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domingo, 13 de julio de 2014

Ayer y mañana, ahora


“Por otro lado, en lo concerniente a la relación entre literatura y política, es necesario tener presente este criterio: el literato debe tener necesariamente perspectivas menos precisas y definidas que el político, debe ser menos “sectario”, si así puede decirse, pero de una manera contradictoria. Para el político toda imagen fijada a priori es reaccionaria; el político considera todo el movimiento en su devenir. El artista, en cambio, debe tener imágenes fijadas y solidificadas en su forma definitiva. El político imagina al hombre como es, y, al mismo tiempo, cómo debe ser para alcanzar un fin determinado; su labor consiste precisamente en impulsar a los hombres [y mujeres] a moverse, a salir de su ser actual y “conformarse” a dicho fin.

El artista representa necesariamente, de una manera realista, “lo que hay” en determinado momento personal, de no-conformista, etc. Por este motivo, desde su punto de vista, el político no estará jamás satisfecho del artista, ni llegará a estarlo nunca. Siempre lo encontrará retrasado respecto al tiempo, anacrónico y superado por el movimiento real. Si la Historia es unn continuo proceso de liberación y  autoconsciencia, es evidente que cada etapa, como Historia y, en este caso, como Cultura, será inmediatamente superado y no interesará más.”

 

Antonio Gramsci, dirigente el Partido Comunista Italiano, en su período leninista, encarcelado por el fascismo de Benito Mussolini, en la página 30 de la edición de Juan Pablos Editor,publicado en México D.F. en 1976, de la recopilación de apuntes hecha por el PCI llamada Cuadernos de la cárcel, particularmente Literatura y vida nacional.

 

“El tiempo de un escritor: diacronía que basta por sí misma para desajustar toda sumisión al tiempo de la ciudad. Tiempo de más adentro o de más abajo: encuentros en el pasado, citas del futuro con el presente, sondas verbales que penetran simultáneamente el antes y el ahora y los anulan.”

 

Julio Cortázar, Encuentros a deshora, en La vuelta al día en 80 mundos¸ Siglo XXI editores, México D. F., tercera edición, junio 1968 (primera diciembre 1967), página 67.

 

Una final de la Copa del Mundo no es una situación común, cotidiana. Lo sabemos quienes esperamos 24 años para volver a ver una. Todo evento que rompe la cotidianeidad marca una discontinuidad con el orden establecido, aunque más no sea en cuestiones como calibrar los horarios de toda tu vida, te guste el fútbol o no, por el mundial.

Encima tengo la sensación que el padecimiento de esta generación que viene del ajuste de los 90, la crisis del 2001 y la nueva crisis que tenemos encima lo vivió con la ilusión enorme de poder descomprimir tanta angustia con una alegria concreta.

Esos dos factores nos empujaron a todos a concentrarnos al máximo durante 120 minutos en lo mismo.

Cuando pasamos a Suiza entendí que llegábamos a la final con Alemania. Que se iba a repetir. Me pareció entender que el técnico había encontrado el equipo, que el equipo había encontrado el caudillo y ganado la confianza para llegar.

Desde el partido con Suiza que me vengo dando manija con esa idea: vuelvo a julio de 1990.

Vos fijate, el sólo hecho disruptivo de volver a vivir una final de la Copa del Mundo pero, además, contra el mismo rival, con las mismas camisetas, la azul y la blanca.

A mi me puso de nuevo en julio de 1990. Yo terminaba de transcurrir los últimos días de mis doce años y comenzaba el decimotercero. Fue el último año de los doce que viví mi infancia y pubertad en Posadas, la experiencia vital que más me marcó en la vida. Sin saberlo dos años después comenzaría la peor etapa de mi vida y la de mi familia.

Pensé que volvía a julio de 1990 para tener la satisfacción impensada, improbable, genial y maravillosa, -borgeana, cortazariana y fontanarroseana-, de revertir el resultado, esta vez campeones, esta vez ganábamos nosotros: a los 36 años el pibito de 12 cerraba una vieja herida, como para avanzar más firme y con una deuda menos encima.

Pero me equivoqué. Finalmente volví al mismo exacto lugar, para recibir la misma frustración de hace 24 años, con el mismo idéntico resultado.

La madurez emocional tiene este fenómeno interesante, cuando uno va acumulando experiencia consciente en el recorrido de su vida, empieza a tener nuevas herramientas para caracterizar el mundo, conocerlo y conocerse. Las experiencias vitales van aportando ejemplos, comparaciones, elementos de análisis que antes no estaban.

