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domingo, 26 de junio de 2016

Crónica de un 26 de junio

¿Tiene clase el arte? Claro que sí. El sentimiento poético, ése que es la materia      
prima de la creación -de la creación de cualquier cosa- en las familias obreras, que tienen negada la posibilidad de siquiera pensarse como artistas, se expresa en voces como “mi mamá cocina con amor”. 

Ese plus que distingue la transformación de una masa de ingredientes en algo que es más que la simple suma de las partes, un todo nuevo y novedoso, que no puede ser reproducido idéntico a sí mismo. Ese “saborcito especial” de la “comida casera” es sencillamente el objeto creado con el único afán de cumplir su deseo como valor de uso, sin pensar un segundo en su valor de cambio. Ese objeto que se crea para ser consumido, compartido, no para ser intercambiado o vendido. Ese objeto que no busca ser mercancía, sino sencillamente, pan o alimento de quienes uno ama.

Para poder crear objetos de esa calidad un ser humano cualquiera necesita tiempo y espacio. Tiempo y espacio para bajar la guardia, quitarse la armadura, animarse a vivir plenamente, desplegar al viento en toda su amplitud las alas o las velas –depende de lo que usted tenga- que le permitan navegar las aguas turbulentas del inconsciente, permitirse un fluir de emociones, de imágenes, de sensaciones, sin la represión consciente de lo “permitido”, de lo “que puede o debe” ser. 

Para eso hay que arrancarle al Estado, a las patronales, una parte del tiempo que usted entrega todos los días en calidad de plusvalor y ganancia.

Porque se pueden tener sensaciones y estados poéticos, pongamoslé, en medio del tren, viajando hacia la fábrica, o volviendo de ella, pero después están los tiempos entregados al otro, al capital cualquiera sea la forma particular que le tocó asumir en tu vida. En los tiempos del capital vos no podés desplegar lo que flashaste en el tren en un bastidor o en una compu. No. Se debe trabajar, o dormir para reponer la energía para trabajar, o coger rápido y mal para justificar que tenés una familia para poder seguir vivo y mantener la ficción de que trabajás por tus hijos e hijas, o cualquier otra cosa necesaria para mañana volver a estar en el escritorio, el mostrador o frente a la máquina.

Robarle tiempo al explotador para construir relaciones, afectos, u obras poéticas, sin valor de cambio, sin valor de transacción, no es nada sencillo para los y las artistas que vienenvenimos [sic] de la clase obrera.

Entonces, despierto con una sensación de felicidad y plenitud que me embarga. Giro la cabeza sobre la almohada, para que mis ojos confirmen sin ninguna duda que ella, su cuerpo, su rostro, la noche de amor que acabamos de nadar juntos, son aquello que mis manos habían tocado, la causa de mi sensación al despertar.

Los diques de contención de la memoria colapsan. Comienza a fluir desde lo más profundo un recuerdo particular. Miro la hora. Exactamente hace 14 años este mismo que soy yo, que no es el mismo que era, se tomaba un 133 desde Saavedra hacia Nueva Pompeya.

Es muy interesante –y bello- que los militantes basemos toda nuestra actividad política en un entramado de citas. Una cita es -o debería serlo- el encuentro pautado con anticipación. Es propio del lenguaje de los enamorados y enamoradas, que se citan, o debaten planes y criterios sobre que hacer en la “primer”, “segunda” o “tercer” cita.

Y hay, claramente, una filosofía de la cita. Existe un círculo especial del infierno de Dante en el castigo social que la militancia tiene preparado para quien clava una cita. El clavador serial es una especie profundamente odiada. También están quienes mensajean preguntando o pidiendo confirmación, una hora antes, media hora antes, incluso minutos antes de la cita para ver si con este método aparentemente “serio y responsable” logran evitar la carga comprometida el día anterior, en la reunión de círculo previa.

La cita del mediodía del 26 de junio de 2002 era una cita muy particular. Era una cita con el enemigo de clase. Una de las cosas que menos comprende la población que nunca en su vida se organizó con alguien más para luchar por transformar la realidad –en cualquier sentido posible- es que los luchadores y luchadoras socialistas, marxistas, leninistas, troskos, -póngale usted la etiqueta que mejor le cierre en su conciencia- somos luchadores y luchadoras conscientes.

La tarde anterior, el 25 de junio hace 14 años, el responsable de la regional donde militábamos un grupo de doce o quince compañeros y compañeras entre 19 y veintipico de años, nos reunió en un plenario de suma importancia. Íbamos a discutir en pie de igualdad –en votos y cuerpos- la participación o no de nuestro equipo en el corte a todos los accesos votado ya por la Asamblea Nacional de Trabajadores Ocupados y Desocupados el fin de semana anterior, en el Estadio Gatica de Wilde.

El responsable del frente obviamente venía a proponer la participación. Los argumentos políticos en defensa de la necesidad de ir a ponerle el cuerpo a esa lucha particular estaban claros. Nuestra organización había promovido la resolución en la Asamblea, muchos de nosotros estuvimos allí, ese día, y votamos con nuestra mano alzada la resolución de lucha.
¿Entonces por qué el plenario? ¿De dónde surgía la necesidad de juntarnos todos, mirarnos a los ojos, y decir esta boca es mía?

El peligro. Infiltrados en el movimiento piquetero informaban en detalle a las fuerzas represivas del Estado argentino las intenciones políticas de la Asamblea. El sábado previo a la votación del plan de lucha en el Gatica los voceros del régimen ladraban por la radio y las páginas impresas que matarían, que iban a matar, que una reunión del presidente, los gobernadores y el Estado Mayor de la Burguesía reunidos en Asamblea habían tomado la decisión de reprimir, de atacarnos, de quebrarnos físicamente para detener el fluir de nuestras pasiones y deseos.

Iban a matar. En la tele podían decir, en los diarios escribir, “garantizaremos el orden”, “se respetarán las leyes” o cualquier eufemismo, pero la policía bonaerense pasó toda la noche dándole a la merca y el vino barato con pastillas para darse coraje, para sacarse el cagazo, porque al otro día iban a enfrentar a esos “piqueteros de mierda” que se quieren quedar con tu sueldo, que odian a los rattis, que dicen que sos un pobre negro de mierda que no piensa, que se burlan de tu familia, de tu religión de tu patria, que garchan por el orto y acaban afuera los muy putos y cagones. Toda esa lavada de cabeza, para sacarse el cagazo, porque el sargento y el suboficial sabían muy bien que no era moco de pavo enfrentarse a cinco mil o seis mil compañeras y compañeros del Polo Obrero, la Aníbal Verón, la Cuba o el MTR decididos, conscientes.

Duhalde intentó influir en la Asamblea amenazando derramar sangre. Nadie ese día se pudo hacer el boludo en el Gatica. Las intervenciones públicas de las delegadas y delegados podían asumir el tono de la formalidad revolucionaria que sea, pero en los pasillos debajo de las gradas, la militancia reunida en el frío y húmedo estadio, se cruzaba volviendo de los baños, o en la cola esperando el chori, o simplemente fumando alejados de niños y niñas, para no cagarles los pulmoncitos, y se armaban asambleas espontáneas.

Recuerdo una que sintetizó al alcance de mis ojos lo que seguramente había pasado en las reuniones de los dirigentes, de esos seres tan particulares, tan poco comprendidos, que cargaban en sus hombros la enorme responsabilidad de tomar decisiones basadas en la voluntad de miles de compañeros y compañeras, decisiones que podían significar la vida o la muerte de los compañeros y compañeras. En esa humilde asamblea algún delegado con cara curtida por el hambre y la lucha contra el hambre se animó a decir lo que todos pensábamos: “si cortamos nos matan a todos”.

