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jueves, 27 de abril de 2017

Sueños frustrados

-y… ¿cómo estás?

-… qué se yo… mal… si no no vendría, ¿no?

- Bueno… contame.

-Otro de mis sueños con edificios.

-Ajá.

-Pero esta vez pude salir. Estoy muy contento.

-Qué bueno.

-No sé por qué me había citado con Laura...

-Otra vez Laura… ¿cuánto pasó ya?

-Más de diez años. Pero bueno, yo que sé. Culpa tuya.

-Es un trabajo en equipo; en realidad el único que trabaja sos vos, yo…

-Sí, ya lo sé. Vos sos un apoyo, una guía.

-Claro. ¿En qué barrio fue éste?

-Otra vez Palermo.

-¿La Basílica de nuevo?

-No, no. Gracias a dios, no. Enfrente. Era una mañana soleada, quizás fría. Pero seca. Viento del oeste, de la Cordillera, de las Sierras, oxígeno puro sin humedad. No sé por qué nos citamos en un barcito… o era una especie de patio de comidas de shópin… pero en la placita enfrente de la Basílica. Plaza Freud que le decían, porque…

-Sí, ya me contaste.

-Ah, sí, perdón. Cuestión que creo que yo estaba con otra mujer. Mi pareja.

-¿Sabés quién era?

-No. Calculo que con la otra, la última.

-Tiene nombre.

-Tenía nombre, tenía. Cuestión que el sueño empieza realmente cuando la veo a Laura llegar en el golcito gris urano y estacionarse por algún lugar frente a la plaza. Se baja con esos tapados y pantalones de jean bien combinados que le quedan perfectos, gafas oscuras con bordes de carey, el pelo corto teñido de borravino y para mi sorpresa con una perrita al final de una larga pero fina correa, de esas extensibles.

-¿Por qué la sorpresa? Laura es fan de los perritos.

-Porque no sabía que Laura tenía una perrita chiquitita, siempre tuvo perras medianas a grandes. La última muy torpe. Siempre fantaseaba con uno de esos chiquitos, los fox terrier como el de La máscara. ¿Por qué será que todo el mundo recuerda ese perrito, no? Si me preguntás la trama no tengo ni noción, pero el perrito… y las caripelas de Jim Carrey, claro.

- qkjjmm…

-…sí, claro, sí. Y porque la perrita me acompañó por el edificio. No entiendo cómo fue, pero en algún momento quedamos en buscar un lugar, como si nos hubiésemos desencontrado. Yo quedé con la perrita. Ah… ahora recuerdo que apareció Marcos…

-¿En el sueño?

-Sí, todo en el sueño. Pero como mención nomás… por aquélla vez de Lana.

-¿Qué Lana?

-No importa tanto, es otra digresión…

-Nunca sabemos qué es lo que importa hasta que lo verbalizamos…

-Marcos me acompañó a llevar a Lana a la morgue del Pasteur, a la vuelta de casa, a un costado del Parque. Ahí la dejamos. En una camilla de operaciones metálica y fría. Tenía los ojitos cerrados y una puntita de la lengua afuera, creo. No nos quisieron dar las cenizas. Es extraño eso, que no nos dejen tener un velorio o una cremación apropiada, que nos permita ritualizar el duelo con nuestras mascotas. Para muchos son seres queridos.

-¿Y la perrita?

-Sí, claro. Cuestión que me pongo a buscar un atajo y me meto en un edificio. Esto es recurrente. Un edificio desconocido. Algún cálculo de vaqueano típico mío. “Seguro por acá salimos del otro lado y cortamos camino”.

-¿Por qué necesitás cortar camino?

-No sé. Será de ansioso. O será la edad. Hace un tiempo que tengo la urgencia de llegar. Siento que se me termina la vida y no llegamos.

-¿A dónde? ¿Quiénes?

-Al socialismo, claro. Todos.

-¿Cómo es eso?

-Primero era el paraíso. Desde chiquito. Soñaba con encontrar la forma de que fuéramos todos felices. Todos, el planeta entero. Pero sobre todo las personas que pedían en las puertas, que vivían en las plazas, en las entradas de los edificios más grandes. Los que venían a comer a la Plaza de los Dos Congresos. Después me dí cuenta que con la limosna no iba alcanzar. Al menos no con la de mi familia. Y desde los diecinueve años que mi única motivación es que los obreros tomen el poder y construyamos el socialismo. Extraño, pero nunca me lo puedo imaginar concretamente. ¿Cómo sería?

