle cuando lo fuimos a ver juntos. Dijo que iba a ser difícil venderlo con esas escaleras. Que sólo una parejita joven lo iba a comprar. Tenía razón el viejo taimado, nunca más lo pude vender.

-¿Hace cuánto que vivís ahí ya?

-Casi veinte años van. Y está en venta desde que nos separamos.

-¿Y no se vende por las escaleras?

-Calculo que es por eso. O será que el viejo me maldijo y me dejó atado a su última propiedad como condena. La celda en la torre del castillo.

-Bueno, pero ahí te hiciste escritor.

-Y todas las cosas buenas que me pasaron en la vida. Aunque algunas malas, como la última convivencia.

-Volvamos al sueño.

-Sí, claro. En el piso de arriba del ascensor la escalera se cortaba abruptamente. Como si hubiese desaparecido el piso de arriba. Algo muy extraño. También se estrechaba el pasillo y la mucosidad caía por todo el techo. Volvimos a bajar. Dudé un segundo en meterme al ascensor, pero me irritaba mucho lo del moco.

-¿Y entonces?

-Nada, en algún momento me expliqué a mí mismo, o a la perrita en el hombro, que el problema es que estábamos en el contrafrente, que por eso no encontrábamos el hall de planta baja. No sé bien cómo, pero me mandé por un pasillo que no habíamos cruzado antes hacia adelante y efectivamente salimos al hall de entrada. El edificio estaba cerrado, como si fuese uno de esos de oficinas. Una mujer con uniforme gris de vivos verdes oscuros y un logo de diseño estaba limpiando y encerando, rodeada de baldes, productos de limpieza y varios trapeadores.

-¿Una mujer?

-Sí, empleada de limpieza. Se sorprendió de verme, pero le expliqué muy sereno que me había perdido buscando la salida. Le pedí que nos dejara salir a la calle. Y aceptó de buena gana.

-Al final saliste fácil.

-Sí. Creí que iba a ser más complicado explicarle por qué había entrado al edificio o algo así pero la verdad fue todo muy natural. Igual cuando me iba me empieza a dar como un vacío y a medida que voy ganando el hall y la puerta de enfrente, bajando una escalinata muy breve, entra un escuadrón de Gendarmería, todo pertrechado, armado, en fila india. Aunque parece que no me dan pelota a mí, hablan con la mujer de la limpieza y empiezan a pasar al interior del edificio, para el lado de donde veníamos.

-¿Gendarmería?

-Sí, o alguna otra fuerza, no sé, de uniforme oscuro y de infantería pesada, con escudos y protección tipo armadura de plástico en las pecheras y piernas. Ahora que lo pienso puede haber sido Prefectura, también. En Puente Pueyrredón era Prefectura, en el resto siempre fue la infantería pesada de la Federal, más bien de azul oscuro. Pero Gendarmería fue con Berni y la Bullrich. Se vé que en el sueño las mezclé.

-Pero no te atacaron a vos.

-No. Yo bajaba mirando al piso enorme del palier, por el costado izquierdo, y ellos subían por mi derecha, sin notarme creo. Pero me jodió que justo cuando estaba por salir me agarrara el mareo, a ver si pensaban que era algo sospechoso y se me venían al humo. No sé por qué en ese momento estaba con anteojos oscuros.

-¿Anteojos oscuros? ¿Cómo lentes para el sol?

-Sí. Como unos rayban o algo así. Como los que usaba mi viejo.

-Otra vez tu viejo.

-No, sus lentes.

-Los objetos significativos son fetiches, encarnan personas.

-Vale la posibilidad que no siempre sean así, ¿no?

-Puede ser. ¿Y saliste?

-Pasó algo muy raro, pero empecé a ver dos imágenes en el suelo encerado del palier. Un palier como de valdosas finas, de mármol, de color beige oscuro, con pintitas que brillaban. ¿Viste cuando están tan encerados que se espejan? Y del espejo salían dos figuras extrañas, como si fuesen retratos de alguien, de dos personas diferentes.

-Ajá.

-Después me desperté y me dí cuenta que eran los dos cuadros que tengo frente a la cama, sobre la pared de mi cuarto. Se vé que ya estaba despertando mientras seguía el sueño y se metieron los cuadros en la filmación del final.

-¿De quién son los cuadros?

-Uff. Larga historia. ¿Viene a cuento?

-No sé. ¿Viene a cuento?

-El de la derecha es uno de los primeros ejercicios al óleo que hice, a los 19. En la esquina inferior derecha hay una silueta oscura sentada en el borde de un agujero más profundo. Todo en gamas de azul petróleo. La figura tiene puesto un sombrero de ala ancha y una pluma de ave grande en la mano derecha, está haciendo una pausa antes de seguir escribiendo, o antes de empezar a escribir, sobre lo que supuestamente sería una especie de rollo de papel antiguo, o papiro. Con la otra mano sostiene un pucho del que sale una columna de humo. Tiene una pierna adentro del abismo y una afuera. Los bordes más concretos están iluminados por destellos de luz muy claros, que vienen del borde superior izquierdo, donde hay una especie de bola de fuego que bien podría ser el sol. Pero en realidad es como un recorte de cielo plomizo que deja ver una especie de luz al fondo. Una luz de universo, digamos.