El primero es reconocer esta idea de la crisis, de la transición, del fin de un momento determinado, con sus leyes, su orden, su continuidad y atravesar todo un período liminar, fronterizo, indefinido, donde no se vislumbra todavia claramente a dónde se va. Como la luz de un atardecer, esa hora antes de que se ponga y la media hora siguiente, hasta que se cierra la noche. Como el punto exacto del horizonte donde la tierra y el cielo no son ni la una ni lo otro, o la cúspide de una montaña en donde quien está erguido es parte al mismo tiempo del cielo y de la tierra sin estar completamente en uno u otro, como viajar en el río, en ese lugar que no es nunca ningún lugar y sin embargo es el puente entre uno y otro, como viajar en tren o pasarse las horas en una estación, como la orilla del lago, donde no es lago ni es orilla.

En esos momentos críticos, liminares, mágicos quedan dos posibles formas de reacción consciente. Uno puede cagarse ante el fin de lo conocido y la invisibilidad del orden futuro. Uno puede quebrarse, deprimirse, retroceder paralizado. Uno puede ser volteado sin compasión por una crisis mal encarada.

Pero también puede encararla desde el firme convencimiento de que todo lo que nos oprimía el pecho del orden constituido anterior a la crisis está ahora absolutamente debilitado y que la forma en que uno decida afrontar la transición es clave para definir la posibilidad de que en el nuevo escenario aquello que lo oprimía haya sido eliminado o al menos reducido a su menor expresión.

La primer alternativa no sólo es nefasta desde todo punto de vista sino que es la que menor grado de energía, audacia y exigencia personal requiere. Es la más cómoda: con todo lo angustiante y deprimente que pueda llegar a ser, esa persona está haciendo un esfuerzo mental y físico increíblemente menor comparado con el esfuerzo que requiere enfrentar la crisis abrazando la segunda alternativa.

A los 12 años me era imposible participar activa y consienntemente de mi crisis personal y la de mi familia de una forma en que pudiera ser productiva para lograr un mejor futuro. Y sin tomar una decisión voluntaria me introduje en una grieta muy fina, muy gris, desde la que cada tanto podía contemplar imágenes bellas de la vida y hasta algunas las he podido vivir y disfrutar. Pero recorría todo el tiempo el borde de un abismo. Fue una depresión que duró décadas y que entiendo terminó de cerrarse recién veintidós años después.

Como todo proceso individual de esa duración en esa etapa de la vida de un individuo, tuvo un movimiento sinuoso, con avances y retrocesos, con etapas.

Yo estoy de nuevo parado en el mismo lugar esencial más verdadero de todo individuo, en la más absoluta soledad, en el avance irrefrenable de una crisis que es profundamente personal e íntimamente fusionada con la crisis de una sociedad entera de miles de millones de personas en todo el mundo.

El nivel de profundidad de esta crisis es muchísimo mayor al de aquella. La tormenta que se avecina será con mucha seguridad muchó más fuerte que el temporal del pasado.

Nada ni nadie en este universo puede asegurar como va a terminar. Nada ni nadie pueden determinar que saldremos mejor o peor de esta crisis. Sólo sabemos que vamos a salir de otra forma, mejor o peor. Mucho mejor o mucho peor.

Termina el partido. Corto relación consiente con todo ser humano con quien de alguna forma viví conjuntamente este momento. Vuelvo a la realidad.

Estoy en julio de 2014. Es el primer año que vivo en un barrio totalmente desconocido con anterioridad. Mi novena mudanza, el eterno retorno a recomenzar, a desarrollar otra vez el desconocido camino del nómade, del emigrante, del caminante.

Estoy viviendo la última semana de mis treinta y seis años y a minutos de comenzar el trigésimo séptimo. Estoy a dos años de duplicar el tiempo que llevo viviendo en Buenos Aires del tiempo que viví en Posadas. Hay el doble de experiencias vitales profundamente trascendentes en mi vida. Ha sedimentado en mi estructura emocional más básica, en lo profundo de mi ser inconsciente una forma de ser y de actuar que son suficientes para acceder a esa programación elemental de la infancia y la pubertad y transformarla, re-elaborarla en otra cosa, en otra materia, e la base de otra conducta.

Hoy cuento con los elementos suficientes para tomar una decisión y escoger una de las dos alternativas. Invertiré toda mi energía en elegir y sostener hasta donde me sea humanamente posible la estrategia de encarar la crisis con determinación, coraje, sistematicidad para golpear todo lo posible al debilitado sistema que me oprimía y hacer todo lo que esté a mi modesto alcance para que salgamos de esta enorme crisis mucho mejor, sin un montón de mierda en nuestros cerebros y en nuestra vida.

Saldré a luchar con valor para liquidar lo viejo. No me importa, porque no depende de mí, si lograré la victoria o no, como no dependía de mí sino de un equipo de jugadores y técnicos el ganar hoy, o hace 24 años.

Sólo me importa la actitud que voy a tomar para encarar esta etapa.

Todas mis esperanzas están en la posibilidad de que seamos muchos más los que tomemos esta decisión no sólo al mismo tiempo, sino organizados de la mejor manera posible para tener las más altas chances de vencer.

