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martes, 7 de marzo de 2017

Rohayhu che Revolución

Una opinión sobre El mosto y la queresa, de Mario Castells, premio provincial de literatura 2012, Editorial Municipal de Rosario.


Hace unos años nos sorprendía gratamente descubrir que un sindicato había recuperado una tradición histórica de los anarquistas fundadores del movimiento obrero en el Río de la Plata: el Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Construcción (SITRAIC) editaba su boletín en castellano y guaraní. Lejos de una jactancia progresista, la conducción del sindicato enfrentado a la UOCRA monopolizada por el servicio Gerardo Martínez daba cuenta de una imposibilidad, organizar a los albañiles que en su inmensa mayoría hablan y leen la lengua madre de la selva y el río.

El impacto enorme de la inmigración guaraní hablante en la conformación de la clase obrera en el Río de la Plata y la cuenca del Paraná no ha tenido todavía su equivalente atención entre intelectuales y organizadores cuyo sujeto es la clase obrera, ya sea para domesticarla como para ayudar en su liberación definitiva. No al menos en la contundencia y simpleza del SITRAIC.

Sin embargo, rascando debajo de las costras de la cultura oficial, de derecha y de izquierda, se puede encontrar una novela –y por lo tanto un artista detrás de ella- que señala la punta de un inmenso iceberg que bien llevado por el azar de los vientos de la lucha de clases podría derribar a su momento varios Titánics.

Estamos intentando reseñar El mosto y la queresa, obra de Mario Castells, una de las ganadoras del Concurso Provincial de Literatura “Ciudad de Rosario” en 2012.

Por el camino del realismo barretiano


Se trata de una novela que retrata magistralmente las raíces que explican la vida cotidiana, la mentalidad, la sociabilidad de la clase obrera de origen paraguayo en nuestra región. Las diferentes capas de lectura de la novela son sólo posibles una vez que les lectores/as sensibles podemos hacer el esfuerzo de salirnos de la contradictoria empatía con la que su autor logra emboscarnos. 

Construida como la narración de un recuerdo biográfico épico, donde el hermano menor describe casi sin subjetividad la epopeya del primogénito paraguayo campesino, sin ahorrarnos los aspectos que una conciencia moral debería repudiar sin ambagues, sin embargo logra su cometido, llevar ese repudio hacia las raíces políticas y sociales que han obligado a esa biografía épica.

Quien mira de afuera, sin siquiera sospechar las leyes invisibles que conforman la sociabilidad de los individuos, rechaza instintivamente el machismo atávico, el alcoholismo endémico, la bizarra mezcla de símbolos, el sonido irreconocible de un idioma extraño. Castells trabaja en una tensión casi imposible de imaginar, una descripción objetiva, sin juicios morales, rayana en el costumbrismo, no para ennoblecer al emigrante paraguayo pero logrando conmovernos contra las presiones políticas y sociales que lo han engendrado.

Se trata de un relato que describe sin avisarnos una mutación particular, la del campesino semifeudal en su transición a la adultez en paralelo de su transformación en un obrero calificado, al mismo tiempo que es desarraigado y reimplantado como un gajito de tipa al otro lado de la frontera. Describe en la historia de su hermano mayor la historia de toda la clase obrera paraguaya que es explotada en Argentina, Uruguay y Brasil. Pero al mismo tiempo que sigue con dedicación y respeto la descripción de esa triple mutación, el narrador también va mutando, desde la mirada abrumada e idealizante del comienzo maravilloso de la novela donde la magnífica y abrumadora naturaleza de la selva y el río nos embriagan de fascinación y terror hasta las conclusiones, cuando el propio narrador ha madurado, producto de su propio desarraigo, de su propio paso a la vida adulta, de su propia proletarización en la emigración forzada.

Si Castells se hubiera limitado a dejar las cosas aquí ya habría alcanzado para aplaudirlo. Porque esta estructura imperceptible de la novela ya alcanza para que les lectores/as sensibles podamos descubrirnos llevados a ese camino de maduración consciente a través de la empatía con el camino de sus personajes centrales. 

No hay manera que nadie en su sano juicio pueda zafar del disfrute de una estructura narrativa donde cada aspecto de la vida del campesino paraguayo contemporáneo brota con naturalidad en los momentos justos: la íntima relación del bravo paisaje en la conformación de las conciencias individuales y colectivas, los íntimos detalles que describen con poder de aguafuerte las relaciones familiares desde la comida cotidiana hasta el lugar de la radiofonía y la música en el entramado de las comunidades. Todo Paraguay está vivo en la novela, las relaciones entre el campo y la ciudad, la descripción justa de los mecanismos de expropiación del campesino, la borrosa frontera de la legalidad política y económica y la presión clave del desborde natural –la inundación- en la configuración última de los procesos culturales.