Otro rostro idéntico de heridas, con absoluta ternura y comprensión, le respondió: “si no cortamos nos matan de hambre”.

Y no hubo más que decir.

Los representantes del orden y la muerte organizada habían intentado meternos el miedo en los cuerpos, un miedo que nos paralice, que nos desvíe de nuestras convicciones, de nuestros derechos, que reprima sin necesidad de la represión abierta, en las cámaras, ante la vista del mundo. Pero no pudieron.

El miedo. Lo primero que recuerdo es el miedo. En ese plenario de la víspera debatimos nuestro miedo, procesamos colectivamente ese miedo, volvimos a poner en debate la resolución ya debatida y votada. Lo volvimos a revisar, porque sabíamos que nos jugábamos la vida.

Permítanme compañeros, compañeras, arrogarme un derecho que no me es exclusivo. Permítanme ponerme en la piel y el cuerpo de los mártires. Permítanme decir, escribir, publicar a los vientos, que en ese plenario yo fui también Kosteki, Santillán o Mariano. Guerreros conscientes. Habían decidido, votado, debatido una y todas las veces necesarias, analizado sus acciones, la serie de decisiones que los llevaron a estar ese día, ese momento, en el lugar que decidieron estar.

Los mártires decidieron como miles más de nosotros estar allí. No decidieron, como pretenden mentirnos los vocales de la mentira, encontrar su muerte. Nunca pusimos eso a votación. Votamos la dignidad de la lucha. Votamos ponerle un fin a la muerte de nuestros seres queridos, la muerte sueldo bajo, la muerte desocupación, la muerte no tengo un miserable lugar donde poner una cama y llamarlo hogar, la muerte del hambre de la pancita de los pollitos, la muerte humillándote por un plan social, por una chapa, la muerte paco, la muerte me secuestro a tu hermana para venderla como puta en una whiskería de Calle Corrientes o en medio de una miserable ruta de muerte.

Votamos luchar para terminar con la muerte y la muerte, consciente también ella, nos tendió emboscadas, nos puso patoteros barrabravas con una .22 en la mano, nos esperó escondida en la Estación Avellaneda y nos tiró por la espalda, y nos cazó como a perros y mató al héroe que quiso salvarnos la vida.

Pero después de la Asamblea, después del plenario, uno se sienta en su casa, pone la pava, toma una sucesión de mates infinitos durante toda la madrugada y repasa en su consciencia los dos argumentos definitivos de la misma Asamblea, del mismo plenario. Esta vez no hay compañeros ni compañeras. No existe la presión de la costumbre, de la rutina, de la moral del amor o la competencia. Estás solo. Con vos mismo. Sos vos debatiendo el plenario y la Asamblea y toda tu vida, con un solo testigo y juez.

Era muy joven. Muy miedoso. Veinticuatro años de vivir con la vida resuelta por otros, entre los algodones uterinos de una vida sobre-protegida, quizás fuese la primera vez en la vida que tomaba una decisión de lucha consciente como ese día. Pienso eso ahora que vuelvo a ese día. Pienso más, pienso que escasos seis meses antes había tenido mi primer prueba de fuego con la furia del Estado derribando a De la Rúa en Plaza de Mayo. Pero aquello había sido al calor de una erupción volcánica de las masas que venían pegando desde el Cutralcazo pero yo me había sumado tardíamente y de lejos.

Esta era mi primera vez como guerrero consciente.

Y tenía miedo. Mi lucha con el miedo que el Estado se había encargado de calarme en los huesos mucho más hondo que el frío y la humedad del estuario esa mañana, se mantuvo disputándome las ganas de llamar y dejar una excusa para clavar la cita. Nunca tuve valor o coraje surgido naturalmente como manantial sereno. Probablemente porque no tenía la cara curtida de heridas de guerra más cotidianas, como las que sufrían los compañeros y compañeras cada vez que enfrentaban el laburo cotidiano, las desgracias de la vida, sólo para sostenerse respirando. Lo único que le paró la mano al llamado y la excusa, al hacerme el boludo si total el corte no depende de mí, si total soy uno más, un estudiante universitario que ni siquiera tiene un par de años militando, fue mi consciencia política.

Otros fueron todavía más conscientes. Otros tomaron mates sabiendo que iban a estar en el cordón de seguridad, en la primer línea de fuego. Otros se despertaron esa mañana, si es que pudieron dormir, otros y otras vale decirlo, se despertaron con la plena consciencia de que deberían ordenar una masa humana de seis mil otros y otras para que la acción de lucha cumpliese nuestros deseos. Otros y otras sabían que el lugar que ocuparían en el combate era mucho más grande que ellos mismos y su destino.

No clavé la cita. Y porque ninguno de nosotros y nosotras clavamos la cita, el Estado Mayor de la Burguesía tuvo que comerse su orgullo y renunciar. El último presidente del régimen de terror instaurado por Perón en 1973 se tuvo que ir contra su voluntad y contra la voluntad de su clase y contra la voluntad de todo el imperialismo, que lo habían puesto allí para frenar la furia incontrolable de las masas luchando por su vida y el control de sus destinos colectivos.

-¿Qué sentís cuando te reprimen? –pregunta Santos Capobianco haciendo gala de una ingenuidad poco habitual en él.

-Mirá, es bastante más simple de lo que parece de afuera. El bastonazo, el gas pimienta vencido, la bala de goma o de plomo, si sobrevivís, claro, afirman tu conciencia. Si estabas pensando en bajarte de la lucha, la represión en cuerpo presente te confirma la decisión de abandonar. Si fuiste a la lucha consciente de que no había nada más que hacer para conquistar tu deseo, la represión gatilla sobre el profundo odio que te consume contra todos los responsables de la muerte organizada y cotidiana que inunda los hospitales y las salas velatorias del mundo, las de la vuelta de tu casa y las de todos los barrios funebreros del país y del planeta.

Si cortamos nos matan, si no cortamos nos siguen matando.

Pero cortamos. Y los obligamos a renunciar.

Tardé catorce años en construir este texto, ponerlo en un papel virtual, introducirlo en una botella y lanzarlo a la red de redes para que te llegue, seas quien seas y opines lo que opines sobre él, sobre mí, sobre los míos. Catorce años de mi vida, que desde hace catorce años es una vida de lucha consciente y afirmada por la vida, contra la muerte organizada del Capital. 

Pasaron muchas cosas, pero hoy, esta mañana, asumo conscientemente mi lugar en la trinchera, me paro como artista, como artesano consciente y meticuloso de mis estados poéticos, asumo mi lugar como artista de la clase obrera, porque obrero soy, pero también como artista consciente y revolucionario, constructor de un partido político para emanciparme junto a mi clase social, mi gran familia adoptiva, soporto el vértigo –que no es miedo pero sí pánico- de pararme en el escenario, avanzar hacia el micrófono y desnudarme frente a todos para gritar, cantar, escribir, interpretar o dibujarte mi más profunda convicción de amar y de seguir luchando para que triunfe el amor.

Quiero que todos sepan que lo más bello de la lucha, la poesía más absoluta, es la de ganar.

Amo la victoria con sabor a miel.

Para todos todo.
Para todas todo.

Para todos y todas, victorias con sabor a miel, todas las mañanas, nos deseo.

jueves, 23 de junio de 2016

Pensamiento Mágico

La muerte ronda en Junio. No es metáfora ni perspicaz imagen literaria. Ronda de veras. Las balas pican cerca. Algo de ella se mete en mi cuerpo torturado por el trabajo alienado, fallan los riñones.

-Los riñones son como dos amigos –dice Santos Capobianco después de hacer algunas averiguaciones que se guarda para sí mismo- si andan en armonía filtran la porquería de la sangre y mantienen la presión arterial sana.

