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viernes, 23 de diciembre de 2016

Hay que matar al presidente

Un comentario sobre Que de lejos parecen moscas, Punto de Encuentro, 2014, premio Semana Negra de Gijón, de Kike Ferrari

Generosidad

Kike Ferrari es un escritor generoso. Se toma un enorme, disciplinado y paciente trabajo para darnos a sus lectores una gran historia muy bien escrita. Eso es, me parece, antes que nada, Que de lejos parecen moscas, una gran historia muy bien escrita. Con Ferrari se puede recuperar la pasión de arrancar un libro y no largarlo ni en el bondi, retomarlo en el baño y postergar el sueño hasta que se termine.

Eso que tanto nos gusta de la literatura no surge espontáneamente en la cabeza del escritor. Se tiene por los escitores y escritoras la fantasía que todo laburante tiene del laburo ajeno: siempre es mejor que el de uno/a. Según el imaginario popular los camioneros son poco menos que millonarios y Moyano en lugar de una familia de mafiosos es el apellido ilustre del dirigente más combativo del mundo. Nadie sabe que a fines de los treinta, la espalda del camionero empieza a triturarse, que sus nervios están más crispados a los cuarenta que su familia, a quienes seguro ha perdido entre viaje y viaje. No hay buen sueldo que pague tamaña explotación.

El oficio de escribir literatura es duro. Ningún escritor nace con palabras y perfectas estructuras narrativas en la cabeza; no hay un catálogo universal de historias para inventar esperando que uno haga copy past. Hay que laburar, ni más ni menos. Sobre todo para escribir novelas casi perfectas de 150 páginas como Que de lejos parecen moscas.

Y si el oficio de escribir literatura es duro pa cualquiera no le cuento para un escritor de origen proletario como Kike, que tiene que deslomarse barriendo estaciones de subte de 23pm a 5 am todos los días para conseguir el sueldo que alimente a su familia; porque encima es un padre afectuoso y presente y para colmo le ha dado por la militancia gremial y construye con sus compañeros/as la Asociación Gremial de Trabajadores/as del Subte y Premetro.

Además de brindar todo su esfuerzo para que les lectores pasemos la mejor experiencia posible, Kike es un escritor generoso porque brinda su conocimiento del oficio y su lugar en la literatura argentina contemporánea a jóvenes proyectos de escritores como quien estas hojas firma. En la presentación de mi primer novela citó la metáfora de su amigo Salem creo, donde el escritor que está participando de la fiesta de la literatura pone el pie en la puerta del salón para hacer el aguante y que pasen de colados gentes aventureras y caraduras como yo.

Agradecido como lector y agradecido como proyecto de escritor quiero sin embargo decir algo sobre la novela de Kike que probablemente no le guste. Pero, en sus propios términos, simplemente ofrezco una lectura, la mía.

Una novela negra

Kike siempre cuenta que él quiso escribir una novela negra, lo que antes se llamaba un buen policial, “una de tiros”. Creo que lo logró. Se trata de una novela con un nivel de acción cinematográfico, atrapante, adrenalínico. Su ambiente es la ciudad de la furia, descrita con conocimiento de causa; sus protagonistas hablan en criollo y Kike hace algo muy de Borges, resume la personalidad de los personajes en las primeras pinceladas, en gestos, signos, en el dialecto que hablan. Claro que la clave de todo está en la trama que inventó Kike, en la historia, en un suspenso de 150 páginas de búsqueda frenética del asesino y un final absolutamente novedoso para el género negro; y eso que debe ser uno de los géneros de la literatura más populares, más prolíficos y más viejos, con lo cual encontrar un final “absolutamente novedoso” no es para nada fácil.

Sin embargo, como todo el mundo le señala, Kike también escribió un ensayo sobre la decadencia material y moral de la clase social que domina y organiza la vida de cuarenta millones en este país, la famosa “burguesía nacional”. Y para quienes gustamos que la literatura nos ayude a pensar nuestro lugar en el mundo y nos dé herramientas para transformarlo, carajo, es la mejor novela que hemos leído en mucho tiempo de leer geniales novelas que nos hablan de un presente que no existe en ningún lado.