 

Alea iacta est.

martes, 1 de julio de 2014

Sin adjetivos

Me dicen que escribo con muchos adjetivos. Que escribo desde las vísceras. Que muestro la hilacha, que eso no es escribir.

Pues bien.

Él tiene menos de treinta años. Recorre dos cuadras de Martínez Castro, entre Fernández de Cruz y Chilavert.

Siempre.

Con frío de escarcha, con lluvia, de día, de noche.

Siempre.

Un metro ochenta, espalda, hombros y manos de laburante. Cuerpo de hombre. Con un buzo de color que alguna vez fue azul-marino, con el logo de Carrefour en el ángulo superior izquierdo, como los que usan los compañeros en el depósito, no como los de los repositores.

Mira con ojos de niño. Siempre se lamenta.

No habla. No grita. Tampoco llora.

Un largo lamento, como un cuchillo. Perfora tus oídos. Perfora tu sensibilidad.

“Me pegan”, “me pegan”. Arrastra la “a” durante un minuto, minuto y medio. Cuando parece que termina con el llanto, cierra con la “n”, respira, vuelve a lamentarse.

Una docente (en estas dos cuadras hay seis escuelas) lo para. Lo toca. De su boca sale la pregunta que todos nos hacemos desde que arrancó el otoño “pibe ¿quién te pega?”

Sólo señala. Hace un movimiento con la mano izquierda, como quitándose una mosca de detrás de la oreja. Lo repite. Con angustia en los ojos, mira al vacío, hacia abajo. Sólo su cabeza, hacia abajo. El resto de la montaña de músculos, firme.

Todos esperamos, con angustia, la respuesta.

La seño le sigue hablando, pero no la escuchamos. Seguro intenta explicar lo que todos explicaríamos: “no podés seguir así, pibe, con el frío, la lluvia, en la calle... ¿quién te pega?”

Pero él no responde. No dice nada.

Ahora agrega otro movimiento. Después de abanicarse la mosca que no existe, mira hacia el norte, señala con su brazote y el índice extendido.

El pelo enrulado, corto al ras. Ninguna muestra de suciedad en la ropa ni el cuerpo.

¿Quién le pega?

¿Quién lo dejó así?

¿Por qué el lamento?

¿Importa?

Yo me imaginé que quedó así por el trauma que le generó el mismo que le regaló el buzo y lo obligó a usarlo.

Los auxiliares de la escuela, los vecinos, las vecinas, desarrollan teorías sobre madres que golpean y padres que abandonan.

No importa.

En Villa Soldati, el “loco que llora” es solamente una probabilidad para el futuro de toda la juventud que trabaja. De todas las probabilidades es la que más acontece, el quiebre, la frustración, la locura en alguna de sus formas, desde el lamento en la calle hasta el asesinato, de otro ser, de sí mismo.

Su soledad es mía. Su llanto vive en cada momento de mi vida, resuena, rebota como un eco, como disparos de escopeta. Dentro mío. Dentro mío hay un cañón, una quebrada, donde su lamento resuena, rebota, no cesa.

Con vísceras, sin vísceras, importa un carajo.

Porque la vida, lo que escribo, no es literatura. No requiere adjetivos para dolerrme.

De ahí, desde ese fondo, amaso el lamento del “loco que llora”.

No lo dejo escapar. No le impido la entrada.

Lo amaso. Con paciencia. Lo amaso, lo pulo. Le pongo levadura, recuerdo su mirada, la de Fernando, volviendo del infierno.

Le pongo levadura, la mirada de Natii, su hermano roba al por menor, su hermanito se da con paco, su hermanito no roba para la 36, tampoco para Gendarmería, su hermano en el Piñero con el pulmón alojando una bala de FAL. Su marido, el de Natii, el papá de sus tres hijitos, sale a chorear para buscar la comida que diez años de trabajo responsable en la panadería ya no le dan más porque osó pedir la limosna del blanqueo y le pusieron una patada en el orto. El esposo de Natii, que para no matar a nadie, ni por error, salió a chorear después de una dékada rescatado y le vaciaron un cargador de reglamentaria.

Le pongo especias, lo condimento con la imágen del papá del Chino, quemado vivo, en su cama, entregado por sus “compañeros” de la obra, para chorearle la indemización del despido de la obra de la UOCRA... Imágen del propio Chino, estudia, trabaja, atajaba en Sacachispas, con el rostro desfigurado, respirando todavía, no sé por qué... y tampoco importa.

Amaso, levo, sazono el lamento que transformo en mi grito de libertad. Grito de guerra. Odio de clase. Para ellos, para los policías, gendarmes, curas, obispos, funcionarios, punteros, milicos, burócratas sindicales, burgueses, patrones, terratenientes, banqueros, sojeros, mineros, Monsanto. A ellos, les devolveré toda esta muerte sin adjetivos, sin humedad, sin poesía que amaso, levo y sazono.

Con paciencia, con odio.
Con toda mi vida.