La presión arterial le trabajó los órganos interiores a mi viejo durante la segunda mitad de su vida. Como un boxeador serio que prepara las condiciones de la trompada definitiva, la del mentón.

-Si andan a destiempo no filtran bien, el flujo de líquido del cuerpo se descompensa. Exceso de calcio o hierro no metabolizado y se te forman piedritas, arenilla, te esmerilan los cañitos que llevan el meo de la vejiga al choto.

-Uréteres, uretra, cálculos –intento recordar las clases de Biología del secundario y ponerle algún reparo al delirante. –¿Todo eso dice el Google?

-No, pelotudo, una amante que sabe de bio-codificación.

Prefiero no preguntar para no ahondar en anécdotas estilo “el pata e´lana recorre los suburbios del Sur” que no me interesan ahora.

Curioso lo del calcio, porque el golpe final hace cuatro años para mi viejo fue la calcificación de venas y arterias hasta que se hicieron demasiado quebradizas para sostener el flujo de líquido y lo dejaron todo tieso, con la piel de papel, acostado boca arriba en una cama de madera, con las luces amarillentas de una casa funeraria a la vuelta de donde vivimos doce años, los altos de su sueño de Gran Señor, la Pizzería y Pastelería San Carlos, en Colón 612, entre Tucumán y Santiago del Estero, en Posadas.

Santos se compadece de mi angustia anticipada, a mitad del camino de nuestra propia vida, y me empieza a ordenar y limpiar la casa. Dice que la energía está estancada, que así como los riñones no andan haciendo fluir el líquido vital dentro mío, tampoco fluye la energía en mi hogar. Que no es cosa de andarse haciendo el chamán simpatético todos los días pero que hoy me da una mano.

Para sanarme, dice. Marxista consciente me aferro por un momento a la estúpida idea de un socorro mágico que corrija lo que parece no corregirse así nomás.
Total no jode a nadie.

Pero sí jodió. Tenía la mitad de la casa fregada y una pequeña gotita de agua vino a querer escaparse y caer justo sobre el enchufe del lavarropas, provocando una cósmica fusión del metal de las patitas sobre el metal del tomacorriente y la baja de las térmicas de todo el edificio.

Parece mentira como los “accidentes” domésticos echan claridad sobre todas las contradicciones estancadas en las malsanas relaciones históricas de los propietarios e inquilinos de siete tristes departamentos en un edificio setentón. Nadie para dar una mano, un administrador-estafador que no soluciona una chota. Salir a yirar por este barrio de gente cheta y distraída, hasta caer con un electricista solidario que te manda a una casa de artículos del ramo para charlar con Andrés o Brian, que salen a las 18.30hs. y te podrían dar una mano –si quieren- antes de encarar para su casa.

Andrés no podía pero nos recomendó a Antonio. Antonio se hace un tiempito entre el laburo y la parada del bondi, le prestaron las herramientas los muchachos del negocio porque hoy –justo hoy- no las trajo. Terrible quilombo la instalación eléctrica atada con alambre del edificio, cuarenta minutos donde Antonio mete toda la sabiduría teórico-práctica del obrero calificado, de años recorriendo consorcios para ganarse el mango, de años viendo el tejido de cobres que recorre las venas de caucho en colores estándar –rojo, verde, negro, blanco, marrón- para darle electricidad a toda una ciudad.

Antonio sabe que las cosas no son como parecen a primera vista. Antonio sabe que donde debería ir –según las leyes y los códigos de convivencia ambiental y las normas ISO 9000- un fusible, algún administrador ahorrativo se ha hecho fabricar un “puente” de alambres.
-Eso fue lo que te saltó la térmica, maestro, se cortó el cable, no había fusible y puf.- explica Antonio, con una dulce y aguardentosa voz en una campana de hueso y músculo macizo. Enorme sonrisa guía las manos hinchadas de tanto apretar pinzas y alicates de Antonio, que rearma un puente un poco menos precario que el ancestro, y como si fuese un diminuto dios, da luz de nuevo al edificio, a mi casa, a la computadora donde finalmente puedo escribir.

Mi amigo se queda charlando un rato en la puerta con Antonio, comienzan a reirse con ganas, tienen las caras brillantes como niños de diez añitos, seguro hablan de la casualidad de encontrarse acá y se comparten referencias sobre la canchita de tierra del parrillero de Remedios de Escalada, entre Lanús Oeste y Bonfil, porque descubireron que Antonio se toma el 112 para la estación y de ahí el amarillo y cuadradito 522 que lo deja en la casa, a unas cuadras de Pastor Ferreyra y Primero de Mayo, donde vivimos un tiempo muy bello de nuestra vida.

Santos Capobianco ha visto todo muy divertido. Una vez en casa, con luz, se ha dispuesto a fumarse su pipa de tabaco al whiskey y chocolatl cagándose de risa de mi mal humor perfectamente sostenido por explicaciones muy lógicas, de mis estallidos repentinos en furia por mi maldita suerte, la gotita de agua viajera, el reverendo sorete del administrador, la forra del primer piso que impide nos organicemos sin administración, este gobierno y todos los gobiernos que nos fundieron los bolsillos para que no podamos pagarnos una instalación eléctrica como la gente mientras la NASA descubre Júpiter…

-Cómo no te van a andar mal los riñones, Leo, si sos un viejo cascarrabias. Fijate vos que ni siquiera querés aprender del accidente que acabás de protagonizar.

-Andate a cagar, vos y toda la superchería new age jipi de mierda que andás leyendo últimamente. ¿Qué aprendí? ¿Que no tenés que ser tan despistado para lavar los pisos?

-No, querido amigo. Que cuando la energía se estanca mucho tiempo, cuando te gana la depresión, el odio, no vas metabolizando, y que al pretender limpiar esa energía desencadenás un movimiento tanto tiempo paralizado que hace chispa, explota. Hoy te salvaste porque estalló un tomacorriente en tu pared, mañana es una arteria en el cerebro y nos vimo en Disney.

-No tengo que limpiar la casa.

-Lo que no tenés que hacer es dejarte estar muerto tanto tiempo, pelotudo, el que para de moverse muere, nene, es una ley universal de la vida, ciencia pura, a vos que necesitás el mandato consciente para vivir. Quién sabe si ese enchufe no te salvó el día en lugar de cagártelo.

-Acá el único que salvó el día fue el Tony, que se llevó mis últimos 600 pesos del sueldo.

-Y bien merecidos, salame, el tipo te resolvió un flor de quilombo gracias a las veces que había visto arreglos truchos como éstos.

-No digo que no. Lo que digo es que hoy a la mañana salió de la casa haciendo cuentas y le llovieron 600 mangos de arriba.

-Es la ley del universo, toda acción genera su reacción, y tu posición de mufa generó la dicha equivalente en otro tipo.

Capobianco jura que todo lo puede defender citando a Engels y que los hippies de los 60 no eran ningunos giles. Tiendo a creerle porque por lo general todos sus delirios se terminan concretando con éxito.

Lo cierto es que la clase obrera me ha salvado el día otra vez. Puedo sentarme a escribir y volver a fluir de la manera que fluyo. Esperemos que pronto fluya a borbotones, desborde arroyuelos y grandes lagunas, estalle contra los acantilados del poder político y termine con las pequeñas y grandes mufas de nuestra vida de explotados.

A ver si se hace agua clara

y limpia

y sana


Amén.

sábado, 18 de junio de 2016

Ivan Moschner, un monstruo

Reseña de Los hombres vuelven al monte, texto y dirección de Fabián Díaz, sábados 19hs., Apacheta Sala Estudio, Pasco 625, entradas anticipadas por Alternativa Teatral.

Fue lo primero que se me ocurrió al salir de Apacheta Sala Estudio, aturdido emocionalmente, cansado y muerto de calor, a pesar del agradable clima de la pintoresca sala y el frío invernal de junio en Balvanera.