-¿Esto estaba en el sueño?

-No, claro. Me meto en un edificio raro, qué se yo. Esta vez no había esas escaleras circulares de madera, como caracoles que subían y bajaban, rotas o con salidas falsas. Era de cemento, como el Clínicas o la vieja Facultad de Sociales, la de Marcelo T.

-Ajá.

-En algún momento me desorienté. Recuerdo claramente que la perrita la tenía en el hombro izquierdo, acurrucadita con el pecho y la pancita sobre mi pecho y las patitas delanteras sobre el hombro, como un mini ponchito, muy calentita. No parecía nerviosa, aunque yo sabía que extrañaba a su mamá y quería salir de allí pronto.

-¿Quién?

-La perrita de Laura, doctora. Entonces nada, subíamos y bajábamos tratando de encontrar el hall de entrada para salir del edificio.

-¿Subían o bajaban?

-Al principio subimos un par de pisos. Pero tenía la sensación que nos alejábamos y volvíamos a bajar. Bueno, el que tomaba las decisiones era yo y el que se movía también. La perrita acurrucada en el hombro. Aunque su presencia era importante, siempre la notaba, por el calorcito. En una de esas empezamos a bajar y me encuentro con un ascensor en lo que sería, no sé, como el último subsuelo.

-¿Por qué te pareció el último subsuelo?

-Bueno, porque terminaba la escalera. Pero también porque estaba oscuro y húmedo. Lo que más me llamó la atención es que había como una especie de gotera enorme pero en realidad era como un globo de moco saliendo del techo justo encima del ascensor.

-¿Un globo de moco?

-Sí. Moco verde-blanco, bastante grande. Y goteaba, como pustulento.

-¿Dé dónde venía?

-Ni idea. Decidí no meterme en el ascensor y volví a subir la escalera con fastidio. Eran escaleras trabajosas. O será que ya me vengo cansando de tantos años soñando con subir escaleras.

-Vos vivís en un edificio con escaleras.

-Sí, claro. Tres pisos por escalera. Lo elegí por esas escaleras. Seguro mi viejo no iba a poder instalarse en mi casa para no tener que subirlas y bajarlas. Me acuerdo que no le gustó el detalle cuando lo fuimos a ver juntos. Dijo que iba a ser difícil venderlo con esas escaleras. Que sólo una parejita joven lo iba a comprar. Tenía razón el viejo taimado, nunca más lo pude vender.

-¿Hace cuánto que vivís ahí ya?

-Casi veinte años van. Y está en venta desde que nos separamos.

-¿Y no se vende por las escaleras?

-Calculo que es por eso. O será que el viejo me maldijo y me dejó atado a su última propiedad como condena. La celda en la torre del castillo.

-Bueno, pero ahí te hiciste escritor.

-Y todas las cosas buenas que me pasaron en la vida. Aunque algunas malas, como la última convivencia.

-Volvamos al sueño.

-Sí, claro. En el piso de arriba del ascensor la escalera se cortaba abruptamente. Como si hubiese desaparecido el piso de arriba. Algo muy extraño. También se estrechaba el pasillo y la mucosidad caía por todo el techo. Volvimos a bajar. Dudé un segundo en meterme al ascensor, pero me irritaba mucho lo del moco.

-¿Y entonces?

-Nada, en algún momento me expliqué a mí mismo, o a la perrita en el hombro, que el problema es que estábamos en el contrafrente, que por eso no encontrábamos el hall de planta baja. No sé bien cómo, pero me mandé por un pasillo que no habíamos cruzado antes hacia adelante y efectivamente salimos al hall de entrada. El edificio estaba cerrado, como si fuese uno de esos de oficinas. Una mujer con uniforme gris de vivos verdes oscuros y un logo de diseño estaba limpiando y encerando, rodeada de baldes, productos de limpieza y varios trapeadores.

-¿Una mujer?

-Sí, empleada de limpieza. Se sorprendió de verme, pero le expliqué muy sereno que me había perdido buscando la salida. Le pedí que nos dejara salir a la calle. Y aceptó de buena gana.