El escritor revolucionario

Voy a decir una barbaridad, pero creo que es la mejor novela de nuestra generación hasta ahora, de la generación que vivió y luchó el argentinazo. Creo que Kike no miente, le creo cuando dice que no se propuso nunca conscientemente escribir un manifiesto político, lo que se suele reducir peyorativamente al género del “panfleto” (género que, por otro lado, reivindico). Es muy esperanzador y moralizante que entre los escombros de una cultura oficial, diseñada con esmero por el régimen capitalista descompuesto, ese que ejerce su dictadura “democrática” censurando a los escritores de origen obrero con las imposiciones de academias y editoriales, con el hambre y el anonimato para quienes nos resistimos a dejar de luchar contra ellas, haya emergido con tanta fuerza y claridad una voz tan potente, tan firme, tan bien escrita como la de Kike.

¿Entonces cómo se explica que sin haberlo deseado, probablemente incluso en contra de su deseo, un escritor haya publicado la novela en que puede reconocerse un revolucionario contemporáneo? ¿Acaso debemos creer que tienen razón los agoreros de una realidad imposible de ser explicada con racionalidad y abandonarnos al relativismo infinito y reaccionario?

Tengo otra hipótesis, que no es mía, que tomo prestada de Brecht. En su debate contra el realismo socialista de los comisarios estalinistas del arte, de los burócratas de la poesía (que los hubo, los hay y esperemos alguna vez no los haya), el genial dramaturgo alemán decía que el artista revolucionario no debía crearse en un laboratorio de formas estéticas “revolucionarias”, “proletarias” o “socialistas”, creando inútilmente una estantería de cajoncitos con etiquetas donde pondrían la forma que se ajuste al decreto estalinista y las que no.

Brecht decía que el artista revolucionario se hacía militando, cuando se dedicaba a comprender y transformar la realidad social, organizado en un sindicato con sus compañeros de laburo, en un partido político con los camaradas de su clase social. Un artista es o no es revolucionario si ha estudiado la realidad para transformarla, incorporando las herramientas teóricas del materialismo dialéctico. Brecht mandaba a los artistas que pretendían ser revolucionarios a leer Das Kapital, no tal o cual manifiesto de artistas revolucionarios.

Así, cuando un artista estudia y lucha por el socialismo se va forjando en su materia prima emocional, en su subsconsciente, una manera de comprender el mundo, una particular forma de pararse en la realidad, una ética en suma, que no puede ser controlada conscientemente, que va a fluir sin saberlo en cada coma, en cada decisión estético-formal, sea esta cual fuere.

Creo que eso pasa con Kike, en su esfuerzo consciente por escribir una excelente novela de suspenso y tiros (lo logra al punto que el certamen con mayor reconocimiento de los escritores y lectores del género negro lo ha premiado), se le ha escapado una concepción revolucionaria de la sociedad en que vive y lucha.

Los discípulos de Reedson

Kike es para mí el mejor heredero de Andrés Rivera que tuve oportunidad de leer. En Que de lejos parecen moscas logra un estilo propio pero arrancando desde El Precio, la primer novela de Rivera, cuando todavía era un delegado textil en Villa Lynch y no lo habían rajado del Partido Comunista por su herejía de defender a Cuba contra Codovilla y a la revolución permanente en clave maoísta contra la “coexistencia pacífica” de los continuadores de Stalin.

Pero la ruptura política de Rivera con el estalinismo en que se crió se anticipó en su literatura con El Precio, que como bien señalaba La Rosa Blindada  de Mangieri en la contratapa de su edición de Cita en 1966, “desató una ruda polémica”. 

Es que Rivera ofrecía una descripción descarnada, brutal y cruel, sin compasión, llena de odio de clase, del precio que pagaban los obreros textiles de la fábrica por la explotación cotidiana que sufrían así como también del precio humano que la vida le cobraba al sorete irredento del dueño de la fábrica. Rivera, todavía dentro del PC, no escribió un largo y erudito texto explicando su posición sobre el programa revolucionario en la literatura y por qué el cánon zdhanoviano le parecía una completa bosta. Hizo algo mejor, construyó una novela inmortal para describir el sufrimiento obrero y la decadencia moral y biológica de la burguesía peronista –objetivo ético/literario que compartía con sus compañeros de militancia- utilizando sin embargo los recursos formales anatemizados por el estalinismo: Faulkner y Joyce.