Con la vista clavada en el adoquín del cordón de Pasco 625, trataba de entender qué me había pasado y recordé una reflexión de Borges sobre La Divina Comedia, aquella que habla de la monstruosidad de dios en Nietzsche, como un ser indescifrable, equiparado a un monstruo gigante compuesto de todos los seres que habitan el universo. El monstruo mete miedo pero no tanto por sus facciones o sus actos, sino por ser una figura imposible de representarse, de ser pensada, de ser juzgada o traducida.

En Los Hombres vuelven al monte, Iván Moschner interpreta un texto alucinante, lisérgico -al decir de Cohen Arazi- en el que un hijo se atormenta interiormente en la búsqueda de su padre, desaparecido, aparentemente como consecuencia de un trauma psicológico provocado por su participación como soldado raso en la Guerra de Malvinas. Y no es necesario decir más. Salvo que en su tormento, el protagonista rememora una historia con más de diez personajes, entreverados en un relato no lineal, interrumpido y deformado por la angustia del relator.

Pasé la hora que dura la puesta intentando imaginar cómo hubiese sido la lectura de ese texto, y no pude. Porque si el guión sigue los compases del monólogo interior de una mente quebrada en astillas, Iván personifica cada una de las facetas de ese trauma, cada una de las imágenes y recuerdos de este tipo cobran vida literalmente, y gracias al tremendo despliegue físico de Moschner podemos identificar claramente la voz, la cara, el lenguaje corporal de cada uno y cada una.

También de Borges aprendí un concepto literario brillante. Contaba el ilustre ciego que Dante Alighieri lo cautivaba por su capacidad de resumir los más de cien personajes secundarios de la Comedia en una sola pincelada, en un par de versos. Borges disfrutaba haber descubierto en Shopenhauer la explicación de tan sutil destreza literaria, por aquello de que cada ser humano se define en un acto de su voluntad. Detectar ese acto que define a una persona y narrarlo en un renglón o tres versos era la clave de la maestría de Dante.

Moschner hace lo mismo. Estudia el personaje y detecta una mirada, un gesto con las manos –abrirse el escote para abanicarse y sugerir los pechos, apoyar las palmas en la cara para sostenerla ante eventos asombrosos o pecaminosos-, una forma de caminar, incluso un tono de voz, un matiz en el acento, el lugar del escenario donde se para; cada detalle define al personaje de manera tal que la actuación de Moschner funciona de mapa para que el espectador o espectadora pueda comprender quién habla, de quién se habla, qué carajo pasa, que es en última instancia lo que todo espectador –o espectadora- busca cuando sienta su humanidad en la butaca de cualquier teatro: entender.

El despliegue de Iván Moschner en escena es abrumador, monstruosamente abrumador. La obra no es cómoda, usted no está invitado a divertirse, aunque sea invitado a ello por la cantidad de gags humorísticos desde el mismo comienzo. Pero es un humor grotesco, puesto para subrayar el delirio, el contraste, la anormalidad, la disfuncionalidad de lo que pasa. Todo es una locura, incluso que algunos/as espectadores/as se rían ingenuamente, llevados a la trampa por un magistral Iván. Lenta pero sistemáticamente, aunque usted decida luchar en contra, será llevado sin darse cuenta al laberinto de un loco, de un sicótico que ha adoptado la irrealidad del mundo que nos rodea -su irracionalidad e injusticia, su acostumbrada y trivial violencia- como verdades absolutas.

Hasta aquí he dicho suficiente para que cualquiera considere un acierto meterse en internet y gastarse tres atados de puchos en una entrada y clavarse 18:50 en la puerta de la Sala, ansioso por atestiguar una de las muestras de excelencia teatral más importantes de su vida.

Ahora lo mío, lo que es propio a mi sensibilidad y que Iván puso en juego esta tarde. Recuerdo el comienzo de El Río Oscuro, la novela de Alfredo Varela, desconocido escritor para los grandes titulares de la prensa, pero bello defensor del realismo socialista por estas tierras, amado por las masas de nuestro país que no lo conocen pero que han visto hasta hartarse su gran epopeya hecha película en Las aguas bajan turbias, del gran Hugo del Carril.

Dice la leyenda que Hugo del Carril se jugó la ropa para estrenar esa película, debido a que Varela se encontraba detenido o perseguido por la policía de Perón, por ser militante del Partido Comunista.

Mitos o realidades aparte, Varela comienza su emocionante descripción de la explotación de los obreros de los yerbatales misioneros con la imagen de un cuerpo bajando por las aguas del Alto Paraná y oscureciendo las marrones aguas con la sangre de sus heridas mortales a la vera de la Bajada Vieja. Los cadáveres que bajaba el río habitualmente eran el humo que adivinaba el fuego, allá arriba, monte arriba, en esos lugares inciertos de la selva, que todo el mundo sabía que existían pero que muy poca gente conocía de primera vista.

Los cadáveres venían a probar que los capangas castigaban con la muerte el intento de libertad de los mensús. Y que a ningún posadeño de bien parecía moverle un pelo el evento. Algo en esa imagen siempre me pareció aterrador, como el terror de los cuentos de la selva de Horacio Quiroga, asentado menos en lo desconocido y salvaje de la selva y mucho más en los seres humanos deformados por su apetito de dinero o su egoísmo.

Mil veces escuché de chiquito variantes macabras del “algo habrán hecho” que justificaban la ausencia permanente y sorpresiva de los “desaparecidos”. En Posadas era muy común explicar toda ausencia repentina con el giro “se habrá ido pa´l monte”. No pude evitar asociar la imagen con ese otro giro que se populariza en las barriadas obreras más empobrecidas de nuestras ciudades: “se habrá escapado con el noviecito”, dicho en tono de sorna para explicar la ausencia de las pibas de 12 a 15 años que no aparecen más por la casa, chupadas por los traficantes de esclavas y el Estado que las ampara.

¿Cuántas hijas e hijos vuelven al monte y volverán a él buscando a su padre o a su madre? 

¿Cuántos desaparecidos y desaparecidas serán necesarios/as todavía para que el pueblo y sus hijos/as emprendan definitivamente su tarea de purga y reconstrucción de la vida?

Toda la angustia de esta obra es, en definitiva, una monstruosa denuncia contra las secuelas que deja el Estado argentino entre los sobrevivientes de cada una de sus matanzas. Elija lo que quiera, Malvinas, Cromañón, la Masacre de Once, las millones de familias desalojadas, viviendo en ranchos a la intemperie, las imágenes que labra en las cabezas infantiles cada inundación dramática, las epidemias de cáncer de todo tipo y forma que siembran en nuestros cuerpos por la alimentación y la contaminación ambiental.

Elija usted donde le duele más y va a sentir que esta obra le explica con brutalidad lo que es vivir en este país.


La enorme y monstruosa cara de Mariano Ferreyra en la Primero de Mayo, camino a la parada del 105 después de la obra, me mostró qué hacer con toda esa furia y dolor, con todas las secuelas de la alienación cotidiana.  

Síndrome de marinero en tierra

Santos Capobianco no tiene muchos amigos, en parte porque conoce muy bien sus problemas. La gente no soporta que Santos Capobianco intente ser consciente de lo que pasa y lo que ocurre todo el tiempo. Al principio parece exótico, divertido, la posibilidad de un amigo extravagante y ocurrente, flashero, como dice la juventud hoy día (aportando probablemente un neologismo con muchas posibilidades de Real Academia en el futuro, como rescatarse).

Pero es estresante tener a alguien así cerca muy seguido.

Esto lo tiene muy claro, siempre me dice:

-Mi problema es que soy un marinero en tierra, Leo.