Es una descripción impresionante del dolor de varias generaciones de explotados/as y oprimidos/as paraguayos/as, desde los violentos orígenes de la colonia hasta la actualidad. 
Un campesinado y un proletariado desvastados en todos los niveles de la vida material y cultural posibles. Sin embargo, Castells no ha escrito para conmover al llanto y la nostalgia, apelando al inmovilismo emotivo del llanto de la guarania o el purahéi jahe’o. En cualquier lectura de su novela uno puede comprender con absoluta franqueza los motivos genuinos de ese dolor que la cultura popular guaraní ha elevado a niveles de emotividad difíciles de superar y que la iguala con las mejores expresiones mundiales del desarraigo. Castells toma de la esencia propia de la cultura y la estirpe el dolor hecho bravura, la nostalgia hecha combustible y tozudez para enfrentar las causas del dolor y erradicarlas como a la hierba mala. Su novela no es triste lamento, sino doloroso y consciente grito de guerra, consigna y bandera.

La lengua madre


No obstante, Castells se anima a coronar su obra con un desafío todavía superior. Está escrita en un idioma propio, donde el castellano rioplatense y litoraleño se entretejen con el castellano paraguayo, el guaraní y el jopara, castellano guaranizado y guaraní castellanizado de habla popular en el Paraguay contemporáneo. No imagino el impacto de este desafío en una sensibilidad criada en guaraní y jopara pero ya es increíble el resultado en una conciencia nacida y formada culturalmente en el castellano. 

Porque la novela no se traba con la repetida aparición de diálogos y giros idiomáticos extraños, todo lo contrario. Mario va usando diferentes recursos técnicos en momentos diversos para precisamente no cortar el flujo de la historia sin abandonar su pretensión de ofrecerle a una conciencia castellana una mejor comprensión de lo que ocurre.

No se trata solamente de felicitar por un ejercicio artesanal que demuestra preocupación y elaboración consciente del escritor, sino de admirar la capacidad técnica de Castells para coronar su objetivo político y literario con el uso correcto del idioma. Es que no se puede comprender ni siquiera superficialmente la vida del campesino y proletario paraguayo abstrayéndose de la importancia que tiene en ella el guaraní. La mitología de las poblaciones que convivieron con los invasores españoles asigna a la palabra humana la misma importancia en la vida social que la Biblia le asignaba en la vida política de las tribus del desierto mesopotámico. Como Jhavé, el primer creador de la mitología guaraní, antes que la tierra, creó la palabra, el verbo.

El guaraní ha permitido mantener unido a su pueblo, como si fuese la forma más concreta de las relaciones de parentesco familiares, desde la era donde dominaban vastos espacios desde las selvas y costas del caribe hasta la llanura pampeana, sin contar con un Estado imperial centralizado, como sus vecinos hostiles, los Inkas, hasta el sostén de las familias dispersas en la diáspora.

El guaraní tiene la misma importancia explicativa que sus equivalentes culturales en las “nacionalidades” obligadas a una vida de éxodo permanente más conocidas y estudiadas en nuestra cultura oficial, el yiddishe entre los judíos, el romaní y el flamenco entre los “gitanos”, los ritmos y tradiciones religiosas entre les africanos/as arrancados de su continente desde el siglo 15.

Algo más todavía. Toda la narración sostiene una voz muy particular, uno que ha escuchado a esta estirpe contar anécdotas en fogones o jodas, puede detectar en el tono de todo el relato esa musicalidad propia del aedo guaraní, no en la frase en el idioma desconocido, aunque también, pero sobre todo en esa cadencia asincopada tan particular, amiga de la ironía y la guasada igual que de la conclusión corta y al pié.

Literatura y revolución en carne propia


Todo esto lo sabe, obviamente, Mario Castells. Entonces nos pasa otra cosa maravillosa, que en el afán de comprender las estrategias narrativas que nos han deslumbrado el goce hedonista de su obra, uno termina descubriendo –con el método de Colón- la envergadura impresionante de un intelectual de alto calibre.

Pues no se puede hacer una novela de estas características dejándose llevar por las musas y las emociones. Es obligatorio haber recorrido un camino de trabajo consciente y sistemático con la complejidad de fenómenos que se quieren enhebrar en el tejido del texto. Es prioritario tener una comprensión muy dialéctica del objeto que uno ha decidido narrar para ofrecer un producto final que, para colmo, no muestre la hilacha con la torpeza del narrador novato, que interrumpe el fluir de la historia con burdas llamadas al pie que explican al espectador el significado del chiste.

Entonces descubrimos que Mario Castells no ha nacido de un repollo, que ha decidido organizar toda su vida material de intelectual proletario –labura de albañil- en función de comprender y transformar el mundo donde ha nacido y vive, junto a las personas que comparten con él dolores y alegrías, su propia clase social, la obrera, y en particular aquélla de origen paraguayo.

Su camino se ha venido esclareciendo dialécticamente desde que enfrentó la realidad desde la experiencia de la lucha organizada desde temprano en la construcción de organizaciones sindicales y políticas en los secundarios de fines de los ochenta y principios de los 90 en su Rosario natal; que lo llevó a seguir el derrotero de un militante revolucionario pleno, organizador de un partido de izquierda, de inspiración trotskista, en todos los frentes de la lucha de clases, movimiento obrero, villero, desocupados, juventud, universitario, etc. Mario reivindica desde el sentimiento, la experiencia y un estudio profundo y objetivo la corriente política que lo ha formado, el morenismo, y su propia experiencia que lo ha llevado a conocer de primera mano las organizaciones derivadas del MAS que mayor relevancia tuvieron en la política nacional de los últimos veinte años.