-¿Quién es esa persona? ¿Qué escribe?

-Soy yo, claro. En los últimos años del secundario me daba por andar con sombrero de ala ancha y botas tejanas. En la calle me gritaban Estivi Rei.

-¿Qué cosa?

-Por Steve Ray Vaughan, el violero.

-No conozco.

-Yo tampoco. Así lo conocí. Gran violero. En el ángulo inferior izquierdo, debajo de la bola de fuego y a mi altura, digo, a la par del hombre del sombrero y la pluma hay una mano muy venosa y de músculos magros pero marcados, como desgarrando la tela, salen surcos de rojo sangre debajo de los dedos. Es mi mano. La copió mi maestra tomando mi mano derecha como modelo. Es mi mano.

-¿Qué desgarrabas?

-Ni idea. Todo el chiste del cuadro es que no sabía qué cosa me generaba tanto dolor. En el otro ángulo, encima del muchacho del sombrero, el rostro de Beethoven, en una actitud de suma serenidad, sugerido por pinceladas fantasmales, como recostado sobre un cielo de noche oscura pero diáfano. Una actitud de suma paz.

-¿Beethoven?

-Sí. Por una escena de Inmortal Beloved, que había visto en esos años en una función trasnoche en unos cines del Paseo Alcorta que recién abrían. Cuando el pibe sale corriendo de la casa familiar, huyendo de la golpiza del viejo y después de correr como un alienado se tira a hacer la plancha en una laguna. La cámara va fugando de un primerísimo plano de su carita hacia el cielo, la laguna espeja un cielo estallado de estrellas hasta que la pequeña figura del pibito es un puntito más. Toda la escena tiene de fondo la última parte de la novena sinfonía, el Himno a la Alegría.

-¿Cómo sacaste la carita del joven Beethoven?

-No, no. La cara que copié es del molde de yeso que tomaron en su lecho de muerte. Una especie de retrato póstumo que se estilaba en el siglo XIX. Algo que mi maestra de óleo tenía en su casa de Boedo, donde pintaba los sábados a la tarde.

-O sea que la paz de ese rostro…

-Es la quietud de la muerte, sí, lo sé.

-¿Y el otro cuadro?

-Es uno de los últimos que hice, dos años después. Un ejercicio de naturaleza quieta.

-Muerta.

-Mi maestra decía que prefería decirles naturaleza quieta, porque los objetos están quietos, no necesariamente muertos.

-Pero la relación entre quietud, paz y muerte, reaparece, ¿no?

-Ponele. Son dos pilares de telgopor como del tamaño de un antebrazo rodeando una cabeza de yeso blanca de una mujer con una especie de cofia en la cabeza mirando hacia el horizonte, fugando hacia la izquierda del cuadro. Claro que me salí del libreto y las cosas de telgopor fueron a quedar como dos torres almenadas extrañas, recibiendo una luz clara y marcada desde el lugar donde fuga la mirada y marcando claramente el contraste con las sombras. Todo en una paleta de ocres y dorados. Excepto por un paño verde claro que hace de pared de fondo de las dos torres, detrás del rostro blanco; debajo de ella, dos objetos y otra tela. Una caracola marina, un reloj despertador grande, redondo y abollado, de latón, sin agujas. El paño de una textura brillosa, de un rosa y un azul eléctricos pero apagados, con transiciones blancas.

-¿Por qué sin agujas?

-Porque me pareció más simbólico.

-El tiempo congelado.

-Claro, ponele. Un tiempo que no avanza ni retrocede. Un segundo eterno.

-¿Y el rostro de la mujer? ¿Una mujer era, no?

-Sí, una mujer. En paz, con una sonrisa imperceptible, muy sugerida. Como abriendo una ventana y contemplando el primer sol de la mañana.

-Ya había pasado la angustia de Beethoven, por lo que contás.

-Es cierto que había más esperanzas. Pero no tantas digamos. Igual nada que ver, quería hablar de mi sueño y terminamos hablando de dos pinturas viejas.

-¿Cómo nada que ver? ¿No estaban al final de tu sueño?

-Sí, pero vinieron de afuera. Se vé que estaba luchando por despertar y entre que habría y cerraba los ojos se habrá ido colando…

-¿Cómo que luchabas por despertar? ¿No estabas queriendo salir del edificio?