“Marinero en tierra” pienso. El sufrimiento permanente de la Sirena de la fábula, que prefiere el hechizo de las piernas y la nostalgia eterna del mar con tal de compartir su amor verdadero en tierra. Estar en paz sólo cuando el agua te rodea. Cangrejo capaz de sobrevivir eternamente caminando mal, de costado o hacia atrás, demostrándole al observador científico que su hábitat natural es el agua.

Un anfibio, eso es lo que soy. Un ser sin lugar, un alma en pena. Inmigrante en todos lados. Nómade entre sedentarios.

El sedentarismo es, además de la capacidad de revolucionar el mundo, una enfermedad. La biología en su azar ha querido inventar un cuerpo destinado a caminar poco, sobre cuatro extremidades, sentarse mucho tiempo a comer toneladas de hojitas verdes y cada tanto moverse entre las copas de los árboles, pero con una mutación horrorosa: la posibilidad de erguirse sobre sus dos patas, permitir una visión del horizonte y caminar largos trechos.
La humanidad padece hace tres millones de años por esa mutación. Sus rodillas, caderas, espalda y cuello le recuerdan cuando se contracturan y crujen que hace más de 50 millones de años había nacido para nadar, que luego fue creada para reptar o movilizarse horizontalmente en cuatro patas.

Entonces los seres humanos son felices cuando nadan, navegan, vuelan o se hamacan. El resto del tiempo, camina, y sufre el camino.

El caminante no debe detenerse mucho tiempo en lugar fijo. Primero porque sabe que no busca ninguna casa donde echar raíces, porque eso no existe. Sin embargo es su anhelo mayor. Porque al poder pararse puede –puede, sí- contemplar el horizonte, despegar su mirada de lo concreto, abstraer y prefigurar el futuro, la meta, el próximo paso, la tormenta que viene, la claridad al final del túnel. Es más, sueña. Tiene premoniciones de lo que acontecerá si se dan ciertos sucesos, intuye, es capaz de anticiparse.

Las ciudades son laberintos tramposos de una sutil perfección morbosa. Pretenden ilusionarnos con la idea de un presente permanente e inmutable, han inventado la rutina, la repetición monocorde del tiempo y el espacio. Un enorme féretro de cemento bellamente decorado.

Entonces Santos Capobianco decide romper todo cada tanto y fluir. Desorganizar el tiempo y el espacio para que tenga la apariencia original del universo en caos y azar. Y sale a caminar. A cansarse. A que su cuerpo recupere la conciencia muscular de la especie original, a sumergirse en la sensación física y espiritual del nomadismo.

Encuentra ayuda en la misma ciudad que lo oprime. La rompen los trenes. Los trenes rompen la continuidad de los colectivos, como si fuesen barcos de movimiento rectilíneo en un mar de llanura terrestre.

Los sábados del otoño lejano de 1997 Santos Capobianco tenía que recorrer el Sarmiento de Once a Castelar, bajando prácticamente en cada estación del recorrido para caerle a la casa a los enfermeros y enfermeras del Durand, del Clínicas o del Fernández que habían comprado enciclopedias en cuotas para sus hijos e hijas. La clave del éxito consistía en tomarse una hora antes de arrancar y armarse, con la Filcar o la Lumi en mano, un brillante tejido de rutas y caminos que permitiesen llegar a todos lados aprovechando el tiempo al máximo. La otra clave era olvidarse de los dolores y fatigas del cuerpo, sometido a diez horas de subirse y bajarse del tren, adivinar la estación, sorprenderse con barrios cuya forma real distaba mucho de parecerse a un cuadriculado de manzanas y calles perfectamente dibujadas por la guía. Y cada tanto un bondi.

Ahora que tiene que vender sus propios libros, tarea que Santos Capobianco sufre como un tatuaje, ya que a la maravillosa experiencia de conocer a sus lectoras y lectores, llevarse una nueva experiencia vital a su cabeza llena de emociones, renovar su sensibilidad de olores, colores y texturas del camino nuevo desconocido o revisitado, tengo que admitir la necesidad de transformar en dinero sucio una obra de arte. Sentir que vendo a mis cachorros para comprar algo de comida.

Y retomo el viejo método. Feriado. Ese día que puedo romper la cotidianeidad y salir a vagar vendiendo la vida en cuotas de 200 pesos. Me calzo la boina que todo el mundo no comprende, la pipa cargada de buen tabaco barato, el gabán azul marino de marinero y gracias al viejo traidor de Randazzo, la Sube pertrechada.


Al comienzo del Invierno fue el Sarmiento, primera parada en Liniers, segunda en Moreno, última en Mercedes y vuelta a casa. En total cinco libros que salvaron el mes de la línea de pobreza del INDEC. Pero también una historia de viejas amantes que nunca fueron de verdad amantes porque ni para el beso dio o dio sólo para el beso. Coitus interruptus graficado con exactitud por las nuevas normas de un sistema de transporte colapsado y fraudulento, que rompió el orden preestablecido del cronograma de viaje al despertarme en Moreno con la realidad de que el último tren a no sale de Moreno después de las 21.15, para favorecer a las empresas de bondis que cargan el ganado parado y apretujado desde esa extraña plaza hasta Liniers acompañando la bajada del Maldonado entubado por Gaona.

Santos Capobianco intenta tomarse el Sarmiento después de las 12 si es posible, porque el Sarmiento alcanza su máximo de magia cuando atardece, por esa sensación de estar cogiéndose al tiempo y el espacio de cara al Sol en su rápido descenso al inframundo de la oscuridad. En realidad es mucho mejor que en la ilusión humana. Resulta que uno se anda moviendo sobre el riel a 90km por hora en el mismo eje de rotación del planeta, pero en el sentido contrario. Mientras esta enorme bola esférica de millones de toneladas y seres vivos y muertos gira hacia el Este como quien se acomoda para dormir en la cama, uno corre hacia el horizonte cada vez más violáceo que turquesa, hacia el oeste, como negándose a dormir, como buscando excitado el deseo de cruzar al otro lado del universo, esperando que en la vida de la oscuridad haya un día más claro que la profunda noche que te habita por todos lados.

Ya pudo Santos Capobianco demostrar en su primer libro todo lo que le moviliza viajar en el Roca. Quiso el azar que el último viernes feriado del otoño de 2016, ayer nomás, el organigrama arrancase en el centro del universo conocido, en Parque Centenario, tomando a las 9.45 el único bondi que conecta Villa Ortúzar con Lanús, el 112 ahora en lucha contra el vaciamiento patronal, primo hermano del 165 de mismos colores celestes y azules, para encontrarse con un nuevo barrio popular en formación, que como un conquistador español Capobianco bautizó sin mucha imaginación con el nombre de la calle que lo guió desde el anonimato del GPS de su celular que ahora suplanta con mucho más ingenio a la vieja Lumi. Barrio Oyuela le puso.

Porque todo venía normalito. El Roca que los feriados arranca a las 11 de la mañana y te obliga al 112, chipa en la estación, paso bajo nivel ferroviario y 625 a Cadorna en la esquina del Claro. Bajás en 9 de Julio al 3000 y cuando doblás una calle más de ese Lanús Este que nada tiene que ver ni siquiera con el Lanús Oeste o con el Monte Chingolo más allá, parece que querés encontrarte con otra de las casitas de laburantes tanos o gallegos medio arruinada por el paso de Quindimil y sin embargo al final de la calle florecen esas casitas de ladrillo hueco a la vista, chapa medio pegada a los tortazos y pasillos estrechos de una villa en sus inicios.