-Al final saliste fácil.

-Sí. Creí que iba a ser más complicado explicarle por qué había entrado al edificio o algo así pero la verdad fue todo muy natural. Igual cuando me iba me empieza a dar como un vacío y a medida que voy ganando el hall y la puerta de enfrente, bajando una escalinata muy breve, entra un escuadrón de Gendarmería, todo pertrechado, armado, en fila india. Aunque parece que no me dan pelota a mí, hablan con la mujer de la limpieza y empiezan a pasar al interior del edificio, para el lado de donde veníamos.

-¿Gendarmería?

-Sí, o alguna otra fuerza, no sé, de uniforme oscuro y de infantería pesada, con escudos y protección tipo armadura de plástico en las pecheras y piernas. Ahora que lo pienso puede haber sido Prefectura, también. En Puente Pueyrredón era Prefectura, en el resto siempre fue la infantería pesada de la Federal, más bien de azul oscuro. Pero Gendarmería fue con Berni y la Bullrich. Se vé que en el sueño las mezclé.

-Pero no te atacaron a vos.

-No. Yo bajaba mirando al piso enorme del palier, por el costado izquierdo, y ellos subían por mi derecha, sin notarme creo. Pero me jodió que justo cuando estaba por salir me agarrara el mareo, a ver si pensaban que era algo sospechoso y se me venían al humo. No sé por qué en ese momento estaba con anteojos oscuros.

-¿Anteojos oscuros? ¿Cómo lentes para el sol?

-Sí. Como unos rayban o algo así. Como los que usaba mi viejo.

-Otra vez tu viejo.

-No, sus lentes.

-Los objetos significativos son fetiches, encarnan personas.

-Vale la posibilidad que no siempre sean así, ¿no?

-Puede ser. ¿Y saliste?

-Pasó algo muy raro, pero empecé a ver dos imágenes en el suelo encerado del palier. Un palier como de valdosas finas, de mármol, de color beige oscuro, con pintitas que brillaban. ¿Viste cuando están tan encerados que se espejan? Y del espejo salían dos figuras extrañas, como si fuesen retratos de alguien, de dos personas diferentes.

-Ajá.

-Después me desperté y me dí cuenta que eran los dos cuadros que tengo frente a la cama, sobre la pared de mi cuarto. Se vé que ya estaba despertando mientras seguía el sueño y se metieron los cuadros en la filmación del final.

-¿De quién son los cuadros?

-Uff. Larga historia. ¿Viene a cuento?

-No sé. ¿Viene a cuento?

-El de la derecha es uno de los primeros ejercicios al óleo que hice, a los 19. En la esquina inferior derecha hay una silueta oscura sentada en el borde de un agujero más profundo. Todo en gamas de azul petróleo. La figura tiene puesto un sombrero de ala ancha y una pluma de ave grande en la mano derecha, está haciendo una pausa antes de seguir escribiendo, o antes de empezar a escribir, sobre lo que supuestamente sería una especie de rollo de papel antiguo, o papiro. Con la otra mano sostiene un pucho del que sale una columna de humo. Tiene una pierna adentro del abismo y una afuera. Los bordes más concretos están iluminados por destellos de luz muy claros, que vienen del borde superior izquierdo, donde hay una especie de bola de fuego que bien podría ser el sol. Pero en realidad es como un recorte de cielo plomizo que deja ver una especie de luz al fondo. Una luz de universo, digamos.

-¿Quién es esa persona? ¿Qué escribe?

-Soy yo, claro. En los últimos años del secundario me daba por andar con sombrero de ala ancha y botas tejanas. En la calle me gritaban Estivi Rei.

-¿Qué cosa?

-Por Steve Ray Vaughan, el violero.

-No conozco.

-Yo tampoco. Así lo conocí. Gran violero. En el ángulo inferior izquierdo, debajo de la bola de fuego y a mi altura, digo, a la par del hombre del sombrero y la pluma hay una mano muy venosa y de músculos magros pero marcados, como desgarrando la tela, salen surcos de rojo sangre debajo de los dedos. Es mi mano. La copió mi maestra tomando mi mano derecha como modelo. Es mi mano.

-¿Qué desgarrabas?