Uno que viene desde un conjunto de veredas de enfrente (admiré la cultura guaraní desde la vereda de enfrente de un hijo de europeos de la clase media pacata posadeña y luego desde mi emigración a Buenos Aires; intento ayudar a la toma de conciencia de su identidad social y étnica a les estudiantes de familia guaraní de la escuela de Villa Soldati donde trabajo; me esfuerzo atropelladamente en seguir los pasos de les artistas revolucionarios que admiro escribiendo con las herraduras; me he formado en una confrontación equivalente con el estalinismo y el morenismo en todos los planos de interpelación de la realidad) no puede más que alegrarse ante el descubrimiento de la pólvora, ya que Mario Castells en su biografía personal y su obra literaria es una nueva demostración del poder creativo y revolucionario de la clase obrera hija del Argentinazo.

Castells nos demuestra palmariamente que no tenemos que seguir yendo a bucear entre los intelectuales proletarios de los 60-70, en la generación anarquista y socialista del centenario y Boedo para encontrar en nuestras propias filas ejemplos  para admirar e imitar.

Se trata de una de esas maravillosas gentes que escupe a la hipocresía de los intelectuales a la cara, haciendo carne las biografías y tradiciones que admira. Porque en El mosto y la queresa Castells construye una obra en la que se puede observar una forma genuina y contemporánea de resolver los mismos objetivos complejos que se propusieron los intelectuales proletarios de izquierda que tanto admiró en sus estudios juveniles, Augusto Roa Bastos y Rafael Barret.

En un ensayo de Mario y su hermano Carlos publicado en 2010 por el Centro de Estudios de América Latina Contemporánea de la Universidad Nacional de Rosario, Rafael Barrett: el humanismo libertario en el Paraguay de la era liberal, encontramos una caracterización de Rodó que bien vale para esta novela.

Castells, como Barrett, no cae en los límites del naturalismo libertario o socialista del 900 en adelante ni tropieza con la pura reivindicación nostálgica e idalizada del pobre y sufrido campesino. Su descripción tiene la crudeza necesaria para despegarnos de la empatía boba y permitirnos ver el entramado social y político que explica la desgracia. Nos lleva a empatizar con el desgraciado y no con las barbaridades que la vida le llevaron a cometer. Por eso nos permite buscar las razones, ponerle nombre a esta realidad desesperante y delirante del sufrimiento del Paraguay, intentar identificar un programa que le dé salida.

Siguiendo a Barrett, la obra de Castells le pone nombre a las causas, porque se ha esforzado en comprenderlas, en estudiarlas, en contrastarlas en la lucha de clases concreta. Y ese esfuerzo es invisible en la superficie de la novela, pero trabaja sin descanso para sostenerla desde lo esencial. Ahí si se quiere el éxito político y estético de la obra de Roa Bastos, quien reconoce haber encontrado en Barrett la clave para comprender la realidad tan compleja y dura que le tocó desnudar en su literatura.

Castells no se ha limitado a prologar y difundir la vida y obra de quienes fundaron lo mejor de la cultura paraguaya –que ya sería un trabajo digno de llenar el esfuerzo de un intelectual- sino que habiendo comprendido la médula de la estrategia vital y artística, ha intentado hacer lo propio teniendo en cuenta las nuevas herramientas aportadas por la experiencia crítica de las tradiciones admiradas y aquéllas que aporta la evolución técnica del capitalismo en los últimos años.

La obra de Castells nos justifica con pruebas concretas y renueva la confianza en la inagotable fuerza creativa de una clase social expropiada de todo, incluso de la fe en sus propias fuerzas para detener el enorme genocidio que el Estado capitalista nos labra en los huesos y las conciencias.

Paradójicamente, el principal opositor dentro de la izquierda trotskista de la tradición política de Castells nos imprimió a quienes lo seguimos una máxima que explica muy bien por qué creemos digna de admiración e imitación su trabajo. “Si la poesía se juntara con la clase obrera y la clase obrera se juntara con la poesía tendríamos una revolución social” o algo así dijo Altamira en medio de la campaña electoral del 2015 y muchos de los artistas que nos criamos en su tradición política hemos tomado esa idea como una especie de programa personal con esperanzas de que algún día sea todo lo orgánico que deseamos y necesitamos (http://www.revistaelotro.com/2015/02/17/entrevista-a-jorge-altamira-si-la-poesia-se-juntara-con-la-clase-obrera-y-la-clase-obrera-con-la-poesia-tendriamos-una-revolucion-social/).

La obra y la biografía de Castells nos vuelven a convencer que la clase obrera en la cuenca del Paraná ya está haciendo poesía, música, literatura y arte en el camino de la transformación revolucionaria de nuestra sociedad.

Como diría el Che, así las cosas, el futuro es nuestro, del mosto y la queresa de los humillados de esta tierra.

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