“No es una villa”, dicen los vecinos, pero uno que dejó su vida durante ocho años seguidos, de lunes a jueves en Villa Soldati, sabe que cuando una esquina abandonada o una calle sin número empieza a ver florecer del asfalto mal pavimentado estas casitas se viene la villa nueva, el barrio obrero. En el centro de la calle, te recibe el esqueleto del chasis de algo que alguna vez pudo haber sido un Duna o un Regatta. Esqueleto sin carne, sin asientos, sin ruedas de caucho, sin nada de lo blando que puede tener un auto, sin vidrios claro. Por los ocres y anaranjados que recubren el metal uno puede imaginarse el incendio intencional o el largo abandono a la eroción del aire y la lluvia que crearon este nuevo objeto.
¿Qué hace allí? ¿Cómo llegó al centro de la calle Oyuela? ¿Tenía ruedas cuando lo trajeron o simplemente lo arrastró una grúa improvisada? ¿Por qué es mantenido allí? ¿Se trata de un monumento que los nuevos fundadores del nuevo barrio han plantado para decirle algo al viajero improvisado o simplemente no han terminado con su tarea las y los seres carroñeros que todavía tienen mucho para nutrirse del viejo auto que ya no lo es?

Santos Capobianco recuerda largas horas con la Negra Negro compartiendo como en partida de Tute Cabrero las anécdotas de las mil y un historias que tejen con sus extrañas vidas los villeros de Barrio UTA o la Villa 3, historias interminables de casualidades y metidas de cola del demonio, que no tienen fin ni principio y son pasto del olvido de los libros de historia que nunca las harán públicas. Condenadas a ser rememoradas por escritoras y escritores o simplemente llenar los huecos de las charlas de borrachos y borrachas en los piringundines eternos del arrabal del tiempo.

Del barrio nuevo que consume el esqueleto de la vieja industria trasnacional del automóvil el 625 deja paso a una caminata de dos kilómetros para transitar de Estación Lanus al viejo y querido barrio de esa tercera infancia que Santos transcurrió en Remedios de Escalada. A mitad de camino conocer a una vieja militante que se niega a ser fundida por la falta de visión y roce de sus viejos responsables partidarios, en una de las mejores esquinas para morfarse un pancho con ingeniosas y riquísimas salsitas que hay por el Sur.

Luego tomarse el Roca desde Escalada, con el edificio orgulloso de ladrillo inglés a la vista, su torre con reloj y su “Entrada para Obreros” recordando las hulgas y a Mariano, mientras se espera con ansiedad que el próximo tren a Lomas pase rápido. Y lo que iba a ser un trámite de venta más se transforma inesperadamente en otro encuentro mágico con un pibe que ya mira con ojos de tristeza y que estuvo esa fatídica tarde del estampido atroz del .22 artero en las manos de Favale un 20 de octubre que va quedando lejano en el recuerdo aunque todavía no alcanza para cumplir el trámite burocrático de poder ser nombre de tu escuela.

Santos Capobianco le dice a este hermoso pibe que pasea perros que es el cuarto amigo de Mariano Ferreyra que conoce después del 20 de octubre, como si el universo quisiera que yo conozca personalemente a cada pedazo de Mariano que fue su amigo (¿cuándo y cómo conocí al Be?) pero que no estuvo ese día o a cada compañero que sí estuvo (el Tolo del Coto) o lo subió a la ambulancia para quedarse grabado en mis retinas hasta el día que sea polvo y viento (un docente de Lomas) o como ahora, uno que fue ganado por El Jefe hace más de 6 años atrás, que ahora pasea dos perros contradictorios y complementarios y me trata como si yo fuese su mejor amigo, o el único.

¿Qué se debe hacer con tantas historias tan profundas? ¿Qué hago con todas las caras curtidas por el Sol del invierno que voy viendo, que se me van metiendo en los pliegues del alma sin pedir permiso, que me dejan ver en microsegundos los detalles superficiales de una vida ruda y sin amor? ¿Qué hago con este aguafuerte ácido sobre el metal de mi mundo sensible que me deja una larga plazoleta sucia, de hamacas oxidadas y cientos de madres con sus polluelos pasando la tarde al costado de la Estación Florencio Varela? ¿Qué tengo que hacer con tantas caras de miradas apagadas y ceños fruncidos, con este grito silencioso que siento por todos lados de unas imples risas de niños y niñas de menos de diez años que creen que están en el parque más bello de juegos posible de ser inventado mientras sus madres, tías y primas juegan a mantenerles la ilusión sabiendo con conocimiento de causa que sólo han podido arrebatarle 50 pesos para cuchuflitos y una coca a la enorme y cruel amansadora que es su vida de mierda de todos los días porque a algún diputado díscolo se le escapó un viernes feriado que sus amos no querían pero que tampoco pueden arrebatarle al pobre que tanto castigan hoy en día?

La respuesta la tiene este Federico, filósofo de Varela, aprendiz de bolchevique guiado por un maestro en el arte de nunca aflojar, que gambetea todos los traumas del mundo sacándole viruta a las pistas de bachata del lejano sur del conurbano y que siempre cuelga una sonrisa de paz de la comisura de sus labios.

Relajate. Dejate llevar a otros mundos que no sean los que vos siempre andás buscando, parece decirme esa sonrisa, esas dos o tres profundas palabras tiradas de la boca como si fuesen un simple “hola” de este pibe enorme que sólo intuyo detrás de un chat.
Esta vez el otoño cierra al revés. Cuando uno encara por la tarde el Roca hacia el profundo Sur de su pasado, el frío en los huesos, la humedad del Estuario enorme tan cercana, la mugre pesando en la nariz, a su izquierda sabe siempre el Río de la Plata, a su derecha el Sol buscando el reposo nocturno. Pero cuando uno se vuelve en crepúsculo desde Varela, por alguna razón el Sol, que debería estar a la izauierda va bajando hacia el frente. Descolocado veo el enorme barrio obrero de Rafael Calzada, mancha furiosa de ladrillo y chapa creciendo a la orilla del terraplén como si la vida se obstinase en seguir irrumpiendo y desparramándose contra todo presagio. Calles irregulares de tierra ni siquiera consolidada, mezca de coches viejos que todavía andan y carros tirados por algo parecido a caballos, pibes que todavía juegan a ser Ronaldo o Messi en potreros o clubes de barrio que son potreros con bardas de cemento, alambrados y arcos de caño blanco con redes agujereadas donde no deben.

Y me pregunto si habrá otras tardes y otros feriados para poder seguir absorbiendo toda la inescrutable belleza que florece en la vida cotidiana de este pequeño palmo de tierra, luchando por vencer al olvido, al costado del mundo.

Vuelvo al mundo conocido de a poco. En Adrogué recuerdo que detrás de esos enormes y viejos árboles alguna vez un joven Borges detuvo el tiempo y el espacio en una quinta de un escritor uruguayo y comunista para imaginarse Tlön y parir los libros más bellos que supo escribir; los murales de Banfield me recuerdan que también Julio Cortázar pobló alguna vez las miradas de los laburantes que se tomaron el Roca. Más allá de Constitución, la C y la B me depositan cansado de todo cansancio en un local mágico y renovado en la víspera, mi ansiado retorno a casa se cumple lo suficientemente tarde para evitar un encuentro incómodo pero también para esquivar el beso y abrazo de la pequeña persona que más luz y calor aporta a mis huesos.

Para no desfallecer, una compañera compra el último de los 220 libros vendidos sí, uno a uno, biografía tras biografía, en este largo camino que fundé hace 7 meses atrás.
No podía ser de otra manera, hoy se cumplen 9 meses de la despedida de Pablo Rieznik. Me he pasado todo el día absorbiendo la energía maravillosamente creativa de los mejores herederos de una sufrida clase obrera que lucha todos los días para ganarse su lugar en el concierto universal.