-Ni idea. Todo el chiste del cuadro es que no sabía qué cosa me generaba tanto dolor. En el otro ángulo, encima del muchacho del sombrero, el rostro de Beethoven, en una actitud de suma serenidad, sugerido por pinceladas fantasmales, como recostado sobre un cielo de noche oscura pero diáfano. Una actitud de suma paz.

-¿Beethoven?

-Sí. Por una escena de Inmortal Beloved, que había visto en esos años en una función trasnoche en unos cines del Paseo Alcorta que recién abrían. Cuando el pibe sale corriendo de la casa familiar, huyendo de la golpiza del viejo y después de correr como un alienado se tira a hacer la plancha en una laguna. La cámara va fugando de un primerísimo plano de su carita hacia el cielo, la laguna espeja un cielo estallado de estrellas hasta que la pequeña figura del pibito es un puntito más. Toda la escena tiene de fondo la última parte de la novena sinfonía, el Himno a la Alegría.

-¿Cómo sacaste la carita del joven Beethoven?

-No, no. La cara que copié es del molde de yeso que tomaron en su lecho de muerte. Una especie de retrato póstumo que se estilaba en el siglo XIX. Algo que mi maestra de óleo tenía en su casa de Boedo, donde pintaba los sábados a la tarde.

-O sea que la paz de ese rostro…

-Es la quietud de la muerte, sí, lo sé.

-¿Y el otro cuadro?

-Es uno de los últimos que hice, dos años después. Un ejercicio de naturaleza quieta.

-Muerta.

-Mi maestra decía que prefería decirles naturaleza quieta, porque los objetos están quietos, no necesariamente muertos.

-Pero la relación entre quietud, paz y muerte, reaparece, ¿no?

-Ponele. Son dos pilares de telgopor como del tamaño de un antebrazo rodeando una cabeza de yeso blanca de una mujer con una especie de cofia en la cabeza mirando hacia el horizonte, fugando hacia la izquierda del cuadro. Claro que me salí del libreto y las cosas de telgopor fueron a quedar como dos torres almenadas extrañas, recibiendo una luz clara y marcada desde el lugar donde fuga la mirada y marcando claramente el contraste con las sombras. Todo en una paleta de ocres y dorados. Excepto por un paño verde claro que hace de pared de fondo de las dos torres, detrás del rostro blanco; debajo de ella, dos objetos y otra tela. Una caracola marina, un reloj despertador grande, redondo y abollado, de latón, sin agujas. El paño de una textura brillosa, de un rosa y un azul eléctricos pero apagados, con transiciones blancas.

-¿Por qué sin agujas?

-Porque me pareció más simbólico.

-El tiempo congelado.

-Claro, ponele. Un tiempo que no avanza ni retrocede. Un segundo eterno.

-¿Y el rostro de la mujer? ¿Una mujer era, no?

-Sí, una mujer. En paz, con una sonrisa imperceptible, muy sugerida. Como abriendo una ventana y contemplando el primer sol de la mañana.

-Ya había pasado la angustia de Beethoven, por lo que contás.

-Es cierto que había más esperanzas. Pero no tantas digamos. Igual nada que ver, quería hablar de mi sueño y terminamos hablando de dos pinturas viejas.

-¿Cómo nada que ver? ¿No estaban al final de tu sueño?

-Sí, pero vinieron de afuera. Se vé que estaba luchando por despertar y entre que habría y cerraba los ojos se habrá ido colando…

-¿Cómo que luchabas por despertar? ¿No estabas queriendo salir del edificio?

-Es lo mismo, ¿o no? Me quería ir del edificio, se pudrió con la Gendarmería… me obligaba a despertar. Mi inconsciente será muy inconsciente pero la tiene clara, despertarse es la mejor forma de salir de un sueño, ¿no le parece?

-Pero por algo tenés la necesidad de contármelo. Quiero decir, contármelo es una manera de volver al sueño, al edificio…

-Sí, claro. ¿Qué significará?

-Eso sólo lo podés saber vos. ¿Cuándo empezaste a escribir?

-No bien me desperté.

-Me refiero a cuándo empezaste a ser escritor. ¿Notaste que a los 19 años te pintaste en la acción de empezar a escribir?