-Es lo mismo, ¿o no? Me quería ir del edificio, se pudrió con la Gendarmería… me obligaba a despertar. Mi inconsciente será muy inconsciente pero la tiene clara, despertarse es la mejor forma de salir de un sueño, ¿no le parece?

-Pero por algo tenés la necesidad de contármelo. Quiero decir, contármelo es una manera de volver al sueño, al edificio…

-Sí, claro. ¿Qué significará?

-Eso sólo lo podés saber vos. ¿Cuándo empezaste a escribir?

-No bien me desperté.

-Me refiero a cuándo empezaste a ser escritor. ¿Notaste que a los 19 años te pintaste en la acción de empezar a escribir?

-Pero en esa época ni soñaba ser escritor. Bueno, sí. Desde que leía a Julio Verne en Posadas fantaseaba con un futuro escribiendo novelas fantásticas como esas, pero como quien dice que quiere ser bombero cuando vaya a ser grande, o astronauta. Eso decía yo, que quería ser astronauta de grande.

-¿Astronauta?

-Me fascinaban los cielos estrellados, llegué a tener una especie de obsesión con la idea de pisar la luna. Leí Cosmos, de Carl Sagan, a los diez años, como quien lee una de Verne o de Salgari; me fasciné con la primer saga de Robotech como si hablara de mi vida… En el 85 le mandé una carta a la NASA para que me manden imágenes de Marte tomadas por la Voyager o la Viking. Tuve durante unos años la fantasía de ser astrónomo, hasta que me enteré que había que estudiar astrofísica en La Plata y dí de baja el proyecto. Mi mejor amigo lo hizo.

-¿Ser astronauta?

-No, estudiar astronomía en La Plata. Aunque sí, terminó casándose en Australia, que para un posadeño de los barrios del Fonavi debe ser lo más cercano a un viaje a la luna… era tan fanático de Volver al futuro que se hacía llamar Marty McFly. Maidana se llamaba… Alejandro… se llama, está vivo. Lo sigo en el feisbuk, tiene una hija.

-¿Se hablan?

-No.

-Qué raro. ¿Por?

-No se habla con fantasmas, es un síntoma de locura.

-¿Cómo fantasma? ¿No estaba vivo?

-El sí, pero el Maidana con quien yo hablaría hace treinta años que no existe más… como mi maestra de pintura… como el pibito que hizo esos cuadros…

-Sin embargo reaparecen en tus sueños.

-Ya te dije que fue casual, estaba despertándome y se metieron desde la realidad.

-Bueno, el que los puso ahí en la pared para verlos al despertarse fuiste vos, nadie te obligó.

-Supongo que los fantasmas son para eso, para tenerlos puestos en las paredes. De todos modos lo importante será lo que está debajo del edificio, eso que no me animo a visitar.

-El ascensor y la gotera de moco.

-Claro.

-Es lo mismo. Es la representación de un interior cavernoso, el moco es el lubricante de tus órganos internos, de tu interior profundo, en tu cuerpo. Tres mujeres te protejen: Laura te da su perrita soñada para que te conforte y te acompañe en la aventura, la mujer que limpia te posibilita la salida reconfortante sin muchas preguntas, la mujer de yeso que mira con una sonrisa imperceptible el amanecer es lo primero que ves cuando salís. ¿Por qué sufría el pibito que salía corriendo hasta la laguna?

-Ya te descubrí. Porque el viejo le pegaba. No quería que fuera músico, no al menos como artista. Quería obligarlo a que fuera el niño prodigio, como Mozart, para tener un laburo fijo en la corte.

-¿Tu viejo te pegaba de chiquito?

-No recuerdo para nada eso. Todo lo que sabemos de mi viejo y su abuso son deducciones póstumas. Nunca me quiso confesar nada. ¿Ya te conté que lo encaré en su lecho de muerte, no?

-Sí, en la “guardia lúgubre de terapia intensiva de esa clínica en Posadas”…

-Mi vieja estaba orgullosa de cómo dibujaba. Y me compraba libros de astronomía. Le decía a todo el mundo que era un artista.

-¿Y tu viejo?

-Quería que estudiase una carrera de contador o de abogado, para juntar la guita. Que lo demás estaba bien pero que no iba a comer como pintor.

-Y estudiaste óleo, con una mujer…

-Mi segunda madre en esos años. Norma. No la vi nunca más. Cuando me casé vi uno de sus cuadros más lindos en la sala del CGP de Boedo donde hicimos el civil. Otro fantasma. Uno que no tiene feisbuk.

-Y terminaste como escritor.

-No. Publiqué dos libros. Eso no te hace un escritor. Terminé como quería mi viejo, atado a la noria de una profesión que me garantice la guita.

-Pero no sos contador, ni abogado.

-Pero la cadena de la profesión sin pasión se siente igual de fría en el pescuezo.

-Ajam.

-¿Terminamos?

-Sí, dale, nos vemos la semana que viene.