Sólo así calma su angustia el marinero en tierra.  

miércoles, 15 de junio de 2016

La Isla del Sol

Santos Capobianco no puede sacarse ciertas ideas de la cabeza. Ve agua por todos lados. Se siente isla y decide escribir un manifiesto.

¿Qué es una isla? ¿Qué somos nosotros y nosotras sino islas?
¿No es acaso nuestra tragedia ser islas conscientes de nuestro aislamiento?

Pero sólo vemos la superficie. Hasta una mente brillante como Immanuel Kant en el siglo XVIII entendíamos que existía una verdad más profunda, una explicación última. La intuíamos pero nos era imposible descubrirla, sacarla de la oscuridad, verla claramente. 

Los artistas, los locos, los niños, los oprimidos por una sustancia química alucinógena (alcohol, marihuana, cocaína, heroína, etc.) los poetas, los que leemos sin incredulidad, los hipersensibles, todos los que tenemos una mirada descolocada, desviada del mundo “normal” -es decir, normado- vemos la realidad de forma diferente.

Luchamos cotidianamente en el filo de la realidad superficie y de la profundidad. Navegamos el filo del abismo. (Santos Capobianco recuerda el camino del caracol sobre el filo de la navaja en el sueño de la mente del Coronel Kurtz en la imaginación del activista anti-Vietnam´s War Francis Ford Cóppola en Apocalipse Now del 71). Pero algunos de nosotros y nosotras hemos decidido tirarnos al hoyo negro de nuestro profundo interior y salimos del otro lado para ver el conejo y decidimos volver para comprender al conejo y cambiarlo por un hacha.

¿Qué es una isla? Una isla es la parte visible de la corteza terrestre, la expulsión al exterior enfriado por el agua eterna del metal y la piedra originales, porque de ahí venimos, de una bola de metal encendida del Sol original, la explosión de calor y fuego original. A medida que nos alejamos del centro mutamos, nos vamos enfriando lo suficiente para albergar vida.
El centro del planeta es una bola incandescente de metales. Sólido líquido. Producto de la presión, el movimiento en el espacio y el tiempo. Nuestra velocidad de rotación a parido el viento y la fuerza de gravedad de nuestra masa atrae los gases emanados del metal incandescente, y el frío produce agua.

El agua enfría la superficie de la bola incandescente, y a medida que nos vamos alejando del centro de luz y calor, vamos perdiendo la liquidez y el calor, ganando en frío y dureza. Eppur si muove y la corteza dura de las cadenas montañosas, la perennidad del Ande o el Himalaya es producto de la ebullición de ese metal líquido interior hacia el exterior, lo suficientemente elevadas en la fría atmósfera para condensar las gotas de agua fría y desencadenar los futuros ríos que eyacularán vida sobre el limo, los frondosos valles, y las lagunas y los lagos y la madre mar.

Y todo el fluir de la vida va enfrentando a los contrarios, nos duplicamos al infinito azar, en curiosas combinaciones de elementos químicos y eléctricos, onda y corpúsculo.

Y este ir y venir, pleamar y bajamar, sólido y líquido, viento y montaña.

Enciendo la llama del fogón. Ése soy yo, provocando una vez más el calor original, el metal líquido. Pequeño y breve fueguito flotando en lo alto de la cima montañosa, a la vera del Lago, mi conexión con todos.

Porque, una isla está conectada por medio de su esencia interior a todas las islas que existen. En ella repercuten las vibraciones de todas las islas destruidas o colapsadas de la corteza exterior de la pelota ígnea boyando en órbita eterna.

Somos islas, pero también somos cadena montañosa, el viento y el agua que nos conectan. El fuego, que supimos dominar solitariamente y por esa única travesura tan primitiva y original, soñamos con el poder de las diosas creadoras, las fuerzas naturales, los elementos esenciales de la vida, en suma, las leyes que ordenan el caos permanente que es el devenir de los caminos universales.

Las clases superficiales, las costras de la economía humana, ya han dominado demasiado nuestro breve tiempo en el camino. Ahora debe gobernar el submundo del planeta, debe emerger la presión y el fuego, debe incendiarse el cielo y el viento agitar las llamitas hacia el gran incendio que purifique, elimine la escoria y permita la construcción de un mundo nuevo, más sano.

Que surjan los sueños de lo profundo del inconsciente hechos canto y grito, dibujo y palabra tejida, pan y cerámica, ladrillo y libro, clavel y fusil. Y que trone una vez más el escarmiento y la justicia de la Sal de la Tierra sobre el tejido enfermo.

Las clases condenadas al infierno eterno deben sublevarse y conquistar el cielo para ellas y preservar la vida sobre el planeta. Para superarnos. Para mejorar.

Socialismo o Barbarie.

lunes, 6 de junio de 2016

El Andariego

El viaje no hace al viajero. El viajero es el viaje. Parece una pelotudez, lo reconozco. Pero es muy así.

Me explico.

Santos Capobianco descubrió hace poco una serie de cosas que de alguna forma había ido aprendiendo de a partes, como le pasó siempre. Un método medio autista de ir aprendiendo por la vida. Registra, guarda, clausura y treinta años después, por cualquier cosa, hila todo de vuelta y comprende. O cree comprender.

Resulta que acaba de comprender algo muy tonto y evidente. Y le parece una genialidad. Y lo escribe, peor, lo publica: lo ha considerado suficientemente relevante para comentárselo a otro.

Resulta que uno –o una- anda esperando casi con pesadumbre ese momento inalcanzable en que se junta algo de guita, se viaja y se siente eso lindo de viajar. Lo desconocido, el asombro existencial ante cosas que para muchos lugareños/as es una pelotudez. Eso que nos pasa cuando rompemos la rutina machacante de todos los días y dormimos por primera vez de nuevo en una cama desconocida, como cuando nos pasaron de cuarto a los 10 años o como cuando tuvimos suerte y conocimos un nuevo amante.

Pero no hace falta esperar a viajar. Si uno ha viajado bien, con recordar las enseñanzas del viaje, y traerlas a los “mismos días que se repiten” alcanza. Y sobra. Sí, sobra, ya verá.
Ponele el Parque Centenario. Centro geográfico de la ciudad. Santos vivió allí toda una etapa de su vida. Muy importante. Un lugar hermoso convertido en marco contexto cotidiano, una verga. Pero ya le pasó dos veces que vuelve del laburo en bici –no por hi-pie, sino porque entre Kicciloff y Aranguren le cagaron la posibilidad del auto o del bondi- y se para a ver que la Luna Renaciente aparece por el Oeste, tipo seis y media de la tarde, comienzo del crepúsculo, con el Sol ya metidito en la misma cucha. Y digo cucha, porque Santos Capobianco, ya entregado a la sorpresa, se rescata que siempre aparece en un cuadradito que forman las ramas de una tipa alta y la enorme araucaria que está al este del Parque, en la salida donde ahora el pelotudo de Bragueta puso los postes plateados con el apeadero de bicis amarillas.

Entonces, como sabían los surrealistas que escabiaban lúpulo hace mil años y recomiendan los sicólogos de ciertas escuelas, una cosa lleva a la otra y se obsesiona con el Oeste. Que no es Liniers. Para los porteños que nunca viajaron, y me refiero a cualquiera que viva en la ciudad, el Oeste es Liniers. Ojo, que para los porteños que viven pasando General Paz el Oeste es Luján, para los lujaneros o lujaneras o lujanenses debe ser, no sé, alguna localidad de la ruta 8, o La Pampa como mucho. Para los pampeanos y puntanos el Oeste es Mendoza y para los acomplejados y megalómanos mendocinos el Oeste es el Aconcagua y el fin del mundo civilizado, mientras que para los chilenos el Oeste es un Océano bien ancho, bravío, un Sol coloradísimo tragado por el mar y unas bahías bucólicas, de ensueño. Y ahí recién empieza la aventura.