-Pero en esa época ni soñaba ser escritor. Bueno, sí. Desde que leía a Julio Verne en Posadas fantaseaba con un futuro escribiendo novelas fantásticas como esas, pero como quien dice que quiere ser bombero cuando vaya a ser grande, o astronauta. Eso decía yo, que quería ser astronauta de grande.

-¿Astronauta?

-Me fascinaban los cielos estrellados, llegué a tener una especie de obsesión con la idea de pisar la luna. Leí Cosmos, de Carl Sagan, a los diez años, como quien lee una de Verne o de Salgari; me fasciné con la primer saga de Robotech como si hablara de mi vida… En el 85 le mandé una carta a la NASA para que me manden imágenes de Marte tomadas por la Voyager o la Viking. Tuve durante unos años la fantasía de ser astrónomo, hasta que me enteré que había que estudiar astrofísica en La Plata y dí de baja el proyecto. Mi mejor amigo lo hizo.

-¿Ser astronauta?

-No, estudiar astronomía en La Plata. Aunque sí, terminó casándose en Australia, que para un posadeño de los barrios del Fonavi debe ser lo más cercano a un viaje a la luna… era tan fanático de Volver al futuro que se hacía llamar Marty McFly. Maidana se llamaba… Alejandro… se llama, está vivo. Lo sigo en el feisbuk, tiene una hija.

-¿Se hablan?

-No.

-Qué raro. ¿Por?

-No se habla con fantasmas, es un síntoma de locura.

-¿Cómo fantasma? ¿No estaba vivo?

-El sí, pero el Maidana con quien yo hablaría hace treinta años que no existe más… como mi maestra de pintura… como el pibito que hizo esos cuadros…

-Sin embargo reaparecen en tus sueños.

-Ya te dije que fue casual, estaba despertándome y se metieron desde la realidad.

-Bueno, el que los puso ahí en la pared para verlos al despertarse fuiste vos, nadie te obligó.

-Supongo que los fantasmas son para eso, para tenerlos puestos en las paredes. De todos modos lo importante será lo que está debajo del edificio, eso que no me animo a visitar.

-El ascensor y la gotera de moco.

-Claro.

-Es lo mismo. Es la representación de un interior cavernoso, el moco es el lubricante de tus órganos internos, de tu interior profundo, en tu cuerpo. Tres mujeres te protejen: Laura te da su perrita soñada para que te conforte y te acompañe en la aventura, la mujer que limpia te posibilita la salida reconfortante sin muchas preguntas, la mujer de yeso que mira con una sonrisa imperceptible el amanecer es lo primero que ves cuando salís. ¿Por qué sufría el pibito que salía corriendo hasta la laguna?

-Ya te descubrí. Porque el viejo le pegaba. No quería que fuera músico, no al menos como artista. Quería obligarlo a que fuera el niño prodigio, como Mozart, para tener un laburo fijo en la corte.

-¿Tu viejo te pegaba de chiquito?

-No recuerdo para nada eso. Todo lo que sabemos de mi viejo y su abuso son deducciones póstumas. Nunca me quiso confesar nada. ¿Ya te conté que lo encaré en su lecho de muerte, no?

-Sí, en la “guardia lúgubre de terapia intensiva de esa clínica en Posadas”…

-Mi vieja estaba orgullosa de cómo dibujaba. Y me compraba libros de astronomía. Le decía a todo el mundo que era un artista.

-¿Y tu viejo?

-Quería que estudiase una carrera de contador o de abogado, para juntar la guita. Que lo demás estaba bien pero que no iba a comer como pintor.

-Y estudiaste óleo, con una mujer…

-Mi segunda madre en esos años. Norma. No la vi nunca más. Cuando me casé vi uno de sus cuadros más lindos en la sala del CGP de Boedo donde hicimos el civil. Otro fantasma. Uno que no tiene feisbuk.

-Y terminaste como escritor.

-No. Publiqué dos libros. Eso no te hace un escritor. Terminé como quería mi viejo, atado a la noria de una profesión que me garantice la guita.

-Pero no sos contador, ni abogado.

-Pero la cadena de la profesión sin pasión se siente igual de fría en el pescuezo.

-Ajam.

-¿Terminamos?

-Sí, dale, nos vemos la semana que viene.