Retomando las formas del “monólogo interior” Kike imagina la vida en 2013 del hijo del burgués que Rivera destroza en 1957, el heredero de esa fábrica textil, que transa con la patota de la Triple A y de Videla para voltear a la comisión interna combativa (en la que estaría Arturo Reedson, alterego ficcional que construyó Rivera para imaginarse la mejor versión de sí mismo) y que luego lleva a la quiebra para cobrar el seguro, cerrarla y canjearla por un cabarulo de mala muerte y mucha guita, codeándose con lo peor de la escoria capitalista, la industria del narcotráfico y la explotación de cuerpos de mujeres como prostitutas vip y de varones como obreros tercerizados o boxeadores arruinados. Machi, es el ingenioso apellido apocopado que elije para su protagonista principal, con ingenio, Kike.

Después Kike sigue su propio camino, sin andar mirando con inmadurez el camino trazado por su mentor, como corresponde a un escritor maduro.

Hay que soñar, dijo Lenin

Aquí la polémica. Lamentablemente no corren los mismos tiempos que en los 60 y 70, ya nadie desarrolla polémicas políticas basándose en sus lecturas de novelas. Una tradición sepultada por un mercado y una academia que pretenden lo imposible, purgar a la literatura de su carnadura política.  Pero lo lindo de ser escritores que conseguimos nuestro sustento bajo la explotación de otros amos, que ni deben saber lo que es leer, es que podemos darnos el gusto de decir lo que se nos cante y retomar tradiciones sepultadas por el mercado.

Siendo el mejor discípulo del maestro, como corresponde al camino del guerrero genuino, Kike Ferrari supera a Andrés Rivera en un punto: mientras en la literatura de sus últimos veinte años Rivera narró con maestría y genialidad la profunda descomposición y la barbarie en que se empantanó la sociedad argentina desde –y como producto lógico de- la derrota del último proceso revolucionario parido por el Cordobazo en 1969, queriendo sostener esa misma mirada de desolación y falta de esperanza, en mi opinión Kike Ferrari, sin embargo, todavía cree la Revolución puede llegar a ser algo más que un sueño.

Mientras Rivera ve en Castelli un símbolo premonitorio para toda intención de transformación radical de la sociedad y construcción de un Paraíso en la Tierra, o sea, mientras Rivera en los años 80 sacó la conclusión definitiva que las esperanzas de llegar al socialismo quedaban reducidas por la derrota del 75-76 y el colapso de la URSS a las buenas pero estériles intenciones de héroes trágicos y soñadores (como la nefasta utopía de Galeano, que sólo sirve para caminar hacia ella pero que nunca va a ser alcanzada), en la novela de Kike hay un tipo que sueña una novela en la que la burguesía puede ser, sino derrotada, al menos torturada por sus víctimas. Es la consigna revolucionaria que nos emociona de Las Manos de Fillippi cuando señala con sencillez cuál es el origen de toda la porquería que vivimos.

La generación gloriosa que entregó su vida a cantarle a la revolución socialista desde el arte y diferentes programas y estrategias ya no existe más. Militantes, simpatizantes y artistas de izquierda llevamos décadas oyendo sus discos, releyendo sus poesías y libros, admirando sus pinturas, películas y teatro del mismo modo que admiramos sus biografías de lucha, exilio y muerte. Viven en nuestro registro emocional más elemental. En ese Hades tan personal, como el de Dante, donde no les reprochamos –aunque los distinguimos con claridad- sus errores tácticos o estratégicos.


Toda generación debe alzarse sobre los límites de la admiración e idealización de sus padres y madres, de sus maestros, si pretende ser protagonista de su propio camino colectivo hacia el socialismo. Con las enormes diferencias políticas que tengo con él (sobre la década ganada, sobre la vigencia del partido leninista, sobre la táctica del Frente Único, sobre la relación entre agrupación sindical y partido político revolucionario, incluso sobre fútbol) debo decir que Kike Ferrari en su obra me mostró un camino posible para empezar a dar pasos de bebé desde la desmoralización realista de Reedson hacia ese sucio y barbudo pelotudo Felipe o Federico, novio de la hija de Machi, que vivía de otra cosa pero soñaba con ser escritor y que “decidió en ese momento que un día escribiría una novela” para vengarse de toda la podredumbre del régimen capitalista en el que vivimos.  


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