Cuestión que uno –o una- aprende cosas importantes en los viajes. Porque Santos Capobianco es pobre, y cuando viaja debe desarrollar al máximo su creatividad para resolver sin guita la mayor cantidad de cosas posibles. Entonces desarrolla estrategias de sobreviviente. La mejor siempre es relacionarse con los lugareños y lugareñas, para ahorrarse costosos colectivos o taxis por cinco cuadras bien preguntadas, o ahorrarse una cena porque se hizo amigo y lo convidaron. En la montaña, acampando sin anafe ni ducha, las estrategias son más, digamos, vitales. La montaña te obliga, la naturaleza es draconiana aunque la Naturaleza no haya ido a la escuela y no puede saber que Dracón fue uno de sus hijos. Y por ejemplo alguien te enseña en la montaña que el viento que viene de allá es jodido, pero cuando sopla de otro allá es bueno y cosas así.

En Buenos Aires el viento del Oeste es muy sano. Por varios motivos, empezando porque lo más choto y evidente de Buenos Aires es su persistente y molesta humedad, que es lo que mata, claro. En verano te hace sentir ese pegote alienante y en invierno le permite al frío pasar hasta el hueso y quedarse a vivir, hacerse resfrío, gripe, otitis, moco, su ruta.
Pero el viento Oeste es frío y seco. Y claro, porque viene del Pacífico, cargado de agua, que la tira toda líquida sobre las costas y toda dura sobre las altas cumbres, pasando absolutamente seco al otro lado. Lo que para el porteño puede ser un viaje de mil horas, el viento del Oeste lo resuelve en muchas menos y se manda desde los viñedos y olivares del oasis de los warpes, al paraíso artificial de los Saadi, a la siempre tormentosa Pampa, cabalga la ruta 8, Luján, todas las estaciones del Sarmiento y toma por Díaz Velez hasta ese lugar debajo de la Araucaria donde está Santos Capobianco volviendo del laburo, como todos los días. Y llega cargado de oxígeno –eso es el frío, mucho oxígeno- del bueno, de la Alta Cumbre, pero sin gota de humedad. Y limpia. El viento Oeste limpia. Saca la humedad, la empuja de vuelta al estuario, al Delta ese enorme sobre que estos gringos de la Uropa construyeron la máquina de cemento, entubando los bracitos de agua que iban a liberarse y crecer en el Río de la Plata y el ancho mar.

Entonces, como limpia, Santos Capobianco levanta la cabeza y arriba suyo ve un profundo y cristalino azul petróleo, como en los tubitos de Windsor & Newton que tan lindos y tan caros eran, y algunas estrellas, la Cruz del Sur también por el Oeste en otoño, ponele. Y acá ya cagamos, porque ver estrellas en este enorme cajón de cemento es raro. Eso sí es montaña, montaña.

Así recuerda Santos Capobianco el raye de su amiga Nelly, la del apellido bandera de lucha, que dice que el viento le habla, la limpia, la sacude, no sé, se comunica con ella. O de la Negra Negro, más filosofal y más negra, que dice que el viento le hace notar que es el amigo más viejo, que estaba acá cuando el planeta empezó a girar sobre su eje y que va a seguir estando millones de años más, mientras haya planeta, no importa que nos hayamos muerto todos, capitalismo o socialismo, barbarie a full y entonces ir a hacerle la cena a sus hijas o correr a pagar la Sube chupa un huevo y ya se va a resolver de alguna manera.

-Y pensar que yo andaba queriendo deprimirme porque nunca viajo, eppur si muove –pensó Santos Capobianco. Pero claro, cuando uno viaja tanto y ama tanto viajar y viaja tanto cuando ama, a uno se le pegan las cosas que enseña el viaje y se hace viaje. Para no ser redundante no se hace viajero, porque lo importante es caminar, por eso de hacer camino, y por moverse y mover el cuerpo. Porque recuperamos lo más arcaico de nuestra especie, que mutó de un primate hace tres millones y medio de años al borde de un lago –como el que estoy pasando ahora, en el centro de la ciudad- y desde allí inundó todo el continente hasta que hace 60 mil años cruzó el Sinaí y salió a vagar hasta llegar a todo el planeta.
Somos caminantes por costumbre. Andamos y viajamos desde que nacimos. La ficción sedentaria nos quiere convencer de otra cosa, pero cuando caminamos y viajamos nos damos cuenta quiénes somos en realidad, andariegos.

Sabe Santos Capobianco que el Parque Centenario se hizo, como la Plaza de los Dos Congresos y el susodicho Congreso Nacional, al final de un camino importante. En donde está el Parque y el Durand, por esa zona, estaban los puestos y pulperías de la estancia de los vascuences Gauna, llegados con los primeros barcos de madera y tela, que tenían tierras también en Morón, donde criaban vacas salvajes antes del fuerte de Luján, que nos separaba de los tehuelches, ranqueles y mapuches, ladrones de ganado y mujeres, se sabe. Mendoza era tan lejana como Marte, pongamoslé.

La Posta de Gauna era la última donde descansar las caballadas antes del pueblo de Flores, un lugar propicio para el descanso, los juegos por guita, el sexo y la puñalada. Después se hicieron la Huella de Gauna hasta las estancias de Morón, remontando el zanjón enorme del Maldonado hasta La Matanza y más allá. Mucho después, cuando el tráfico de carnes, ovejas y cereales de las tierras lujaneras o lujanenses hasta el puerto hizo chica a la Huella de Gauna, empalizaron un flor de Camino del Rey un kilómetro más al sur y surgió la más larga y más ancha del mundo, que bautizaron con ese apellido gallego del tipo más vendepatria del mundo, que no pienso repetir para no cagarle la belleza al relato. Y algún día del 1910 los intendentes de Julio Argentino pusieron la tarasca, armaron un Parque que simboliza la Civilización, el Orden y el Progreso sobre las ruinas de los últimos pulperos criollos y empedraron la Huella, que pasó a ser avenida y le cagaron la “u” a la familia por una más fluida Avenida Gaona, reino del 106 y de miles de bondis allende la General Paz.

No sabe cómo ni de dónde, pero cuando pasó por la laguna artificial y el islote ídem del centro del Parque relacionó con esa primer laguna donde nacimos, donde nos erguimos para caminar sin los brazos, donde empezaron los dolores de cintura y cadera, pero también eso de mirar al océano del cielo y sus barquitos iluminados. La vida surgió del agua. El elemento de la calma, de la paz uterina. La primera vez que miramos para arriba.

Otra cosa que aprendió viajando, que los porteños no miran más allá de los toldos y los balcones del primer piso. Tenemos una mirada encajonada, producto del cansancio laboral, las cervicalgias y su correspondiente pérdida temporal del pensamiento poético. Y nos perdemos todo.

Así que Santos Capobianco desde ahora ha decidido viajar siempre que pueda, pero sobre todo, siempre que sienta que la explotación cotidiana empieza a asfixiarlo. 

El centro geográfico de Buenos Aires parece una buena posta desde donde arrancar a vagar. Parece mentira, porque desde los romanos para acá, cosa de dos mil años más o menos, al Oeste se le dice Occidente y a los pibes se le parece una materia de mierda Geografía por cosas como complicar a la mitad del mapa con el nombre de Hemisferio Occidental, y Occidente viene de occiso, de occidere, de morirse, por ese error tan natural de los humanos que pretenden que saben y no saben un choto, porque el Sol no se muere por ahí, porque el planeta gira sobre sí mismo revolcándose de oeste hacia el este y por eso la flasa ilusión de la muerte occidental. 

Entonces arrancamos naciendo con Luna desde el centro y el oeste. 

-Puede andar -pensó que pensó.